La bonne foi, de Magritte.

La bonne foi, de Magritte.

Arte Arte Contemporáneo

El surrealismo se inventó con una pipa y unos huevos

Bruselas celebra el 50 aniversario de la muerte de Magritte con una gran exposición en el Museo Real de Bellas Artes enfrentando su obra con la de Broodthaers y artistas como Warhol, Jasper Jons o Ruscha.

Prado Campos Bruselas

“La poesía es una pipa”. Una pipa que no es tal. O que parece serlo pero sólo es su representación. René Magritte pintó en 1928 su obra más icónica, La traición de la imagen, una pipa sobre la leyenda “esto no es una pipa”. Y no lo era. No se podía fumar, no se podía tocar. ¿Era, entonces, real? Con esta pipa el artista belga parió el surrealismo, ese que enfrenta palabra e imagen, el que juega a la discordancia y cuestiona la lógica. Ese cuadro vuelve a Bélgica tras 45 años sin verse en el país como la estrella de Magritte, Broodthaers y el arte contemporáneo (que se inaugura este viernes hasta el 18 de febrero en el Museo Real de Bellas Artes de Bruselas), la gran exposición que conmemora el 50 aniversario de la muerte de Magritte.

Pero también esa (no) pipa fue el detonante para que Broodthaers, el otro gran icono belga con permiso del Atomium, decidiera convertirse en artista plástico. “Es a partir de esta pipa cuando probé la aventura”, confesó. Poeta sin éxito, cogió 50 de sus libritos de poesía y los incrustó en yeso junto a dos cáscaras de huevos porque, como aseguraba, “el mundo es un huevo. El mundo nació de gran yema de huevo, el sol”. Así creó su primera obra de arte convirtiendo la poesía literaria en poesía objeto o, mejor dicho, en objetos vendibles. Mientras Magritte, el pintor poeta, los hizo lisos y coloridos, Broodthaers, el poeta que se convirtió en artista, los creó rugosos y táctiles. Los dos tomaron lo cotidiano y lo descontextualizaron jugando con imágenes ambiguas y su significado. Sus reflexiones sobre objeto y palabra superaron el surrealismo para poner el foco en el lenguaje y cuestionar el problema del espacio real frente a la ilusión espacial.

Magritte, foto de Duane Michals.

Magritte, foto de Duane Michals.

Junto a la célebre (no) pipa de Magritte, en esta exposición se pueden ver otras cuatro alfabéticas de Broodthaers o su pipa esmaltada azul. Al lado, el homenaje (obviamente en forma de pipa) de Keith Haring. Así esta muestra enfrenta la obra de los dos artistas belgas y ahonda en la influencia de Magritte medio siglo después en artistas contemporáneos como Andy Warhol, Sean Landers, Ruscha, Jasper Jons, Baldessari o Altmayd. Todos con un punto en común: romper con los preceptos conocidos del arte.

La 'belgitude' surrealista

Al igual que el surrealismo es una pipa o unos huevos, no lo es menos un bombín. Ese que el poeta pintor le pone a su joven amigo en las fotos que inauguran esta exposición. Al lado, descansa La página blanca, la inquietante última obra de Magritte con ese anochecer con una luna resplandeciente por encima de los árboles y una ciudad en sombras, y sus célebres hombres con bombín tocados con una media luna como La gran pieza de los misterios del horizonte o El donante feliz. En frente un fémur con el negro, amarillo y rojo de la bandera nacional que tanto cuestionó Broodthaers, 'El cuervo y el zorro' o las lápidas que creó en los setenta homenajean a Magritte e ironizan sobre su país.

La muestra está organizada a modo de retrospectiva a la inversa y reúne 150 obras (48 de Magritte y 49 de Broodthaers) que se completan con la visita a las más de 200 que se esparcen por las tres plantas superiores del Museo Magritte. Un completo itinerario para adentrarse en ese universo fantástico de pipas, bombines, manzanas, aves transformadas en hojas, cielos de nubes magnéticas y noches que son días que Magritte acuñó y hoy es imperecedero. Es su propio diccionario. Un vocabulario plástico que juega con la duplicidad y el contraste, con la representación dentro de la representación, como ese Espejo mágico de sus primeros años, para explotar los límites de la percepción. Un universo que Broodthaers llenó de huevos, mejillones, huesos y letras haciendo que si uno era el surrealismo, el otro fuera el surrealismo conceptual.

Le domaine d'Arnheim, de Magritte.

Le domaine d'Arnheim, de Magritte.

Ambos se conocieron en 1945 y su relación duró hasta la muerte del primero. Aunque el director del Museo Real de Bellas Artes de Bruselas, Michel Draguet, asegura que “Magritte no creó escuela ni tuvo herederos”, Broodthaers fue su alumno más aventajado y quien siguió su estela. Son los representantes de esa 'belgitude' o sentido cáustico del humor belga que es símbolo de un país que se cuestiona todo, incluso su identidad nacional. “Magritte es el vehículo de un identidad cultural que tanto necesitamos hoy en día en una Europa en crisis”, reflexiona el comisario. No en vano esa ironía y humor absurdo no solo atraviesa la obra de los dos artistas sino que los belgas entienden su administrativo país, construido políticamente, como surrealista o magrittiano.

Solo así se entiende el objeto como horizonte. Lo es en esa Cacerola roja con mejillones o en las Seis cáscaras de huevo de Broodthaers. En Drills 7.88, de Warhol, o en la perturbadora gran manzana enclaustrada de La habitación de escuchar, de Magritte. Es la apelación constante a cuestionarse todo. Y así junto a esta claustrofóbica habitación, dos obras que se ven en su museo tituladas El arte de la conversación con una gran maraña de rocas y dos minúsculos hombres con bombín una y otra un toro desangrado en una playa hacen viajar al espectador con fuerza desde su onírico universo a la (surrealista) España sin diálogo. “El surrealismo es el conocimiento inmediato de lo real”, dijo Magritte con razón. Una realidad tan llena de disonancias como esos reflejos imposibles de Reproducción prohibida.

El surrealismo es el conocimiento inmediato de lo real

Un epitafio en forma de tumba de Albert Szukalski junto al célebre El más allá del belga cierran esta exposición. Tres plantas por encima, el Museo Magritte deshace el camino desde 1918. Parte de sus primeros trabajos publicitarios de los años veinte estilo art decó, se detiene en la gran influencia de Giorgio de Chirico, el belga confesó que con La canción de amor nació su pensamiento surrealista -”mis ojos vieron el pensamiento por primera vez”-, su paso fugaz por un París donde su relación con los surrealistas no cuajó, sus épocas marcadas por el comunismo, el impresionismo o su incomprendido periodo 'vache' (vaca, literalmente, pero también de mal gusto y grosero) y su regreso a Bruselas con su producción más famosa. Esa que traduce el abismo existente respecto a la realidad visible. Esa que, según su doctrina, prohíbe “(bajo pena de imbecilidad) preveer algo”. Siguen los tiempos surrealistas.