Orlando Gill llegó al fútbol casi por accidente y a la portería por descarte. Hoy es el héroe de Paraguay tras parar dos penaltis -a Havertz y a Woltemade- que eliminaron a Alemania y dieron a su país el pase a octavos del Mundial.
De niño prefería el centro del campo: le gustaba tocar el balón, organizarlo todo desde atrás, sentirse parte del juego con los pies. Pero el cuerpo empezó a crecer y no paró.
Cuando los 1,98 metros ya eran una realidad imparable, el club de su pueblo en San Lorenzo, Paraguay, resolvió el problema con la lógica más básica del fútbol amateur: tan grande tienes que estar bajo los palos. Esa casualidad ordenó su vida entera.
Nadie suele hablar de lo que viene después de esa conversación -el momento en que un adolescente acepta que su destino no se decide en el centro, sino en los tres metros entre dos postes. Gill lo aceptó, trabajó sin ruido y se quedó.
Con el tiempo, desarrolló una rareza que conectaba el mediocampista que nunca fue con el portero que se estaba convirtiendo: marcó cuatro goles desde tiros libres jugando de guardameta. Un homenaje involuntario a José Luis Chilavert, el mayor mito de su posición en Paraguay.
El salto a Argentina llegó a través de San Lorenzo de Almagro, primero para el filial, luego al primer equipo. Pero el periodo de adaptación fue más duro de lo que cualquier nota deportiva contaría. La distancia de su entorno, la incertidumbre de un contrato precario, un salario modesto en un club con problemas institucionales crónicos.
Y encima, lo más difícil: su hijo Lautaro llegó al mundo con problemas de salud serios, con gastos que la familia no podía cubrir. Gill vendió todo lo que pudo vender. Ropa del club, camisetas firmadas, equipamiento.
Lo último que soltó fue la camiseta de la selección Sub20 paraguaya, la única reliquia que guardaba de haber rozado alguna vez el nivel internacional. También fue a parar a otras manos.
Su esposa, Melissa Ávalos, lo contó meses después con una franqueza que estremeció: "Vendió todo para afrontar los gastos de nuestro hijo, que luchaba por su vida".
Hay algo en esa imagen -el portero vaciando sus cajones para pagar medicamentos- que dice más de él que cualquier estadística. Pero el fútbol, que es injusto con frecuencia, también sabe devolver lo que debe. Lautaro sobrevivió. Y Orlando Gill aguantó bajo los palos.
La temporada 2025/26 lo consolidó en el 'Ciclón de Boedo'. Antes del Mundial ya había protagonizado una de las noches más cinematográficas del fútbol argentino: los octavos de la Liga Profesional contra River Plate en el Monumental, con San Lorenzo reducido a diez hombres por una expulsión.
Gill sostuvo el empate y en la tanda atajó los penaltis de Giuliano Galoppo y de Kendry Páez, dejando a su equipo en ventaja dos a cero. El fútbol, entonces, decidió ser cruel: San Lorenzo erró tres oportunidades consecutivas de cerrar el partido y River se llevó la clasificación en muerte súbita.
Gill hizo todo lo posible, pero no fue suficente. Esa noche moldeó a un portero acostumbrado a que la heroicidad no siempre tiene recompensa inmediata.
El mejor portero de los grupos
También hubo ruido en el camino hacia el Mundial. Cuando Paraguay debutó ante Estados Unidos encajando una goleada, José Luis Chilavert salió públicamente a destruirlo: le acusó de jugar en silencio, de no comunicarse, de ser un portero mudo.
El ataque dolía más por su origen: Chilavert y Gill mantenían hasta hacía poco una relación de cercanía. Fue Melissa quien destapó el trasfondo en redes sociales: la crítica habría llegado porque Gill se negó a suscribir algún tipo de negocio con el exarquero.
La respuesta de Orlando fue callarse y seguir trabajando. La FIFA, terminada la fase de grupos, lo situó como el portero con mejor rendimiento del campeonato.
Orlando Gill celebra el pase de Paraguay a octavos del Mundial.
Y entonces llegó Alemania. 120 minutos de concentración, 0 errores, un cuerpo de casi 2 metros convertido en un muro. En la tanda de penaltis atajó dos. Paraguay se clasificó a octavos de final del Mundial por primera vez en décadas.
En zona mixta, con el estadio todavía encendido y el planeta futbolístico aprendiendo su nombre, Gill se quebró. "Esta clasificación va para un sobrino mío que la está pasando muy mal, internado. Le prometí que si salía figura en esta clasificación iba a ser para él".
El mismo arco. La misma historia de hospital. Otro familiar luchando por su vida.
Ahora, al menos cuatro clubes europeos ya pujan por llevárselo. El muchacho que hace tres años vendió sus botines para pagar los cuidados de su hijo está a punto de debutar en el fútbol de primer nivel europeo. El accidente que lo llevó a la portería resulta que tenía muy buena puntería.
