Alberto Salas (Soria, 1984) tenía 27 años, militaba en el Almería y había sido internacional. Estaba, por tanto, en edad de seguir explotando su carrera deportiva. Sin embargo, la jubilación de su padre le hizo replantearse su vida. “Podría haber seguido jugando en España o irme al extranjero, pero pensé: ‘A ver si vamos a tener problemas de pagos’. La situación del voleibol era peor que cuando empecé y los clubes tenían problemas, así que decidí volverme a casa y heredar el negocio familiar”. Desde entonces, como muchos de sus compañeros, compagina deporte y profesión: juega con el Río Duero Soria, de la Superliga masculina (la primera división del vóley), y trabaja como agricultor.



Su vida ejemplifica a la perfección el camino que ha seguido su deporte en la última década. El voleibol era, no hace tanto, el cuarto deporte de España tras el fútbol, el baloncesto y el balonmano. “Entonces, en casi todos los colegios de Madrid (y podríamos añadir de parte de España) se jugaba. Ahora, se ha perdido un poquito. Sigue sobreviviendo el femenino, pero a casi todos nos dan una pelota y le pegamos con el pie”, reconocía Rafa Pascual, leyenda de este deporte, en declaraciones a EL ESPAÑOL. Y bien que lo sabe Alberto, que ha visto cómo “el nivel de la liga ha ido bajando progresivamente”. O, cómo, en poco tiempo, ha cambiado el criterio: “Ahora ves un chico alto por la calle y dices: ‘¿Tú jugarás al baloncesto, no?’. El vóley no se conoce”.



Él, sin embargo, fue uno de esos chavales que se engancharon cuando la situación era diferente. Estudió en las Escolapias y se aficionó gracias al entusiasmo de su profesora de Educación Física. “Aquí había mucha tradición y, aunque hacía otras cosas (fútbol, baloncesto…), me decanté por el voleibol”. Y la apuesta le salió redonda. Alberto fue quemando etapas sin parar: entró en el equipo de Soria, pasó por todas las categorías hasta llegar a debutar “con los mayores” y fue convocado por la selección española, formando parte del plantel que acudió al Mundial de Italia (2010), al Europeo de Turquía o al preolímpico para los Juegos de Pekín 2008, entre otros muchos torneos.

Alberto Salas posa para EL ESPAÑOL. María López Morales EL ESPAÑOL



Alberto, en realidad, era un privilegiado: podía vivir del voleibol y dedicarse exclusivamente a él sin pensar en otra cosa. Sin embargo, sí que vio cómo su club de toda la vida se tuvo que cambiar de nombre en varias ocasiones. “Primero fue Caja Duero, luego San José, después desapareció y lo absorbió el Numancia (en referencia al equipo de fútbol), pero éstos también lo dejaron de lado”. ¿Y qué ocurrió? Que la afición, la llamada Curva Soriana, se hizo cargo de la entidad. Pagó la fianza que pedía la Federación para inscribir al equipo en la Superliga y, ahora, felizmente, la entidad sobrevive bajo el nombre de Río Duero Soria, donde juega él.



VIAJES EN COCHE Y FUTURO INCIERTO



La situación ha cambiado radicalmente desde que Alberto comenzara a jugar al vóley. “Antes, a los jóvenes les decíamos que se podían dedicar a esto; ahora, que se aseguren su futuro”, explica. Esa es la realidad de un deporte en el que aumentan las licencias federativas (había 58.228 en 2008, cuando comenzó la crisis, y ahora hay 71.074), pero no los salarios. “Sólo hay cuatro equipos que se puedan permitir pagar bien. El resto de jugadores compaginan el deporte con otra cosa”. De ahí que él, que había sido subcampeón de liga varias veces, campeón de Copa y de la Supercopa de España, tras estar dos años en Almería, decidiera volverse a Soria. “Obviamente, si hubiera ganado mucho dinero… Pero no era el caso”.



Cuando él comenzó, “las estructuras de los clubes eran más serias”, con lo que eso implica: había fisioterapeutas, cuerpo médico, más entrenadores… Y Alberto, como muchos otros, se dedicaba exclusivamente al voleibol. Entrenaba mañana y tarde cinco días a la semana, y jugaba los findes. Cobraba ocho meses de su club y en verano le pagaban por ir a la selección. Era, en todos los sentidos, un deportista profesional. Pero eso, ahora mismo, es impensable. “Se ha llegado a un punto en el que los desplazamientos, que antes se hacían en autobús, hoy en día corren a cargo de los jugadores. Son ellos los que cogen su coche y viajan en el día para jugar los partidos”.

Alberto Salas posa para EL ESPAÑOL. María López Morales EL ESPAÑOL



¿Y qué ha sucedido durante este tiempo? Simplemente, “que la liga se ha descuidado”. “Mira, el año que yo entro en la absoluta, aunque yo no estaba, quedamos campeones de Europa. Pues no salió en ningún sitio. Pensé: ‘¡Joder, con lo que hemos hecho, y no aparecemos en ningún lado!’. Se tiene que vender mejor el producto”. Y, en ese sentido, reconoce Alberto, mientras que los clubes siguen realizando una labor pedagógica: van a los colegios, regalan entradas, invitan a los chavales… “Falta un apoyo desde la Federación”. ¿Y qué ocurre? Que hay jugadores que deciden no seguir y otros que se marchan fuera, con lo que eso supone para la liga: una bajada del nivel competitivo.



TRABAJAR DE AGRICULTOR



Alberto, cuando decidió dejar Almería por Soria para ser agricultor, como su padre, lo hizo con todas las consecuencias que ello implicaba. “Ahora, el voleibol para mí es simplemente un hobby”. Durante los meses de septiembre, noviembre y diciembre, sólo entrena un día a la semana y juega los sábados -en el caso de que el partido sea en casa-, porque no viaja con el equipo. Pero en enero y febrero, “que tiene menos lío”, acude siempre a las sesiones. A sus 32 años, podría seguir dedicándose sólo al vóley, pero no le compensa. Su prioridad ahora es cosechar: cereal, trigo o cebada -entre otras cosas- y asegurarse el futuro.



“Compaginarlo todo es complicado”, reconoce. Hay días en que se pasa 14 horas sentado en el tractor. “Y, claro, luego lo que menos te apetece es entrenar. El cuerpo no aguanta”. Pero su genética le responde. “Igual técnicamente pierdo cosas, pero físicamente no tengo ningún problema. Mis compañeros se ríen de mí”, bromea. Pero sigue acudiendo a la pista.



Alberto no pierde la fe. Gracias a él, y a todos sus compañeros, el Río Duero de Soria es quinto en la clasificación de la Superliga masculina. Una competición devaluada con el tiempo, que “pegó un bajón”, pero que ahora “está remontando poco a poco”. Y con un gran porvenir por delante si “se cuida”. Al fin y al cabo, no hace tanto tiempo que Rafa Pascual, mejor jugador del mundo en su día, tenía que salir escoltado por la policía de los pabellones. Entonces, claro, el niño tenía un referente y el padre lo apuntaba a vóley. Era la manera de enganchar.



“Lo que no nos falta es cantera. Hace dos o tres años, fueron campeones o subcampeones del mundo en categorías inferiores. Vienen remesas muy buenas”. Esa es la esperanza que alberga Alberto, jugador de voleibol a tiempo parcial y agricultor. Un hombre acostumbrado a mirar al cielo, ver qué tiempo hace y trabajar en función de la climatología. Esa es su realidad y la de todos. Es lo normal. Hay días que aparecen nublados y otros en los que sale el sol. Y el voleibol, definitivamente, espera que se aclare su futuro. Así de sencillo; así de complicado.

[Puedes leer las tres primeras entregas del serial aquí: Fernando Hernández, Carlos Márquez y Quico Cortés]

Alberto Salas, durante un partido con el Río Duero Soria. María López Morales EL ESPAÑOL

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