Tira cómica de Krazy Kat, de George Herriman.

Tira cómica de Krazy Kat, de George Herriman.

Arte del libro al museo

El Museo Reina Sofía se vuelve Krazy

Por primera vez en la historia de la institución dedicada al arte contemporáneo el cómic es el centro de atención. El homenajeado es George Herriman, autor de 'Krazy Kat', en los años veinte del siglo pasado. 

Peio H. Riaño

Y llegará un día en el que el cómic entrará en el museo y entonces escapará de su pátina underground, que lo ha mantenido al margen de las artes. Para unos es demasiado popular, para otros demasiado independiente. Ocurrirá que estos y aquellos dejarán de tener razones para que el cómic, el humor gráfico o la novela gráfica queden marginadas de las grandes estructuras artísticas que señalan lo que sí y lo que no. Un día sucederá, y aquellos que lo veían demasiado popular para una gran institución por venderse en quioscos, entenderán que la industria de la alta cultura ha bebido -irremediablemente- de las viñetas y las tiras de periódicos y publicaciones. Ese día comprenderán que los lectores también son espectadores, que los autores también son artistas.

Ese día es hoy. El Museo Reina Sofía abre sus puertas al cómic por primera vez en su vida. Nunca antes había recibido la atención, nunca hasta hoy había sido legitimado, nunca fue ascendido a los altares del arte contemporáneo. El enlace entre alta y baja cultura se firma con la exposición Krazy Kat es Krazy Kat es Krazy Kat, una retrospectiva de George Herriman (Nueva Orleans, 1880- Los Ángeles, 1944), con la que la institución dirigida por Manuel Borja-Villel “pretende elevar el cómic a medio masivo de influencia masiva, en contra del prejuicio valorativo del mismo como un arte inferior o como un subproducto artístico”.

Una foto de archivo del dibujante George Herriman.

Una foto de archivo del dibujante George Herriman.

Más allá de incluir el trabajo de un autor de cómic en la programación de exposiciones temporales, más allá de conseguir el titular de inaugurar el casillero del humor gráfico en un museo, más allá de haber puesto el pie en la luna, ¿qué hay? ¿Logra el museo y su aparato científico hacer de un arte accesible en un arte reconocido? La respuesta es no. La exposición, comisariada por Rafael García y Brian Walker, no logra el objetivo de igualar al cómic con el arte, porque lo han tratado como a un invitado. No es un más en la casa del arte, es un extraño.

La muestra tiene originales (y revistas) de los casi cuarenta años de vida del personaje, con piezas increíbles que hacen evidente la maestría de un genio que hizo surrealismo para masas. Espacios ausentes, donde la noche y el día se suceden de una viñeta a otra, y los sujetos inquietantes protagonizan un bello esperpento cotidiano en blanco y negro.

Con las tintas al aire, Herriman fue un adelantado que nunca quiso despegarse de sus lectores, a los que cuidó para no darles la espalda mientras hacía volar las fórmulas narrativas del género. Hizo con los gestos del gato enamorado del ratón, del ratón que atacaba al gato y del perro que defendía al gato, un universo rotundo en el que la palabra se afinó y se abrevió. De repente, el clown dibujado para definir contradicciones del ser humano, para esgrimir conflictos políticos, para subrayar la inversión de géneros y la posibilidad de la utopía… a pesar de los ladrillazos.

Una de las tiras del cómic.

Una de las tiras del cómic.

De todo ello hay pruebas en los préstamos que han perseguido durante tres años los comisarios. Están las primeras páginas en las que aparece por casualidad un ratón lanzando algo a un gato, en 1910. Y están las seis últimas páginas que dejó sin terminar el artista, en 1944. Cuentan que se desplomó sobre ellas al morir, en su escritorio, mientras entintaba la última. Nunca vieron la luz y fueron adquiridas por el dibujante Chris Ware, que las ha cedido para la muestra organizada por el Museo Reina Sofía.

Sin noticias de Herriman

Entonces, ¿cuál es el problema de la exposición? La falta de ambición. Es una propuesta para cubrir el expediente, una muy correcta muestra ilustrativa de un autor que no es tan popular en España como en los EEUU. Es un recorrido tan ausente como las escenas de Krazy Kat: cómo es posible que no haya referencias al autor más allá de la obra. Demasiado plana, demasiado hueca. La exposición comete el pecado de quedarse en el producto cultural, en aquello que lo aparta del arte reconocido, sin investigar sobre la vida, influencias e influenciados de George Herriman, el gran ausente del recorrido.

En la última sala se explica al visitante los contratos que tenía con el magnate William Randolph Hearst, que era un trabajador humilde, que su esposa murió en un accidente de tráfico, que su primera hija se fue a vivir con él tras divorciarse esta y que vivían en una “mansión de Hollywood estilo español”, atención, “con trece gatos callejeros y cinco perros terrier escocés”. Se añade que “Herriman era un hombre sumamente modesto al que le desagradaba el elogio”. Esta información cierra el recorrido.

Un negro disfrazado de blanco

Y ni una referencia a que era un hombre negro que tuvo que hacerse pasar por blanco para poder seguir trabajando, en los años veinte del siglo XX en los EEUU. En su partida de nacimiento aparece como de raza negra (“colored”), pero en un censo posterior aparece inscrito como “mulato”. Se escondió tras su firma, tras sus personajes, era un artista que padeció la segregación racial y cuyo protagonista de su gran creación es negro... HOLA, ¿dónde está eso en la muestra? No está.

Dónde se incide en que la sexualidad del gato nunca fue desvelada por Herriman, que de esta manera perpetuó un amor homosexual aceptado por millones de lectores llenos de prejuicios. ¡O un amor trans en los años veinte a la vista de todos! Krazy Kat es un ser de sexo cambiante ante el implacable odio del gato Ignatz. ¿Puede ser más profético? ¿Por qué no aparece por ninguna parte?

Por qué no se incide en que España se ha mantenido un siglo al margen de la traducción de esta obra. Casi cien años sin pasar por el castellano, hasta 2006. Cómo es posible que se aísle a un humorista gráfico -tan político- de su contexto histórico y social, cuando la propuesta de Manuel Borja-Villel en la comunicación de la Historia del Arte es a partir del archivo y la referencia, del entorno. Krazy Kat en el Reina Sofía es un extraterrestre a solas consigo mismo. Ni siquiera está su creador.

Un invitado de lujo

Y, sin embargo, el catálogo sí recoge las dimensiones museográficas que en sala se han obviado. Sobre todo con el texto de Chris Ware sobre la importancia racial en la obra de Herriman. “Krazy Kat es el primer intento de dibujar la complejidad de la conciencia humana a través del lenguaje de la tira cómica. Al igual que el país que retrata, la identidad de Herriman se ha sometido a un continuo escrutinio durante muchas décadas”, escribe el autor de Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo.

Ware explica cómo Herriman, de ascendencia mestiza afroamericana y nacido en el seno de la comunidad negra de Nueva Orleans, “se hizo pasar por blanco durante toda su vida adulta”. El artista huyó a Los Ángeles para escapar del fanatismo y la animadversión racial de la Luisiana de posguerra. Para Ware Krazy Kat representa “una de las obras de arte más extrañas, inventivas, emocionales personales y geniales del siglo XX”.

En el Reina Sofía esa categoría no está. Quizá la siguiente inclusión del cómic en el museo pueda rectificarse. Y ya puestos podría ser, incluso, una investigación sobre algún artista español o latinoamericano. La lista es tan amplia.