A. M.
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Diego Hartfield, extenista argentino que llegó al puesto 73 del ranking ATP y desafió a Roger Federer en Roland Garros y en el Abierto de Australia, vive hoy una segunda vida lejos de las pistas: la de broker financiero con base en Oberá.

A sus 45 años se define con ironía como "un tipo que tiene diez años de finanzas y 13 de ex tenista", síntesis perfecta de su transición del deporte profesional al mercado de capitales.

Apodado "Gato" en el circuito, Hartfield fue top 100 en una época dorada del tenis argentino, llegó a ser el número ocho del país y compartió vestuario con una generación repleta de compatriotas dentro de los cien mejores.

Diego Hartfield, en un partido contra Roger Federer.

Disputó Grand Slams, se midió con Federer en primera ronda de Roland Garros 2006 y del Abierto de Australia 2008, e incluso le llevó un set al tiebreak en París, aunque sin poder ganarle un parcial.

Hoy, lejos de la adrenalina de los torneos, su día a día discurre frente a pantallas y gráficos de mercado: "Soy agente productor de Bolsa, me dedico a abrir cuentas en sociedades de Bolsa a personas físicas y jurídicas y los ayudo a administrar sus finanzas a través del mercado de capitales", comentó en una entrevista en Claytenis.

Tras un tiempo como socio de la firma Net Finance, decidió volver a trabajar por su cuenta y actualmente gestiona una cartera de unos 20 millones de dólares repartidos entre cerca de cien clientes.

La mayoría son argentinos, pero también opera para cuentas en Uruguay y Estados Unidos, consolidando un perfil de asesor financiero que ya siente tan propio como en su día lo fue la raqueta. Mira la política económica argentina con atención y se declara optimista con el giro liberal.

Una vida marcada por la escasez

El vínculo de Hartfield con el dinero y el riesgo se forjó en un contexto de carencias. "No sé si usar la palabra pobreza, pero supe vivir en la escasez. En las malas supe estar y no me pasó nada. Tengo, por eso, cierta capacidad de animarme a los riesgos", admite.

"Aún cuando me considero un tipo conservador, mi posición es que la vida sigue. He perdido dinero, he ganado. En los partidos de tenis he perdido dinero y he ganado. Entonces, me gusta mucho el dinero, pero no me vuelve loco".

Durante su etapa como jugador profesional, los premios le sirvieron sobre todo para apuntalar la economía familiar. "Le pagué el cumpleaños de 15 a alguna de mis hermanas, y yo tenía una casa en Buenos Aires y ellas vivieron conmigo cuando estudiaron", recuerda, situando su historia en una familia de "clase media luchadora en la crisis del 2001".

En aquel contexto, el tenis fue, más que un sueño romántico, una oportunidad laboral: "Vi en el tenis una chance de ganar plata, de tener una salida laboral", reconoce.

Su mirada de inversor también se proyecta sobre el deporte actual y el desembarco del dinero saudí en el tenis. Lejos de la resistencia moral, adopta una postura pragmática: "Soy de los que creo que hay que acompañar las olas. Si te opones mucho terminás perdiendo".

Una carrera deportiva vista desde la distancia

Aunque llegó al top 100, jugó contra el mejor jugador de su época y se codeó con la élite, Hartfield mira su carrera con cierta distancia emocional. Confiesa que el tenis nunca fue una pasión absoluta: "En mi caso, el tenis no era una verdadera pasión. Si lo hubiera sido seguiría jugando o estaría entrenando a alguien".

Esa falta de apego explica por qué la retirada, a los 30 años y lastrado por lesiones que lo devolvieron al puesto mil del ranking, no le resultó traumática: "No me costó nada salirme del tenis", asegura.

Define su trayectoria como el fruto del esfuerzo más que del talento. "El tenis no me salía para nada fácil, todo lo hice con muchísimo esfuerzo, no tenía las facilidades que tenían tipos de mi nivel", admite. Su principal fortaleza estaba "por el lado de la cabeza, por un esfuerzo muy grande, por una convicción muy grande y por una búsqueda constante de mejorar".

También se moja sobre el panorama actual del tenis: "Siempre fui de Djokovic. Siempre. Siempre dije que iba a ser el más grande de todos", desliza, mostrando que, aunque ya no compita, sigue leyendo el juego con ojo de analista.