Seguía el Real Madrid en su idílica felicidad por el doblete conseguido hasta que un elemento interno quiso su cuota de gloria y acabó con esa rara filosofía de morir matando. No fue esta vez alguien externo el que embarró los días de gloria madridistas, a pesar de que Piqué lo intentó argumentando que el Madrid era un equipo menor que su Barcelona porque los blancos celebraban Copas del Rey (al Barcelona, no al Alavés), como si el conjunto azulgrana no hubiera hecho lo mismo.

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Ya fuera de Madrid, concentrado con Portugal, que jugará en próximos días la Copa Confederaciones, Pepe escenificó su cabreo con el club en el que ha estado una década y puso patas arriba el pensamiento colectivo de que todo era bonito en el vestuario merengue. Criticó al Madrid y a Zidane tanto o más como hizo hace cuatro años con Mourinho, el entrenador que más le defendió de todos los que tuvo en Madrid, dejando una imagen de resentimiento que oculta sus últimos años, en los que rozó la excelencia en el campo.

El Real Madrid tiene una capacidad casi admirable de autodestrucción. Cuando más tranquilas están las cosas y en los días de mayor júbilo en muchas décadas, Pepe apareció para ponerle un punto de polémica al asunto. Ese acto del central portugués, de egoísmo en tanto y cuanto pensó solo en su figura y no en la tranquilidad y entusiasmo que estaba inmerso el Madrid, es el último que hizo como jugador blanco. Feo adiós a 10 años en los que comenzó como un desconocido, pasó como un violento y acabó como un pilar clave en los últimos años como madridista.

Pepe, el día que renovó con el Real Madrid.

Sus declaraciones sobre Zidane ("hay cosas que todavía no entiendo, no me he despedido de él"), el elogio a Benítez para criticar al francés ("con él sí me sentía respetado) y la crítica al club por no defenderle ante Hacienda o por no mostrar interés en su renovación han dinamitado el final de un buen futbolista que siempre ha rendido, tantos en las malas como en las buenas.

A Pepe pocos le conocían cuando el Madrid puso 30 millones sobre la mesa del Oporto en lo que era el fichaje más caro por un defensa en la historia del club blanco. Era, para que lo entiendan, una especie de Danilo en la actualidad: brasileños (Pepe solo de nacimiento, internacional portugués), 30 millones por cada uno, defensas, provenientes del Oporto y nombres en alza pero sin ser estrellas.

Al '3' blanco le llegó rápidamente la fama, aunque no precisamente la que cualquiera hubiera deseado. En su segundo año en Madrid protagonizó su jugada más famosa, la que le ha perseguido de por vida y la que le provocó un castigo ejemplar: 10 partidos de sanción. Fue la brutal agresión a Casquero en la que en 15 segundos se volvió loco, como si estuviera poseído por el demonio. 

Después de aquello, los gritos de "asesino" retumbaron por los campos de España. Pepe llegó por momentos a ser la imagen del mal. Muchos pidieron hasta su encarcelamiento. Nadie le perdonaba nada. Con la matrícula ya puesta, sus faltas se analizaban mucho más que las de cualquier otro. Eran los tiempos también de José Mourinho, años 'calientes' como pocos, en los que se hablaba del clan portugués y del odio que provocaban por su forma de entender el fútbol. 'Mou' se partió la cara por él, defendiendo hasta lo indefendible e incluso convenció al club de que lo mejor era renovar a Pepe.

Fue precisamente el argumento del odio creciente que se tenía al Madrid por España el que utilizó Pepe para 'traicionar' a Mourinho y acusarle de haber hecho daño en el Madrid. La ruptura entre los dos portugueses fue lo más sonado en el final del 'mourinhismo': hasta los más fieles le dejaban de lado. El distanciamiento se debió, en una época en la que Pepe regresaba de lesión, a la predilección del entrenador por un ascendente Varane. El central portugués no aceptó esa situación y aireó la guerra civil que había en ese vestuario.

Ese mismo final con Mourinho es en cierto modo el que se ha repetido con Zidane. Una suplencia mal aceptada por el jugador y unos últimos días en los que Pepe recriminó a otros su final. El defensor acabó por quejarse de dos entrenadores abiertamente y hasta el club no se libró de sus acusaciones.

Lo único que consigue así Pepe es olvidar su buen rendimiento en el campo, especialmente en las últimas temporadas, las que fueron desde 2014 a la actualidad. Con Ancelotti recuperó su mejor nivel, hizo una gran temporada y tapó las críticas a los que le empezaban a llamar 'Judas', en referencia a su traición a Mourinho. Pepe se reivindicó siendo fijo en la defensa y también con Zidane fue un primer espada, titular siempre que no estuvo lesionado. 

Pero el gran avance de Pepe fue recuperarse de sus locuras y convertirse en un defensa como tantos otros, duros pero no violentos. La metamorfosis fue llegando poco a poco y mientras le seguían recordando como el jugador brusco, él iba cambiando, haciendo muchas menos faltas, acabando las temporadas con muy pocas tarjetas: incluso en la 2014/15 solo vio una amarilla en todo el año, una cifra bajísima para un central y para lo que había sido.

Pepe, ayudado por todos, se reformó y cambió en todos los aspectos. Los últimos cinco años nada se parecieron a los cinco primeros. Siempre quedará la imagen de Casquero, pero de ese jugador hace ya tiempo que no queda nada. Le perseguirá ese error, pero la realidad es que acabó totalmente integrado y que el último Pepe no estuvo ni entre los 20 jugadores más duros de la Liga. Incluso ganó una Eurocopa por medio, siendo fundamental en la Portugal que reinventó la forma de ganar en 2016.

10 años después, Pepe se marcha (rumbo al PSG) y lo hace con un rendimiento superior al esperado e inferior al que se pagó por él. Pero se va sin tacto y con rencor. En su Instagram intentó arreglar su final agradeciendo al madridismo, pero el desenlace ya lo había manchado. La crítica al Madrid y a Zidane, fea terminación para un tipo que cumplió en el Bernabéu.