Martín Chirino en su estudio en 1973. Foto: Alejandro Togores
Galaxia Gutenberg publica La memoria esculpida, un libro en el que conversa con el periodista Antonio Puente y la galería Marlborough inaugura en Barcelona Mover el horizonte, la primera exposición póstuma con dos obras inéditas del escultor.
Dore Ashton, Remo Guidieri y Martín Chirino. Foto: Nacho González
Y entre sus memorias bucea su hija para explicar cómo sus características espirales de hierro surgieron de la observación directa de la naturaleza. “De niño miraba el mar desde la playa de Las Canteras, observaba el horizonte y se preguntaba qué había detrás y si podría moldearlo. Cuando soplaba el viento se detenía mirar los remolinos que se formaban en la arena”, recuerda. De modo que Canarias forma parte del origen de una de las constantes de la obra de un artista que fue “un fabulador y forjador de símbolos”, si bien él prefería definirse como “herrero con habilidades”. La universalidad de ese símbolo tiene, por tanto, un origen local. Y es que para Chirino llegar a la universalidad sin pasar por el localismo “era una impostura”, arguye Puente. Esta es la razón por la que el periodista cree que Chirino era “el espíritu de la contradicción hecha materia”. Pero hay más binomios: se consideraba un “estoico apasionado, un cosmopolita errante, un trotamundos apegado a su hogar”. Aunque, como indicó en varias ocasiones, su hogar se hallaba donde se encontraba su taller. Fue también un intelectual, un exégeta de la órbita de Ortega y Gasset que consideraba que su obra lo buscaba a él y no al revés.Las tres etapas de Chirino
Con los pies en su tiempo y sordo a las modas su trayectoria, según Antonio Puente, vivió tres momentos cruciales. El primero tiene una fecha concreta: septiembre de 1955. Martín Chirino, Manolo Millares y Manuel Padorno se trasladan a Madrid en un periplo que duró más de 24 horas. Una vez en la capital, de día impartía clases de inglés y trabajaba en sus obras de noche. Dos años más tarde se fundó el grupo El Paso, que fue para Chirino “un oasis de motivación en cierto modo inaudito, en aquel páramo de la cultura franquista”. Esta primera etapa concluye en 1958 con la exposición Los hierros de Martín Chirino en el Ateneo de Madrid, fecha que coincide con la creación de su primer ‘viento'.Martín Chirino en la playa de Las Canteras, 1981. Foto: César Ruz
La segunda arranca cuando en los años 70 se traslada a Nueva York e instala su estudio en las orillas del río Hudson. “Creo que ha sido la experiencia que más me ha marcado en toda mi vida sintiéndome, casi, como un extranjero de mí mismo”, señala Chirino en La memoria esculpida. El tiempo con el que allí contaba le llevó a meditar y fue entonces cuando su obra comenzó “a hacerse más compleja y definida”. Y, aunque, se perfeccionarían más tarde en Madrid, sus famosos aeróvoros se perfilaron allí, en la soledad de su estudio americano, donde se dio cuenta de que su obra le importaba más que su vida. La última, con su papel como gestor, se sitúa a partir la década de los 80 cuando presidió de 1983 a 1990 el Círculo de Bellas Artes y dirigió, entre 1989 y 2002, el Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas de Gran Canaria.