Insistía el respetable: este Barça gana, pero de aquella manera. Es decir, sin brillar, con fogonazos ocasionales, escaso virtuosismo y mucho oficio. Pero, claro, la victoria enterraba la crítica en el diván de los recuerdos anulados. Hasta este sábado, en el Camp Nou y contra el Celta. Entonces, se vio lo que también puede ser este equipo: un bloque sin purpurina que pasa por convencional cuando no aparece Messi con la capa de superhéroe. Da igual que marcara el primero o que generara desde la mediapunta el segundo, obra de Suárez. Este equipo falla más que antes, mucho más. Y lo paga [narración y estadísticas: 2-2].

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Ha cambiado de esquema el Barcelona (del 4-3-3 al 4-42) y también de maneras. Probablemente, el equipo de Valverde es el menos estético de todos los que le preceden. Podría llegar a rivalizar con aquel del Tata Martino, pero aun así podría salir perdiendo. La diferencia, hasta ahora, es que este equipo sacaba los partidos adelante. De una u otra forma, como fuera, acababa ganando o sacando un buen resultado. Sin embargo, contra el Celta, el Barcelona no lo puede valorar de esa manera. Esta vez el marcador no ha acompañado. Y, por momentos, tampoco el juego.


Toca el Barça como antaño, domina y manosea la pelota, eso es indudable. El equipo no ha perdido las señas de identidad. De hecho, las ha recuperado tras el fastuoso último año de Luis Enrique a cargo del equipo. Eso es así. Sin embargo, el equipo de Valverde no navega en la excelsitud de aquel de Guardiola o del que fabricó Rijkaard, hoy en la grada junto a su hijo. El conjunto culé controla, pero no encuentra las llaves en ataque. Su estrategia se consume, durante muchos momentos, en esperar que aparezca Messi. Y ya está. ¿Le servirá eso? Está por ver.


Ante el Celta, le bastló de primeras para contrarrestar el primer gol de Aspas. El gallego, en una cabalgada, le puso el balón a Maxi para que rematara la jugada y después recogió el rechace del balón detenido por Ter Stegen para adelantar a los celestes. Pero, claro, Messi, en el otro área, hizo lo propio. Vio caer el balón en sus pies y mandó la pelota entre las mallas. El astro, por si acaso alguien albergaba esperanzas de una caída, se encargó de poner las cosas en su sitio. Al menos, de primeras, porque poco pudo hacer ante lo que vino después.


El Barcelona, catapultado por su gol, siguió combinando hasta ver caer el segundo en una triangulación de libro. Messi, de nuevo, apareció para filtrar un pase en profundidad para Alba y que el lateral se la dejara en bandeja a Suárez. Marcó el uruguayo y siguió trenzando jugadas el conjunto culé. Tuvo ocasión de anotar el tercero en un mano a mano de Paulinho y de sentenciar por dos veces con sendos disparos desde fuera del área. No lo hizo y lo pagó.


El Celta adelantó líneas y firmó el empate. Aspas se la puso a Maxi en una contra y éste anotó el segundo del conjunto gallego dejando a Umtiti lesionado por el camino. Y fin de la historia. A partir de ahí, el Barcelona, que en la primera mitad se quejó por un fuera de juego inexistente que hubiera trascendido en gol de Suárez, lo intentó hasta el final, pero no fue capaz de darle la vuelta al marcador. Falló Messi, rescató al Barcelona Ter Stegen –le detuvo un buen mano a mano a Sisto– y falló Paco Alcácer un cabezazo en el descuento. La última fue para Leo, que mandó la pelota por encima de la portería.