En los últimos años de su vida, Paul Auster se quejaba con frecuencia de que la literatura se hubiera convertido en un carnaval literario. "Vivimos en una época de interminables seminarios de creación literaria, cursos universitarios de escritura (imagínate, licenciarse en escritura), hay más poetas por centímetro cuadrado que nunca, competiciones poéticas, y, sin embargo, pese a toda esta actividad, poco se ha escrito de importancia", proclamó no una sino varias veces. Estamos en un carnaval literario donde casi todas las máscaras, profesores y alumnos, son falsas.

Pero, Paul Auster y algunos otros, entre los que me encuentro, somos escritores de otra época, escritores del siglo XX que no estamos de acuerdo con este sinsentido carnavalesco, aunque a veces y muchas más cometemos el error de participar de la bacanal y se nos acusa, con razón, de cómplices del desatino literario que estamos viviendo.

No es precisamente una realidad romántica que la escritura literaria necesita soledad para que llegue a nosotros lo que Hemingway, utilizando un modismo del lenguaje náutico, llamaba "velocidad de crucero". Velocidad de crucero para escribir, para pensar lo que se está escribiendo mientras se escribe y después de volverlo a leer una vez escrito.

Soledad para todo, carnaval para nada. "Las apasionadas ideas que alimentaron las innovaciones de los primeros modernistas parecen haberse extinguido", dijo Paul Auster. "Ya nadie cree que la poesía (o el arte) sea capaz de cambiar el mundo. Nadie tiene que cumplir una misión sagrada. Ahora hay poetas por todas partes, pero solo hablan de ellos".

Sí: si me lees, te leo, y de eso se trata, de buscar un hueco en el baile del carnaval literario que se parezca a tener un lugar en el mundo de la juerga y la fama. No importa nada la jerarquía, nada importan ya los rangos intelectuales que permiten distinguir la paja del trigo.

Antes, en el siglo XX y anteriores, la criba era múltiple y captada por todas las tribus. Hoy no hay marca que cumplir para ir a las Olimpiadas literarias, sino codos fuertes para abrirse caminito en el mundo editorial y mediático: una imagen vale más que mil textos estrictamente literarios.

Aunque Paul Auster no estaba ni está solo en este rechazo a los carnavales literarios, hay gente que sigue creyendo en estos festines egolátricos llenos de vacío intelectual. Los "profesores" anuncian sus supuestas sesiones de enseñanza literaria como si fueran famosas estrellas del circo romano, pero apenas, en muchos casos, son ellos mismos principiantes malos del arte de la escritura literaria.

Hoy hay más poetas que nunca y triunfa la estupidez de la autoedición para que venza la egopatía manifiesta del falso poeta

¿Cómo pueden mostrarse siquiera ante su pequeño mundo como triunfantes gladiadores en el conocimiento literario, si ellos mismos no saben lo que están diciendo ni escribiendo y tienen que tirar mano de los magníficos libros de la editorial y librería Fuentetaja que editaba Jesús Ayuso?

Los pobres alumnos, que pagan esas apariencias de brillantez literaria, creen así que sus "profesores" son sabios maestros que les van a enseñar a escribir literariamente en un par de mágicas sesiones y los van a lanzar al firmamento luminoso de las estrellas intelectuales del momento. A eso aspiran casi todos, a salir del anonimato de una vida anodina en cuyo bucle llevan bailando toda su existencia.

Ese bucle es un fraude completo, pero sí se generan avatares insulsos que terminan por ganar premios con apariencia literaria. En fin, los quince minutos de gloria a la que se refería Warhol en su personalísimo afán de cumplir con un destino profético: el pobre "sin nombre" que aspira a un reconocimiento que le viene grande y que él mismo, en su fuero interno, sabe que es falso.

Decía Paul Auster, y es verdad, que hoy hay más poetas que nunca y triunfa como nunca la estupidez de la autoedición para que venza la egopatía manifiesta del falso poeta. Eso es, estamos rodeados de falsos poetas y escritores nimios. La literatura tiende a disolverse en las cenas literarias y en los cenáculos provincianos donde se rinde culto idolátrico al becerro de la chiquititez bañado con falso oro.

Y entonces llega la Inteligencia Artificial y dice que necesita esa Groenlandia que sigue siendo obligatoria para extinguir definitivamente la auctoritas intelectual que echa de menos Paul Auster en el mundo que vivimos. Nada de lo que parecía sólido, según escribió Muñoz Molina, queda en este Berlín bombardeado por Atila y las tribus analfabetas de la invasión infinita. Decía Marsé que una cosa es la literatura y otra lo que llaman la vida literaria. Hoy la vida literaria queda reducida a participar del carnaval interminable del arte y la literatura: yo soy yo y mi máscara literaria. Y así seguimos, victoria a victoria hasta la derrota final.