Hoy es uno de esos días. Les pido perdón de antemano. Sé que esto no es un confesionario ni una sesión de terapia, aunque, créanme, a veces lo es. Lo que leerán a continuación viene a cuento de la presentación de una exposición que lleva por título Sobreexposición. Se inaugurará el próximo lunes en San Sebastián y forma parte del conjunto de actividades del Crossover, el festival de series de Donosti que ya va por su novena edición.

La instalación, creada por Edorta Subijana, "plantea un escenario extremo de experiencia multipantalla en el que todas las escenas del capítulo de una serie se muestran de forma simultánea y no lineal reventando nuestra capacidad actual de absorción".

La reflexión que subyace a ese bombardeo de imágenes tiene que ver, entre otras cosas, con el aumento exponencial de la producción audiovisual, el torrente inasumible de estrenos al que se enfrenta una audiencia sobrepasada, el consumo acelerado, la pérdida de atención y la consiguiente disminución de la capacidad crítica. Pero también con la volatilidad de las series, su pérdida de relevancia o la sustitución de la longevidad de aquellos títulos que conformaron la Tercera Edad de Oro por el impacto del estreno, lo que ha desembocado en el auge de las mini-series y las cancelaciones abruptas.

Una imagen de 'Unfamiliar'

Coincide el anuncio de la exposición de Subijana con una semana laboral complicada, una pasarela entre la clausura del Festival de Málaga (15 de marzo) y el inicio del D’A Film Festival de Barcelona que arrancó el jueves 19 en Barcelona y del que hablaremos la próxima semana si antes no me han encontrado dormido en una sala, envuelto en un abrigo que heredé de mi padre –mi padre está vivo, tranquilos, pero se compró la chaqueta antes de pedir cita con la nutricionista– musitando en sueños los nombres de las series que no he podido ver, de los libros que estoy dejando de leer y de las películas que van almacenándose en un disco duro que más parece el Arca de Noé de la cinefilia.

En ese ínterin de cuatro días, en el que han mediado viajes, cierre de crónicas y diez horas de docencia, elegir una serie sobre la que escribir ha sido como tener cinco años y entrar en Imaginarium. Consultado el calendario de estrenos del mes en curso me topé con 62 lanzamientos en 31 días entre novedades y continuaciones (segundas, quintas o décimas temporadas). Y aquí volvemos a Sobreexposición.

La avalancha de novedades es inasequible incluso para aquellos que se supone que nos dedicamos a discriminar, a prescribir con mayor o menor acierto qué es aquello que puede tener más interés para la audiencia.



Somos las primeras víctimas, porque las series nos llegan con antelación, del FOMO o del síndrome de la nevera llena. ¿Cómo seleccionar una serie que puede ser relevante? ¿Y si la ‘buena’ está entre las que decido no ver? ¿Cómo elegir entre tanta oferta?

Cuidado aquí con dejarse llevar por intensas campañas de promoción —aunque a veces no quede más remedio que escribir sobre el ‘fenómeno’ de turno por interés ‘informativo’—, quizá mejor elegir en función de si el proyecto viene firmado por creadores más o menos testados, aunque esto no siempre es posible.

Entre el torbellino de títulos, la promoción desmedida y la volatilidad de series mediocres (la mayoría) e intercambiables, pasan bajo el radar, de manera totalmente incomprensible al menos para mí, títulos verdaderamente importantes. Cosas de la sobreexposición.

Mi escáner no detectó –y esto es grave, al menos en mi caso– el estreno de Los que sobrevivieron (2025), disponible en Movistar + desde el pasado día 17. Hablamos de la nueva serie de Jean Xavier de Lestrade, el tipo que ideó The Staircase (2004) y que ha firmado uno de los true crime ficcionales más importantes del último lustro –quizá más– como es El caso del Sambre (2023).

¿Cómo puede ser que yo no me entere de que esto se estrena? Descubro que no es cosa mía cuando un compañero que se dedica a coordinar la sección de series de una prestigiosa revista tampoco tenía ni idea de lo nuevo de un tipo que ganó un Oscar por Un culpable ideal (2001): no hablamos de un cualquiera. O que un productor que ha hecho del true crime su bandera, que está al día en todo lo referido a la industria y que, además, es fan acérrimo de De Lestrade, tampoco estaba al corriente del lanzamiento.

¿Uno de los creadores más importantes de los últimos años estrena una serie sobre los atentados de Bataclan coincidiendo con el décimo aniversario de los hechos y pasa desapercibida mientras que la enésima serie clónica de Netflix (Esa noche) aparece en marquesinas, programas de variedades, pódcasts y hasta en tus pesadillas?

De Los que sobrevivieron habrá tiempo para hablar largamente en próximas entregas del blog –cuando la haya podido ver entera-, pero de su primer episodio destaca el inquebrantable rigor del guionista y director francés: nunca muestra el rostro de los terroristas y maneja la coralidad con envidiable equilibrio, entrelazando las historias de las siete personas que fueron utilizadas como rehenes por los atacantes, buceando en las secuelas que el asalto y la mortandad a la que sobrevivieron les han provocado.

Esta suerte de ‘El club de damnificados por estrés postraumático’ explora las distintas maneras que cada una de las víctimas tiene de enfrentarse al trauma. De hecho, puede verse como la versión ampliada de Un año, una noche (Isaki Lacuesta, 2022).

De Lestrade abre su nueva serie con una secuencia difícil de olvidar, no por violenta, sino por sugerente, paseándonos por los momentos posteriores a la masacre, mostrando cómo la confusión, el miedo y la incertidumbre se apoderaron del escenario cuando la violencia ya había cesado.

Más atención recibió Vladimir (Julia May Jonas, 2026), de la que una semana después de su estreno ya no se acuerda ni Ted Sarandos, aunque no demasiada teniendo en cuenta que sus protagonistas, Rachel Weisz y John Slattery, no son precisamente dos desconocidos.

Hoy solo importa el lanzamiento, el impacto inmediato. Pasados unos días, todo es forraje para alimentar un catálogo inabarcable. Nosotros, los medios, tampoco nos dedicamos a analizar las series a fondo, dicho sea de paso. Review rápida y a otra cosa, que tenemos siete títulos nuevos en lista de espera. De hecho, ahora mismo, a Netflix le proporciona mayores réditos comprar los derechos de series como El mentalista (Bruno Heller, 2008-2015) o Person of Interest (Jonathan Nolan, 2011-2016) que cualquier novedad, salvo muy contadas excepciones.

Ya he citado Esa noche (Jason George, 2026), pero es el ejemplo perfecto de producto Netflix: va a toda leche, repite esquemas narrativos mil veces vistos que la plataforma explota ad nauseam (fragmentación, saltos temporales, voz en off, un crimen), viene acompañada de una campaña promocional que ya quisiera para sí la semana fantástica de El Corte Inglés y te olvidas tan rápido de ella como del nombre del equipo que ganó la última copa EHF de balonmano.

Vladimir, sin embargo, intenta ser otra cosa y, como tantas y tantas otras series, ha pasado de puntillas. Es cierto que incurre en un error de partida, que no es otro que considerar a Rachel Weisz como ejemplo de mujer invisible cuyo fulgor se ha apagado con la edad. En mi opinión, Weisz podría salvar a cualquiera de un paro cardíaco sin necesidad de usar desfibrilador.

Dicho esto, la adaptación que Julia May Jonas hace de su propia novela podría versar como la adenda cómica de Caza de brujas (Luca Guadagnino, 2025). De un lado está la obsesión que M (Rachel Weisz), profesora universitaria, desarrolla por su nuevo y joven compañero de departamento, el hercúleo Vladimir (Leo Woodall). Del otro, la acusación que pesa sobre su marido John (John Slattery), también docente, pero con un currículum de relaciones sexuales con alumnas que supera al de sus publicaciones académicas.

Aunque es cierto que la serie fagocita recursos narrativos explotados con mejor fortuna por Fleabag (Phoebe Waller-Bridge, 2016-2019) o I Love Dick (Joey Soloway & Sarah Gubbins, 2016), no le falta mala baba, posee diálogos con los que uno puede cortarse, y Robert Pulicini y Shari Springer Berman (American Splendor) acuñan una realización ágil, ocurrente.

Vale, no es tan profunda como Oleanna (David Mamet, 1994) o La mancha humana de Philip Roth, pero a su agradable superficialidad no le falta encanto. Por cierto, Rooster (Bill Lawrence & Matt Tarses, 2026), que también se ha estrenado este mes (9 de marzo en HBO) y de la que no he podido ver ni un mísero minuto, toca temas similares. Y sale Steve Carell. A ver cuándo me pongo con ella.

Y después están las series que, directamente, se incluyen en los catálogos como si fuesen ofertas menores en un supermercado cualquiera. Pienso, por ejemplo, en Unfamiliar (2026) un solvente thriller de espionaje de producción alemana escrito por el británico Paul Coates que llegó a Netflix hace un mes y al que me lancé por una cuestión de preferencia genérica. Me gustan los thrillers de espías, aunque el 90% sean un desastre (y ahí está El agente nocturno) y este funciona razonablemente bien.

Dos espías en estado latente utilizan como fachada para ocultarse un restaurante. Regentan el establecimiento mientras se ocupan de su hija adolescente y solamente atienden urgencias muy concretas: gestionan un piso franco en el que, tras superar ciertos controles de seguridad, pueden alojarse personas que necesitan esconderse.

Cuando la alerta se active y acojan a un supuesto agente en peligro, su vida empezará a desmoronarse. Una operación cerrada en falso desarrollada en Bielorrusia dieciséis años atrás y un espía ruso vinculado a aquel operativo que ahora quiere asentarse en Alemania (su esposa está a punto de ser nombrada embajadora y él necesita limpiar su expediente) completan el cuadro.

No es nada que no hayamos visto ya, pero está ejecutado con conocimiento de causa (en este caso, del subgénero) y en lo referente a la acción es de lo más pintón (la persecución del tercer episodio que termina en un parking). Es un entretenimiento decente. Y eso ya es mucho.

Tampoco se trata aquí de impugnar la inconsistente línea editorial de Netflix, pues lo mismo podríamos decir, por ejemplo, de Prime Video, una plataforma que, en el mismo mes, estrena una nadería como El joven Sherlock (Matthew Parkhill, 2026), la enésima e innecesaria prueba de que Guy Ritchie es incapaz de entender al personaje creado por Conan Doyle, con la acción sustituyendo a la deducción y la emotividad forzada a la asexuada sofisticación del verdadero Holmes; y la segunda temporada de Jury Duty (Lee Eisenberg & Gene Stupnitsky, 2023-2026), cuyo subtítulo es ‘Company Retreat’, una de las creaciones más desternillantes e inteligentes de los últimos tiempos que desmonta con brillantez el funcionamiento de los reality shows, pero también de perversas dinámicas empresariales.

De la española Day One (Cristina Pons, Luis Arranz, Luis Moreno, Juan Salvador López, 2026) prefiero no hablar. Solo les diré que hay catástrofes a las que no necesitan exponerse.

Termino con un recordatorio de algunas de las series que debería ver en lo que queda de mes, más que nada para agobiarme un poco más y transmitirles mi zozobra, así les cedo un cuarto de mi ansiedad. Gracias por su desinteresada colaboración.

La semana que viene (23) llega la tercera temporada de The Comeback (Michael Patrick King & Lisa Kudrow, 2005-2026),una serie a contracorriente que reflexiona sobre el estrellato y el paso del tiempo y el 25, Prime Video estrena Bait (2026), creada por el actor Riz Ahmed y muy en sintonía con el largoplacista proyecto de Lisa Kudrow.

Ese mismo día, Netflix regresa con la segunda temporada de Daredevil: Born Again que esperemos remonte un poco el vuelo. Los fans del policíaco tenemos una cita con la adaptación de Harry Hole (26 de marzo), el personaje creado por Jo Nesbø que el propio escritor se encarga de adaptar junto a Patrik Ehrnst, Antonia Pyk y Elin Randin.

Cerremos con dos estrenos del día 27. El primero lo trae SkyShowtime y es lo último de Taylor Sheridan, The Madison (2026), spin-off de Yellowstone con Michelle Pfeiffer y Kurt Russell. La otra es la producción francesa de HBO Privilegios (Vladimir de Fontenay & Marie Monge, 2026) en la que delitos de todo tipo y lucha de clases se entrecruzan en las bambalinas de un hotel de lujo. La combinación entre la veteranía de toda una institución actoral como Melvil Poupaud (ha trabajado con Rohmer, Ruiz, Desplechin, Ozon, Triet, Dolan, Polanski o Hansen-Love) y ese huracán interpretativo que es Manon Bresch les va a dejar picuetos.

Ahora sería un buen momento para decir aquello de "soy crítico, he visto esta serie y no os vais a creer …". Ya os he dicho que hoy era uno de esos días. No me lo tengáis en cuenta. Y no os agobiéis, un elevadísimo porcentaje de las series que se estrenan son prescindibles. Fuera FOMO.

A más ver.