Octavio Paz publicó El laberinto de la soledad en 1950, después de soñar México durante muchos años; soñó México, lo pensó y lo escribió bajo las influencias de Lorca, Sor Juana Inés de la Cruz y Alfonso Reyes, fundamentalmente; soñó México para escribir el corazón de su identidad más profunda, para conseguir interpretarlo eficazmente y asumir la identidad mestiza de un país vastísimo, profundo, convulso en su historia y sólido en sus múltiples culturas.
“Cortés divide a los mexicanos, envenena a las almas y alimenta rencores anacrónicos y absurdos. El odio a Cortés no es odio a España: es odio a nosotros mismos”, escribió el poeta. Es una de sus conclusiones del estudio de su laberinto.
En la línea de Paz, y en la comprensión de su identidad mestiza, el Premio Cervantes de Literatura Gonzalo Celorio acaba de confirmar que no se puede entender la historia de México sin España. Aquella tierra mexicana recibió el nombre de Nueva España desde que Cortés la conquistó para el Imperio español, y sus habitantes fueron llamados durante mucho tiempo novohispanos por los propios historiadores mexicanos.
El laberinto de la soledad constituyó un escándalo intelectual e histórico desde el momento de su publicación y dividió, en esencia, a los mexicanos en dos bandos (me refiero a las élites; el pueblo, ni enterarse): los que entendían a Paz y los que refutaban el texto del poeta.
Esta actitud, con todas sus bifurcaciones, se mantiene hasta hoy, con una fuerte defensa del indigenismo (ahí está la postura del gran historiador Fernando Benítez) y otra actitud igualmente dura en defensa del mestizaje que ha hecho de México el gran país que es hoy, a pesar de que las élites blancas siguen llamando, con desprecio total, “nacos” a sus naturales indígenas. ¿No hay solución, no hay un lugar para la síntesis?
El enfrentamiento entre Sheinbaum y Ayuso resultaría grotescamente cómico si no fuera una vergüenza para la dignidad de los dos pueblos
Gerald Brenan, el escritor británico, publicó El laberinto español en 1943 tras estudiar la historia de España y su reciente Guerra Civil. Nos retrató mejor que nadie, mejor que nosotros mismos podíamos retratarnos, apoyándose en Goya y en la memoria inmediata del poeta Lorca.
Brenan hizo un dibujo negro de España y nos hizo mirarnos en nuestro propio laberinto, nos obligó a mirarnos de frente en nuestro propio espejo roto y nos enseñó a agachar la cabeza para entendernos a nosotros mismos.
Nada de lo que Brenan señala en nuestro laberinto ha sido solucionado, sino todo lo contrario, ahí sigue todo revuelto mientras los españoles seguimos embrollándonos y arrugándonos dentro de nosotros mismos sin romper el nudo gordiano que nos mantiene encerrados en nuestro laberinto.
El laberinto español y el laberinto de la soledad mexicano se han encontrado en la historia del ser humano más de una vez; los dos han cruzado armas, llanto, guerra, sangre, esclavitud, abusos; la palabrita ha quedado siempre traspuesta, con el océano de la incomprensión mutua gracias al poder de los patrioteros de una y otra parte.
Sin embargo, la voluntad de entendimiento se ha impuesto siempre a esos brotes enfermizos de uno y otro lado que pretenden, encerrados en sus propios laberintos, ignorarse y ofenderse hasta la máxima distancia.
Lázaro Cárdenas supo acoger con talento y dignidad, tras la Guerra Civil española, a los exiliados republicanos, sabedor de que ese apoyo humano y digno era necesario para unos y otros, para los mexicanos de la soledad y para los laberínticos españoles. El resultado fue, una vez más una fusión fructífera, un amor humano, profundo y sólido, entre españoles y mexicanos.
Ese mestizaje cultural, ese gesto de Cárdenas, hizo que México en esa misma época viviera un surgimiento de sí mismo y llegara a convertirse en una meca necesaria para el mundo donde la maravilla de la libertad se hizo posible, con todas sus consecuencias.
Algo parecido hubo en el instante en que Franco y su régimen se vinieron abajo y las libertades se impusieron en España: el abrazo con México y nuestro reencuentro fue un bálsamo histórico difícil de superar.
Que dos señoras políticas, una española y otra mexicana, en lo más alto de sus vidas y sus carreras, se pongan a discutir a estas alturas sobre quién es quién y a dar el lamentable espectáculo de las patrioterías ya conocidas, resultaría grotescamente cómico si no fuera patéticamente dramático, si no fuera una vergüenza para la dignidad de los dos pueblos.
Que la señora Ayuso llame a México narcopaís, a dos pasos de llegar al estado de cosas al que ha llegado Venezuela en la actualidad, desnuda a la propia Ayuso y su ignorancia de los laberintos que nos acucian.
Que la señora Sheinbaum siga insistiendo, aunque más débilmente que su predecesor, el presidente mexicano AMLO, en perdones absurdos que no mueven ni un ápice de los molinos de nuestros laberintos, significa que ha olvidado, o no lo conoce, el laberinto de soledad de los mexicanos.
Sí, ya los sabemos: España se escribe con “ñ”, pero México se escribe con “x”. No sigamos echando fuego al fuego y busquemos, juntos, las salidas de nuestros laberintos.
