Isaac Julien: The lady of the lake (lessons of the hour), 2019. Foto: Metro Pictures, Nueva York y Victoria Miro Gallery, Londres / Venecia
Fue el género más importante hasta que la fotografía de prensa y la televisión se encargaron de registrar los eventos. Pero, ¿qué ha sido de la “pintura de historia”?, ¿cómo lidian los artistas de hoy con los eventos del pasado?
El histórico fue el mayor en la jerarquía de los géneros, aunque fuera perdiendo su propósito moralizador para entregarse al dramón medieval o la anécdota de casacones. A finales del siglo XIX ya decaía, pero aún sobrevivió al menos hasta los años treinta del siglo XX, con tintes muy políticos tanto en regímenes dictatoriales -con prolongación en el realismo socialista- como en la contestación a los mismos: el muralismo mexicano de Orozco o Rivera y el Guernica de Picasso señalan su canto del cisne. Después, la representación de la historia es otra cosa. Porque se historia de otra manera. En la segunda mitad del siglo XX se desarrollan modelos diversificados de investigación del pasado que prestan atención a los cambios en la sociedad, las economías o las mentalidades, vertidos en relatos no necesariamente totales o definitivos; en estas nuevas aproximaciones, las imágenes -no de los acontecimientos cruciales sino de la infrahistoria- cobran relieve. Por otra parte, en ese momento, la fotografía de prensa y la televisión se encargaban ya de registrar los eventos. Al arte le quedaron otras tareas: la reconstrucción, el desvelamiento, la historia-ficción, la interpretación o el comentario al margen, el archivo alternativo…Desde la Transición, el “arte de historia” ya no es solo pintura y ha desaparecido de los encargos oficiales, abriendo paso a obras abstractas
Pocos encargos oficiales
Detalle de la video-instalación de Lisa Reihana. In pursuit of Venus, 2015-2017. Foto: Italia Rondinella / La biennale di Venezia
En esa labor, la vocación pública que antes mencionaba se ha diluido hasta cierto punto. Si saltamos la anomalía que constituyó el largo régimen franquista, vemos que, desde la Transición, el “arte de historia” -ya no es solo pintura- ha desaparecido de los encargos oficiales. Es una tendencia general. En los centros de poder, los únicos encargos artísticos se inscriben en las absurdas galerías ministeriales de retratos (también existen en ayuntamientos e instituciones varias). En los edificios más antiguos, como el del Congreso, quedan muchas viejas pinturas de historia pero en La Moncloa o en los despachos de más bombo vemos a menudo obras abstractas. Los pocos encargos monumentales evitan también el argumento no ya histórico sino incluso figurativo; pensemos en la cúpula de Miquel Barceló en la ONU o en las puertas de Cristina Iglesias en el Museo del Prado. Eso sí, siguen gustando los monumentos escultóricos, a la antiquísima, como el proyecto para Madrid sobre Los últimos de Filipinas. Mientras que la novela histórica mantiene su atractivo, nos pirramos por series como Los Tudor, Roma o Vikingos y el cine, incluido el de autor, no desdeña las historias “de época” -La muerte de Luis XIV, de Albert Serra, o La favorita, de Yorgos Lathimos-, de aquella pintura de historia no queda más que la retórica visual.Una colección de historias
Simeón Saiz Ruiz: Matanza de civiles en Sarajevo..., 1998. Foto: Universidad de Valencia. Col. Martínez Guerricabeitia
El archivo artístico, frente al archivo histórico convencional, presta atención a datos y, sobre todo, a imágenes que no forman parte de la historia oficial. A veces, se coleccionan lugares o hitos espaciales de la historia. Es lo que han hecho en diversas series fotográficas Bleda y Rosa -batallas, y en particular de la Guerra de la Independencia, cuevas prehistóricas, ciudades perdidas- o, en diversos soportes, Ibon Aranberri, que ha estudiado la intervención del franquismo en el paisaje a través de obras públicas o monumentos. Los archivos son a veces herramienta para la narración oral (o escrita) en acompañamiento de las imágenes, dando forma a una manera de historiar exclusiva del arte, inspirada en el documental pero cuestionando y pervirtiendo sus normas. Así actuó el maestro del formato, Harun Farocki, en obras como Videogramas de una revolución (1992), que examinaba a través de material de archivo anónimo cómo habían grabado las televisiones la caída del régimen de Ceaucescu en Rumanía. Y con similares presupuestos trabajan Hito Steyerl, Deimantas Narkevicius, Mario García Torres -¿Alguna vez has visto la nieve caer?, sobre el One Hotel de Alighiero Boetti en Kabul (2010)- o Rabih Mroué, que ha perfeccionado el formato de conferencia performativa en la que se desarrolla una muy subjetiva narración histórica.Como decía, la evolución de la disciplina histórica marca el paso al arte. En las últimas décadas ha incorporado perspectivas de raza y género, teorías postcoloniales y feministas que han propiciado el surgimiento de obras de arte que desentierran historias olvidadas, dando la vuelta al mundo. Esas historias son con frecuencia personales, pero tienen ejemplaridad social. La historia de los afroamericanos ha sido motivo de intensa reconsideración, destacando su transformación en teatro de siluetas de la esclavitud en la producción de Kara Walker, o las diversas narrativas, lacónicas, de pura caracterización, en las vídeo-instalaciones de Isaac Julien, desde el tráfico de esclavos al reconocimiento de los logros individuales, como los del explorador Matthew Henson o el abolicionista Frederick Douglas. William Kentridge, por su parte, ha celebrado con su obra, en forma de animación, toda una “comisión para la verdad y la reconciliación” sobre el régimen del Apartheid en Sudáfrica.Desde Latinoamérica la reconstrucción de las identidades nacionales pasa por la arqueología precolombina o por la antropología
