Buena música de cámara bien tocada. Dicho así, en cinco palabras, no impresiona mucho, pero hay pocas cosas en este mundo más difíciles de conseguir. Crear y mantener un cuarteto de cuerda profesional ―cuatro músicos con la vida centrada en ensayar y tocar en cuarteto― es ya un logro casi imposible, con barreras de todo tipo.
Además, tocar con afinación y ajuste perfectos, con sonido propio, denso, apretado de color, brillante u oscuro según corresponda y con musicalidad colectiva y emocionante es una hazaña digna de admiración.
El Cuarteto Quiroga, un milagro que la música española dio a luz hace ya veintitrés años, nos ha proporcionado una vez más todos estos gozos servidos recientemente en dos paquetes a cuál más atractivo. Por una parte, el CD que acaban de lanzar con los tres cuartetos de otro milagro español: Juan Crisóstomo Arriaga.
Tanto o más difícil que tocar cuartetos de cuerda es componerlos. Es sabido lo mucho que sufrió Mozart cuando se vio en la tesitura de enfrentarse seriamente al cuarteto: se quejó amargamente de la exigencia de esta tarea, los seis cuartetos que quiso dedicar a Haydn, que le tuvo en danza tres años.
El jovencísimo Arriaga (murió en París a los 19) tuvo tiempo de escribir tres obras maestras del género que suenan perfectamente vienesas y, a la vez, con color español. La versión que hace de ellas el Cuarteto Quiroga da sensación de autenticidad, de "así es la cosa".
Los acentos españoles les suenan con gracia, dicho en el sentido más elegante del término. Presentaron el disco en el Museo Cerralbo, donde ensayan a diario (no se descarta que ese hecho añada a sus interpretaciones algún matiz, quién sabe de qué tipo) y con las sabias explicaciones de Luis Gago sobre lo poquito que sabemos de Arriaga.
Tenemos su música, que es lo importante. El título del disco, Arriaga with guts, anuncia dos cosas: que los Quiroga tocan esta vez con cuerdas de tripa ―lo cual acerca probablemente la sonoridad a la que imaginó el autor― y que abordan esta música desde las entrañas, con agallas, sin miedo a desatar todo su potencial expresivo.
El oyente del disco la recibe con la especial cercanía que dan las cuerdas de tripa y con la satisfacción de estar oyendo toda la música (o casi toda, que siempre queda espacio explorable) que Arriaga embutió en estos cuartetos. Por otra parte, en su actuación en el Liceo de Cámara, el Cuarteto Quiroga estrenó Revés para barítono y cuarteto de cuerda sobre cinco poemas de Jesús Ruiz Mantilla, obra encargo del CNDM a Israel López Estelche (Santoña, 1983).
José Antonio López y el Cuarteto Quiroga. Foto: Rafa Martín.
Ya se ha dicho lo difícil que es componer para cuarteto, lograr el equilibrio entre la individualidad de los cuatro instrumentos, todos con porte de solista, el empaste de un sonido conjunto y una intención musical única que, en este caso, se centra en servir al texto y en proporcionar un contexto instrumental adecuado al canto del barítono. Estelche logra todo ello en las cinco piezas que, además, definen cada una un mundo sonoro peculiar, sirviendo, también en esto, a los poemas de Ruiz Mantilla, que no pueden ser más contrastantes.
Todos miran a lo de después y al amor, pero cada uno a su manera. Hay un Paraíso de círculos cuadrados; un breve Final que Estelche viste de seguidilla para viola solista, apoyándose en las cinco sílabas iniciales: "Vine a buscarte"; un atisbo de apocalipsis climático titulado Buen tiempo; y un viaje infantil, Rioja, cuyo recuerdo acaba en sentencia existencial.
El compositor exhibe todo lo necesario para abordar un abanico poético así abierto: ávida imaginación sonora y amplísima paleta de texturas, todas ellas sugerentes. Portentosa la interpretación del barítono José Antonio López. El Cuarteto Quiroga completó el día con versiones de mucha altura del Rondó de Webern y el Cuarteto núm. 2 de Brahms.
