Sus trabajos exceden los límites tradicionales del arte. Dominique Gonzalez-Foerster (Estrasburgo, 1965) se alimenta de cine, literatura, música y arquitectura. Tomás Saraceno (Tucumán, 1973), arquitecto de formación, es un científico con cuerpo de artista a la caza de nuevas formas de habitar el planeta. Gonzalez-Foerster está en pleno montaje de 1887 - 2058, la exposición que el Pompidou le dedica en París (a partir del 23 de septiembre), un viaje en el tiempo en 30 obras, un eje cronológico que arranca en 1887, el año en el que se construye el Palacio de Cristal del Retiro madrileño –donde presentó su Splendide Hotel hace cinco años– y cierra en 2058, la fecha en la que ambientó el refugio del futuro que creó en la Sala de Turbinas de la Tate londinense con réplicas de esculturas, literas, libros y una película de ciencia ficción.

Saraceno conversa con El Cultural desde su estudio de Berlín, una gran nave repleta de maquetas, ordenadores con los que hace sus diseños 3D, y hasta una comunidad de arañas, algunas de ellas –acuáticas– cuidadosamente guardadas en tarros de cristal. Está recién llegado de Múnich, donde ha presentado su Aeroceno, y este fin de semana viaja a Venecia.

Allí, en los Giardini, participan los dos en la bienal de Ralph Rugoff y, muy pronto, el próximo 24, volverán a verse las caras en el Museo Thyssen de Madrid.

“Mi obra es muy performativa, tiene que ver con la forma de relacionarse, de explorar otros contextos”. Tomás Saraceno

Esta nueva cita, Más que humanos, es la tercera colaboración de la colección de Francesca Thyssen-Bornemisza (TBA21) con este museo –sigue a las muestras de John Akomfrah y Amar Kanwar– y coincide, además, con la inauguración de su espacio de trabajo en la ciudad que azuzará inéditas colaboraciones con otros centros españoles (ya han avanzado la primera con Loop Barcelona este otoño y en 2020 traerán al Thyssen a Joan Jonas y Claudia Comte con dos proyectos sobre los fondos marinos).

Ópera coreografiada

Comisariada por Stefanie Hessler, Más que humanos explora otras formas de vida y de conocimiento que desbordan el pensamiento racional. Y de “fantasmas”. En la planta baja del Thyssen, Gonzalez-Foerster se transforma en Maria Callas en su vídeo Opera (QM.15) y las telas de araña de Saraceno funcionan como su coreografía. Entre las instrucciones de montaje, una muy importante: “No barran. Fue así como encontramos más de 500 arácnidos en el Palais de Tokyo”.

Pregunta. ¿Qué pueden decir de la exposición?

Tomás Saraceno. Tenemos que ser menos antropocéntricos y mirar más allá de la vida humana, percibir el mundo desde otras perspectivas, como la de las arañas que son un ejemplo de cohabitación. Además, presentaremos en Madrid un taller sobre Arachnomancy, una app para el teléfono que es también una forma de tarot. Te ayuda a interpretar el futuro con la ayuda de las vibraciones de las telas de araña y te familiariza con el entorno. Habla de distintas maneras de conocimiento.

Dominique Gonzalez-Foerster. El título es muy atractivo en nuestro contexto. No hay más que pensar en Westworld, en la película A.I. Inteligencia Artificial de Spielberg, Blade Runner o simplemente en Los cuentos de Hoffman y en cómo muñecas mecánicas, robots, androides, replicantes y hologramas representan un esfuerzo por imitar la vida y comprender el valor de la conciencia, la presencia y la existencia. Es muy interesante producir un modo de existencia, una presencia virtual que ni es vida ni es una proyección pero que juega con nuestra mente.

Dominique Gonzalez-Foerster crea ambientes, entornos próximos a la ciencia ficción en los que sumerge de lleno a los espectadores. Mezcla presente, pasado y futuro, un holograma de Maria Callas, entornos que son familiares y fantásticos al mismo tiempo. Dice que todo le inspira, el metro por la mañana, las lecturas nocturnas, el insomnio… Tomás Saraceno vive rodeado de científicos, antropólogos, diseñadores y, por supuesto, de arañas, en una ciudad, Berlín, cubierta por una capa de nubes constante, aunque –confiesa con un marcado acento argentino contaminado de términos anglosajones– su lugar favorito está a unos cuantos miles de kilómetros, es el boliviano Salar de Uyuni, “un espacio en el que el cielo y la tierra se confunden, en el que los reflejos de las estrellas se fijan en la fina capa de agua que cubre la superficie”. Le fascinan los procesos naturales, las estructuras flotantes y promueve con sus proyectos una nueva forma de ecología.

Hologramas entre telarañas

P. Presentan en Madrid proyectos fruto de sendas investigaciones. ¿Cómo comenzaron?

T.S. Ya lo decía Picasso: yo no las busqué, las arañas me encontraron a mí. Son casi animales prehistóricos que viven en el planeta desde hace 140 millones de años, un ejemplo de supervivencia que trasciende las formas de relacionarse de algunos seres humanos.

D.G.F. Mi primer contacto con una orquesta y un teatro de la ópera fue en 2007, cuando Philippe Parreno y Hans Ulrich Obrist me invitaron a participar en Il Tempo del Postino, una exposición en un escenario dentro del Festival Internacional de Manchester. Aquello me lanzó a una serie de acciones sobre el escenario que conectaban cine y ópera y que a su vez me llevaron a las “apariciones”. En 2012, durante el Memory Marathon de la Serpentine Gallery de Londres, presenté una versión ambientada en 2047, y empecé a hablar de un proyecto operístico interminable en el que participarían Ludwig II, Fizcarraldo, Emily Bronté. Esta memoria retroactiva marcó el comienzo de una línea de trabajos. Hay una pregunta importante que me parece vigente todavía: ¿qué podemos hacer hoy con un proyecto operístico? He hablado mucho de esto con Paul B Preciado, que ha escrito la letra de Exotourisme, mi proyecto musical con Julien Perez.

P. ¿Qué buscan provocar en el espectador?

T.S. Yo intento que salgamos de nuestra zona de confort. Los científicos trabajan por un lado, los artistas por otro… y nadie cuenta una historia que nos permita entender cómo nos relacionamos con el planeta. Mi trabajo consiste en encontrar fórmulas que logren un mejor entendimiento con la Tierra. Decidí dedicarme a hacer arte porque era una cosa que no sabía definir. ¿Qué es? Me preocupa cuando nos agarramos a una definición jerárquica preestablecida, estática. Tenemos que encarar los problemas de nuestro tiempo, manifestar la disconformidad y dibujar otros futuros posibles. Y no sólo desde el arte, claro. Del público me interesa la sensibilidad que les pueda despertar ver las obras. Generar algo muy real, repensar las cosas, las relaciones, los tiempos. Hay, además, que tener en cuenta cada contexto. El arte es una búsqueda y tenemos que expandir los límites de percepción. Eso hago en Aeroceno, que es un proyecto poético y científico al mismo tiempo.

D.G.F. A mí me gusta pensar en las obras de arte como atracciones. Exigen de mucha investigación, de preparación, de secretos, pero además tienen que generar una atracción especial, un espacio y una conexión. Preparar mis “apariciones” es como trabajar con trucos de magia hi tech.

P. En la Bienal de Venecia viajamos al futuro con Aeroceno y Cosmorama, ¿en qué consisten estas obras?

T.S. Aeroceno es un periodo de tiempo. No me gusta hablar de Antropoceno, prefiero decir Capitaloceno pues la capacidad económica la tiene un porcentaje muy pequeño de la población mundial que es la que actúa sobre el planeta. Hay que recalibrar y redistribuir los recursos. En Venecia conecto con otras formas y épocas, Aeroceno desarrolla otras herramientas de movilidad con las que generar alternativas a lo que está pasando con el medioambiente. Habla de la desaparición de las nubes del cielo en pos de otras tóxicas que generan nuevas estructuras sobre el paisaje. Me interesa llamar la atención de una forma política sobre las problemáticas que nos rodean y hacerlo con otros tiempos. Hacer comentarios y proponer alternativas. Por ejemplo, hemos preparado un programa informático junto al MIT de Boston que se llama The Aerocene Float Predictor que te dice cómo viajar de un punto a otro sin quemar combustible, cuándo es el mejor día en función del tiempo, las corrientes de aire, etc. Son muchos los acercamientos, el proyecto es fruto de la unión de campos de conocimientos.

“¿Queremos replicar en el Espacio los errores que ha supuesto la Colonización en la Tierra?” Dominique Gonzalez-Foerster

D.G.F. En Cosmorama uno de los puntos clave y fuente de inspiración es alertar sobre la colonización espacial. ¿Queremos realmente los humanos replicar los errores y el abuso de poder de lo que ha supuesto la Colonización en la Tierra? Una de las fuentes de inspiración fueron las lecturas de ciencia ficción. La exploración y los encuentros en el espacio tienen que ser muy cuidadosos y respetuosos.

Otras formas artísticas

P. Ambientes, instalaciones, experiencias, ¿cómo definir el lenguaje de sus trabajos?

T.S. Mi obra es muy performativa, tiene que ver con la forma de relacionarse, de explorar otros contextos, no tiene unos límites claros de dónde empieza y dónde termina la experiencia. Un museo hecho con bolsas de plástico que vuela con energía solar, una tela de araña…

D.G.F. Supongo que tanto Tomás como yo tenemos un enfoque muy experimental que va más allá de los medios y formatos establecidos –como pintura y escultura– para explorar otras posibilidades artísticas. A mí me gusta crear ambientes y utilizar como medio las exposiciones. Nunca uso las palabras instalación ni performance porque creo que están asociadas al contexto artístico de un período concreto y que ahora se usan de manera vaga. ¡Es importante estar siempre redefiniendo el vocabulario!

T. S. Quiero pensar que en Más que humanos las arañas que vivían antes que nosotros en el museo tejerán nuevas telas al son de la voz de la Maria Callas de Dominique.

@LuisaEspino4