Alberto Contador, en un acto.

Alberto Contador, en un acto. Europa Press.

La Vuelta

Alberto Contador, 43 años: "Vengo de familia trabajadora. De niño echaba la Bonoloto con mi paga para comprar una bici"

El exciclista español, ahora comentarista en La Vuelta, habló de su infancia meses atrás en un podcast.

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Jorge Pacheco
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La mirada de Alberto Contador sigue transmitiendo la misma tensión competitiva de cuando devoraba puertos en el Tour. Retirado del profesionalismo, hoy canaliza esa obsesión por el rendimiento en Aurum Bikes, pero su mentalidad de acero sigue intacta.

El madrileño repasó en el podcast La Obsesión Ciclista de Fred. con madurez una trayectoria esculpida con disciplina indomable, sacrificios extremos y un entorno familiar que lo mantuvo con los pies en la tierra.

El éxito nunca fue un regalo de la genética para Contador, sino el fruto de una búsqueda incansable que empezó en un hogar humilde.

"Vengo de una familia trabajadora, una de cuatro hermanos. Al empezar, me acuerdo de que una cámara valía 375 pesetas. Echaba la Primitiva, la Bonoloto, todo con mi paga para intentar comprar una bici porque tenía una muy mala", recuerda sobre sus orígenes.

De su casa heredó la escala de valores que define su presente: "Me siento muy afortunado, y esto es mérito de la educación de mis padres: saber que por encima de los éxitos, lo más importante son las personas. Yo eso lo he tenido siempre muy claro".

Ese arraigo familiar fue clave en 2004, cuando sufrió un gravísimo ictus. En la cama del hospital, su madre pronunció las palabras que marcarían su destino:

"Son unas palabras que me dijo mi madre cuando estaba en el hospital con el ictus, recién operado y sin saber qué sería de mí: 'Alberto, querer es poder'. Se me quedó grabado como un leitmotiv que me ha acompañado toda mi vida".

Alberto Contador.

Alberto Contador. Reuters

Tras superarlo, Contador elevó su nivel de autoexigencia al límite, especialmente en la alimentación. Para él, la excelencia no admitía medias tintas: "No tendría capacidad de sacrificio para entrenar lo que había que entrenar, pasar el hambre que había que pasar o cuidarme como me tenía que cuidar, si pensaba que lo único que podía hacer era segundo".

Esta obsesión implicaba restricciones extremas antes de competir: "Llegar y comerte una ensalada, quitar la yema, el aguacate y el atún al natural porque tenías que perder ese último kilo, lo cual era una auténtica locura".

Su rutina era un bucle hermético donde descansar era tan sagrado como entrenar. "No podía destinar mi energía a otras cosas; yo era entrenar y descansar. Decía: 'Tengo el motor que tengo, pero si mi rival tiene el mismo, le tengo que ganar haciendo todo mejor y al milímetro'", relata.

Aquella rigidez lo obligaba a esconderse incluso para celebrar: "Al terminar una gran vuelta y tener ganas de una cerveza, tenía que irme al campo a la sombra de un árbol con mis dos mejores amigos. No podía tomármela en una terraza, no por las fotos, sino porque iban a decir: 'Ah, mira, se está tomando una cerveza'".

Hoy, aquel niño de Pinto sigue pedaleando rápido, pero sabiendo relativizar las pendientes de la vida.