Vista de la exposición con el cartel de la gira de Le Chat Noir, de Rodolphe Salis (1896). Foto: Fundación Canal

Ningún artista ha conseguido representar la belle époque como Henri de Toulouse-Lautrec. Muchos lo han intentado, pero sólo él supo captar el espíritu alegre y desenfrenado que la caracteriza. El pintor, nacido en el seno de una familia aristócrata del sur de Francia, se dejó seducir por los encantos que le ofrecía la ciudad de París, sumida en un momento de cambio radical. Los años que sucedieron al final de la Guerra franco-prusiana de 1871 constituyeron un periodo deslumbrante, en el que la prosperidad económica dio paso a una sensación de optimismo y euforia.



Los cafés-concierto, los cabarets, los teatros… Todo suponía un estímulo irresistible para Lautrec, que se instituyó como cronista social de su época a partir de su obra. Se implicó a fondo en la vida social parisina, especialmente en sus ambientes nocturnos, y no se limitó a retratar los aspectos más brillantes y bellos, sino que sintió especial atracción por los personajes marginales. La vida de los burdeles y los cabarets le resultaba más interesante que la de los palacios y empatizaba más con una prostituta que con una dama de la alta burguesía (quizá porque su condición física le dejaba un poco al margen de la sociedad del momento). Creía, al igual que Oscar Wilde, que el arte no debe contener un juicio moral. No había morbo en su obra, sino un profundo interés humano, lleno de ternura y piedad.



Henri Toulouse-Lautrec: cartel para el Moulin Rouge protagonizado por la La Goulue (1891) y cartel de Diván japonés (1893). Fotos por cortesía del Musée d'Ixelles, Bruselas [Clicar en la imagen para ampliar]

El arte de Lautrec es incisivo y directo, basado en trazos y colores sencillos que, sin embargo, no impiden un trato delicado y sutil de lo representado, especialmente en la figura de la mujer, sin duda el gran tema de su obra. Sus creaciones son de una sensibilidad extrema, tremendamente compasivas, en las que se aprecia la comunión de Lautrec con los personajes que sufren. Las mujeres aparecen retratadas tal y como son, de una forma realista, con su belleza y su fealdad, pero siempre en su plena feminidad, con los atributos que la época consideraba imprescindibles: sombreros, velos, vestidos, plumas… Son "mujeres flor", lo que suponía un pretexto para poder desarrollar sus líneas curvas y serpentinas, que dotan a las obras de un dinamismo especial. El arte de Lautrec es, en cualquier caso, un homenaje a la mujer, ya sea tanto en sus cuadros como en sus carteles.



Es precisamente a estos últimos a los que se da todo el protagonismo en la nueva exposición de la Fundación Canal, que, con el nombre de Toulouse-Lautrec y los placeres de la belle époque, reúne por primera vez en España la colección completa de los carteles del artista francés junto a los de otros grandes cartelistas de la época, como Jules Cheret o Alphonse Mucha. "Toulouse-Lautrec fue el pionero más reconocido en elevar el cartel a la consideración de obra de arte; les presta una especial atención y cuidado, comparables a los que dedica a sus pinturas; y considera, incluso, que tienen un valor añadido frente a otras prácticas artísticas tradicionales, al respirar arte en la calle y capturar la mirada del transeúnte", ha señalado Ángel Garrido, presidente de la Fundación Canal.



La muestra recoge 65 obras (33 de ellas firmadas por Lautrec) que nos permiten entender perfectamente los cambios que la belle époque trajo consigo. La sociedad moderna parisina estaba dotada de una mentalidad nueva, abierta y ciertamente hedonista, con nuevos placeres al alcance de gran parte de los ciudadanos. Estos placeres son, de hecho, los que vertebran la exposición, dividida en cuatro secciones: la noche, los escenarios, la literatura y el consumo.



Recorrido por la exposición. Vídeo: Fundación Canal

Al contemplar los carteles de Lautrec cobra vida de nuevo la noche parisina, una fiesta continua con música y humor. Las obras dedicadas a las grandes estrellas de la época, como Aristide Bruant o Jane Avril, son un ejemplo de la maestría del artista a la hora de plasmar la personalidad del retratado en pocos trazos y con un color enérgico, consiguiendo resultados muy expresivos. Por otro lado, los carteles en los que aparecen representados los escenarios, teatros, cafés y cabarets más importantes, como el Moulin Rouge o el Divan Japonais, reflejan a la perfección la vitalidad salvaje, el caos frenético y la alegría desbocada del París de aquellos últimos años del siglo XIX y primeros del XX.



Pero no todo era fiesta: hubo también espacio y tiempo para una explosión artística y literaria, plagada de nuevas obras que planteaban una alternativa al estancado arte academicista (no olvidemos que estamos en los años del auge y triunfo del impresionismo, a la sombra del cual crecieron y se formaron los artistas de la generación de Lautrec). El nuevo arte se difundió por toda la sociedad muy rápidamente y, para promocionarse, teatros y periódicos utilizaban carteles elaborados por los grandes artistas.



Vista de la exposición. Foto: Fundación Canal

Además, fueron los años del nacimiento de la sociedad de consumo, gracias al crecimiento económico, que aumentó el poder adquisitivo de los ciudadanos. Las marcas que ofrecían los "nuevos placeres" utilizaron igualmente el recurso del cartel publicitario, entendido de forma artística, que consiguieran vender el producto a partir de un refinamiento estético.



La exposición, que además presenta vídeos y una decoración que pretende crear una ambientación propia de un cabaret de la época, reivindica el valor de la producción cartelística de un artista que consideraba estas creaciones como un arte por derecho propio, con un valor incluso superior, al permitirle acercar el arte a la calle.