Miguel Indurain.

Miguel Indurain. Europa Press

La Vuelta

El hijo de Miguel Indurain: "A los 12 años quise probar con el ciclismo. No le hace daño al cuerpo y te mantiene sano"

Miguel Indurain Jr. terminó enamorándose precisamente del deporte que había convertido a su padre en una estrella mundial.

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Carlos Serrano
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Miguel Indurain sigue siendo, décadas después de su retirada, uno de los grandes nombres de la historia del deporte español. Cinco Tours de Francia, dos Giros de Italia, un Mundial de contrarreloj y un récord de la hora forman parte de un palmarés que convirtió al ciclista navarro en una auténtica leyenda.

Sin embargo, lejos de aprovechar esa condición para mantenerse permanentemente en el foco, Indurain escogió otro camino: el de la discreción.

A sus 61 años, el pentacampeón del Tour continúa vinculado a la bicicleta, aunque ya desde una perspectiva muy diferente. Participa en determinados eventos, sigue saliendo a rodar y disfruta de un ritmo de vida mucho más tranquilo.

Una forma de entender la vida que también ha trasladado a su familia, formada junto a Marisa López de Goicoechea, con quien se casó en 1992 y con quien tiene tres hijos: Miguel, Jon y Ana.

Precisamente el primogénito fue quien más cerca estuvo de intentar continuar la tradición familiar sobre dos ruedas. Miguel Indurain Jr. creció con un apellido que inevitablemente le precedía, aunque él mismo reconoce que nunca contempló a su padre de la misma manera que lo hizo el resto de España.

"Para mí, mi padre es mi padre", explicó en una entrevista con La Vanguardia. "Es mi padre y un ejemplo a seguir, por supuesto. Pero yo no viví su época. Y aunque he visto cómo le tratan, cómo le siguen y cómo se habla de él, yo solo veo a mi padre".

Miguel Induráin

Miguel Induráin Reuters

Una circunstancia especialmente curiosa si se tiene en cuenta que Miguel Jr. terminó enamorándose precisamente del deporte que había convertido a su padre en una estrella mundial. Pero el camino hasta llegar a la bicicleta comenzó con otra disciplina: el fútbol.

"Yo de pequeño jugaba a fútbol", recordaba. La experiencia, sin embargo, no terminó de convencerle. "Descubrí un lado que no me gustaba. Había demasiada presión por ganar. Y tampoco se me daba muy bien".

Con 12 años decidió cambiar el balón por la bicicleta. Se apuntó a un club y descubrió una forma de hacer deporte que encajaba mucho más con su personalidad. "Aquello sí que me gustaba: el salir a rodar, el aire libre... Es algo que no le hace daño al cuerpo y que te mantiene sano".

Durante su etapa como ciclista llegó a compartir competición con algunos de los corredores españoles que posteriormente alcanzarían la élite. Enric Mas, Marc Soler, Iván García Cortina y Óscar Rodríguez formaron parte de aquella generación. La comparación, sin embargo, pronto dejó claro que el apellido no garantizaba el talento necesario para llegar al máximo nivel.

"Les veía de lejos, ¿eh? Que yo no daba tanto como ellos. Y ahora les miro por televisión", admitía Miguel Jr.

Y aunque reconoce que le habría gustado llegar hasta donde llegaron aquellos compañeros, nunca convirtió esa diferencia en resentimiento. "Claro que me gustaría estar donde están Enric Mas, Marc Soler o Iván García Cortina, pero sé que no puedo. Si siento algo es envidia sana. ¿Cómo voy a desearle el mal a un amigo?", explicaba.

Su trayectoria terminó tomando otro rumbo. Instalado en Mallorca, continuó ligado al mundo de las dos ruedas desde otros ámbitos, participando en proyectos relacionados con el ciclismo, organizando actividades y manteniendo esa pasión que descubrió durante su adolescencia.

En 2020, además, compartió con su padre la experiencia de disputar la Titan Desert, una aventura que sirvió para acercar todavía más a ambos.

"Sin mí, mi padre no hubiera venido", llegó a bromear entonces Miguel Jr., que relató cómo fue el propio Indurain quien le propuso participar.

El segundo hijo del campeón, Jon, ha seguido una trayectoria profesional completamente distinta. Formado en Administración y Dirección de Empresas, pasó por el mundo de la auditoría antes de incorporarse al sector inmobiliario.

En los últimos tiempos ha adquirido también una mayor presencia pública a través de las redes sociales y de su trabajo en el mercado de viviendas de lujo. Una exposición que contrasta con la tradicional reserva de sus padres.

Sobre su hermana Ana, en cambio, apenas existen datos públicos. Es precisamente ese bajo perfil el que ha caracterizado siempre a los tres hermanos y, en general, a toda la familia Indurain.

El propio Miguel ha dejado claro en numerosas ocasiones que no necesita vivir de los recuerdos de su época dorada. Sigue montando en bicicleta siempre que puede y mantiene el deporte como una parte importante de su rutina.

"En la vida hay muchas fases. Me gustaba la bici, fui profesional, me gané la vida con ella. Y ha llegado un momento en el que tienes que dejar paso a los jóvenes y buscarte otro ritmo de vida", explicaba.

También ha hablado abiertamente de lo complicado que puede resultar abandonar el deporte profesional después de haberlo convertido prácticamente en una forma de vida. "Lo peor del mundo del deporte llega cuando lo dejamos", reconocía.

Para afrontar ese momento, Indurain considera fundamental separar los diferentes ámbitos de la vida: "El no mezclar todo: familia, deporte… Todo. Si no, tenerlo como dos áreas distintas. Cuando se acaba una, tienes la otra y puedes seguir con tu vida normal".

Su retirada tampoco estuvo acompañada de una búsqueda de ayuda psicológica. "En mi época ni había. Por suerte, no necesité y espero no necesitarla", señalaba.

Con el paso de los años, además, el navarro ha demostrado que su excepcional rendimiento no estuvo necesariamente acompañado de una salud perfecta. Uno de los aspectos que más ha sorprendido de sus confesiones posteriores a su carrera tiene que ver con el colesterol.

"Siempre he tenido colesterol, incluso cuando corría", afirmó en una entrevista con 'Sport'. Y añadió: "Gané los cinco Tours con colesterol. Unas veces estaba más alto y otras menos, pero durante toda la vida me ha acompañado".

Una confesión que desmontaba, en cierto modo, la imagen casi sobrehumana que muchos aficionados habían construido alrededor del gigante navarro. El propio Indurain, sin embargo, nunca ha dado demasiada importancia a sus condiciones físicas extraordinarias.

Cuando le preguntan por ellas, responde con la misma humildad que mostró durante su carrera: "Tenía unas cualidades. Pero no es mérito mío. Nací así y lo único que hice fue aprovecharlo".

También ha cambiado radicalmente la manera de alimentarse dentro del ciclismo profesional. Indurain recuerda que durante sus años de competición las carreteras no estaban llenas de geles, barritas y productos específicamente diseñados para cada momento de una etapa.

"En sus tiempos, durante la etapa, no nos tomábamos barritas ni geles, sino bocadillos de jamón y queso o pasteles que nos compraban los masajistas del equipo", ha contado al recordar aquella época.

Hoy, el exciclista sigue cuidando su alimentación y reconoce que intenta comer "limpio y sano", evitando especialmente las salsas y los alimentos picantes. La bicicleta, eso sí, continúa acompañándole.

Cuando prepara alguna prueba puede llegar a entrenar durante varias horas, aunque su actividad actual está muy lejos de las exigencias de un corredor profesional.

"Procuro promocionarlo porque este deporte me lo dio todo", ha explicado al hablar de su relación actual con el ciclismo. Y esa es probablemente la mejor manera de entender la vida de Miguel Indurain después del éxito: no ha renegado de su pasado, pero tampoco necesita vivir instalado en él.

El hombre que durante cinco años dominó el Tour de Francia prefiere ahora rodar sin cronómetro, disfrutar de su familia y mantenerse lejos de los focos. Su apellido continúa siendo sinónimo de grandeza deportiva, pero en casa siempre ha sido, simplemente, Miguel.

Y quizá esa sea precisamente la razón por la que, tantos años después, su figura siga despertando tanta admiración.