La mansión de Boris Becker en Mallorca es uno de los ejemplos más llamativos de cómo un símbolo de éxito puede convertirse en un quebradero de cabeza… y acabar cambiando de manos.
El legendario campeón de Wimbledon compró a finales de los años 90 una enorme finca en el municipio de Artà, en el noreste de la isla, que llegó a ser conocida como Son Coll. Una propiedad con unas 26 hectáreas de terreno y alrededor de 1.500-1.600 metros cuadrados construidos repartidos entre la casa principal y varios edificios anexos.
Durante años fue su refugio mediterráneo, pero tras deudas, multas y okupas, la historia terminó con su venta a nuevos propietarios.
La finca estaba planteada como un auténtico complejo privado. Además de la vivienda principal, de varias plantas y grandes terrazas, Becker mandó acondicionar casas de invitados y zonas de servicio para alojar a familia y amigos.
La mansión contaba con una gran piscina exterior rodeada de solárium, jardines extensos, praderas y diferentes espacios para ocio y descanso.
Boris Becker, en la Laver Cup de 2024-
Uno de los elementos más llamativos era, inevitablemente, la pista de tenis, que completaba un equipamiento deportivo en el que tampoco faltaban gimnasio y áreas de relax con sauna y zonas de bienestar.
La dimensión de la propiedad y su ubicación, en una zona tranquila y muy cotizada de Mallorca, llevaron a que la finca se llegara a tasar en torno a los 10 millones de euros, con momentos en los que se habló incluso de cifras superiores en pleno boom inmobiliario.
Sin embargo, los problemas económicos y legales del extenista fueron deteriorando la situación. Se acumularon multas urbanísticas por obras no regularizadas, litigios con la administración y deudas asociadas a la finca, hasta el punto de que se llegaron a barajar escenarios de subasta para hacer frente a parte de sus acreedores.
En medio de esa espiral de dificultades, la finca se hizo todavía más famosa cuando fue ocupada por un grupo de hippies y viajeros alternativos. A partir de 2018-2019, una pequeña comuna se instaló durante meses en la mansión, utilizando la casa principal y parte de los terrenos.
Montaron huertos, convivieron con animales y llevaron una vida casi comunitaria entre grafitis, muebles reciclados y fiestas improvisadas. Las imágenes de los okupas bañándose en la piscina o posando en las terrazas de la villa dieron la vuelta a Europa y simbolizaron la caída en desgracia de la antigua estrella del tenis.
Tras varios procedimientos, las autoridades y los representantes de Becker lograron finalmente el desalojo de los ocupantes y la recuperación plena de la finca.
A partir de ese momento se aceleró el proceso para desprenderse de la propiedad. Después de años de intentos y rebajas sobre las primeras pretensiones, la mansión fue vendida hace unos años a nuevos dueños, por una cantidad muy inferior a las cifras que se manejaban en la época dorada, pero suficiente para cerrar un capítulo incómodo en la biografía del alemán.
Hoy, aquellas 26 hectáreas en Mallorca ya no pertenecen a Boris Becker ni están okupadas: son de nuevo una residencia privada y discreta, convertida en recordatorio de los altibajos económicos que también pueden vivir las grandes leyendas del deporte.
