Durante sus siete años de gobierno, el ex-presidente Zapatero corrió el riesgo de hacer del progreso social en España, cosa difícil, una realidad palpable. Tras su gobierno, salió indemne a la vida civil. Como un héroe griego, triunfante como un ídolo de los de verdad.

Con toda la porquería que salió a flote en los juzgados, tras sus gobiernos, se recordó con razón que durante sus dos legislaturas no hubo ni un problema de corrupción en sus administraciones. No sólo era un referente, era un tótem intocable. Pero la condición humana es frágil, la vanidad es, incluso para los tótems de la izquierda con superioridad moral, muy mala consejera, y los ataques de euforia suelen llevar el barco a mal puerto un tiempo después de que hayan llegado las calmas.

Hoy Rodríguez Zapatero es un ídolo caído, destruida su impunidad, destrozada su imagen intachable, y su descenso a los infiernos será decidido ante un juez de instrucción que, según las trazas profesionales, es muy profesional, meticuloso y, dicho sea de paso, honrado y trabajador. Un obrero de la ley como los muchos de los que la sociedad española está necesitada.

Pongamos que el texto del auto con el que se le imputa tiene indicios claros y algunas oscuridades, hipótesis unas y sospechas otras, o viceversa. El caso es que el personaje, héroe en mil batallas ganadas a sus enemigos, general de la gloria, ha tropezado en su propia e inmensa vanidad: como otros tantos héroes clásicos, Zapatero se creyó inmune, impune, etéreo e intocable. Ahí está la vaina central de este novelón que todavía está empezando.

Zapatero, pues, ha caído desde el balcón del palacio más alto a la plaza en la que la masa, la gente, ese ogro sin ojos que ladra hasta perder la voz, lo señala aún para aplaudirle y, por la otra parte, para lapidarle.

Dicen quienes lo conocen bien que ahora lo desconocen, que aquel Zapatero no es este Zapatero; que ellos se creen al bueno y que descreen del malo, sin saber estos conocedores que un hombre puede ser a la vez un héroe y un villano, depende de las tentaciones, las sirenas de Ulises, la buena vida, las malas y las buenas amistades, la propensión del héroe a mostrar sus medallas relucientes a la primera de cambio…Tantas cosas.

Puede que, aunque el futuro del ídolo caído sea un calvario interminable, pueda salir del infierno tras muchos años de delirio y pena, y pueda, al fin, escaparse del hedor que acompañó a Nixon hasta el resto de sus días.



Mientras tanto será examinado célula a célula hasta niveles indescriptibles y el novelón de la realidad que estamos viviendo en este siglo XXI en España con Zapatero desembarque en el futuro en un debate teatral encima de un escenario de público multitudinario. He ahí al ídolo de antaño tal como ha quedado tras la guerra.

Pero ya no será un ídolo ni nadie lo llamará tótem ni faro moral. Será, en fin, un héroe trágico más, con el añadido de que en este caso serán encausadas, casi seguro, su mujer y sus hijas. ¿Qué pasará con ellas? ¿Por qué el héroe entonces trágico arrastró en la obra a sus hijas y su mujer en la aventura de su supuesta estafa? ¿Qué necesidad tuvo de esa necedad, que ética cedió a la avaricia?

Esperemos acontecimientos con paciencia. La empatía, ponerse en el lugar del ídolo caído, es un refresco en la batalla de las emociones donde la indignación campa por todos los respetos del espacio. Lo imagino quejándose a los dioses que lo dejaron caer desde el abismo, cuando el destino lo mostraba impoluto y transparente. Y bien, ¿dónde está la grandeza de Zapatero, el personaje a batir, dónde está esa condición extraordinaria que se llama honor y grandeza cuando nos referimos a un ser sobresaliente? ¿Dónde en Zapatero ahora mismo?



Queda la presunción de inocencia que actúa como un momentáneo bálsamo de Fierabrás. Queda el tiempo que pasa, cuando el tiempo siempre está quieto y los que pasamos somos nosotros, con nuestros días y nuestras noches. Pero tal vez todas estas cosas, presunción de inocencia incluida, vayan menguándose en el curso de los juicios públicos a los que se enfrentan y terminen por ser los remedios peores que la enfermedad. Los males ya están hechos, pero puede ser que todo vaya a peor la mejoría.