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Hay lugares que no necesitan artificios para conquistar a quien los visita. Rincones donde el tiempo parece ir más despacio y el ruido queda reducido al choque del agua contra las rocas.

Para el periodista Matías Prats, uno de esos refugios tiene nombre propio: Jávea. La localidad alicantina, convertida desde hace décadas en destino predilecto de quienes buscan privacidad y calma frente al Mediterráneo, es también el escenario donde el comunicador encuentra la desconexión lejos de los focos de Madrid.

Lejos de las cámaras y de la actualidad informativa diaria, Prats pasa temporadas en la exclusiva urbanización El Rodat, una zona rodeada de vegetación y situada estratégicamente entre el casco urbano y las calas más emblemáticas del municipio.

Allí, el periodista disfruta de un estilo de vida marcado por la tranquilidad: paseos a primera hora de la mañana, restaurantes discretos donde degustar arroces frente al mar y largas jornadas contemplando un paisaje que combina la silueta del Montgó con algunas de las aguas más transparentes del Mediterráneo.

Cala del Portitxol en Alicante. iStock

El corazón de ese paraíso es Cala del Portitxol, también conocida como La Barraca. Aunque su zona principal de baño ronda los 600 metros, el entorno natural de la ensenada alcanza cerca de 900 metros de costa virgen.

La imagen del lugar parece sacada de una postal: cantos rodados blancos, agua cristalina y una intensidad turquesa que se explica precisamente por la ausencia de arena en suspensión.

Pero si hay un elemento que convierte esta cala en una de las más fotografiadas de la Comunidad Valenciana son las antiguas barracas de pescadores.

Sus fachadas blancas y puertas azul añil se han transformado en el gran icono visual de Jávea. Lo que antaño servía para guardar aparejos de pesca es hoy símbolo de un Mediterráneo pausado y auténtico que todavía resiste al turismo masivo.

Frente a la cala emerge además L’Illa del Portitxol, un pequeño islote catalogado como Bien de Interés Cultural donde se han hallado restos arqueológicos romanos, incluidas antiguas monedas de oro.

Un detalle histórico que añade todavía más magnetismo a este enclave natural.

Amanecer sobre Cala del Portitxol y la isla de Portichol en Javea, España iStock

El otro gran tesoro de Jávea es su ruta de los 15 miradores, un recorrido panorámico que atraviesa acantilados, pinares y calas escondidas.

Entre los más destacados se encuentran Cap de Sant Antoni, con vistas desde 160 metros de altura; Creu del Portitxol, desde donde se obtiene la panorámica más espectacular de la cala; o Cap de la Nau, el punto peninsular más cercano a Ibiza.

El aroma a pino mediterráneo y salitre acompaña cada tramo de un paisaje pensado para caminar sin prisa.

También para perderse bajo el agua practicando snorkel o recorriendo la costa en kayak sobre las praderas de posidonia, consideradas el pulmón del Mediterráneo.

Incluso en pleno verano, las restricciones de acceso y el control de vehículos ayudan a preservar la esencia del lugar y evitar aglomeraciones.

Quizá por eso Jávea sigue siendo el refugio silencioso de figuras como Matías Prats. Un rincón donde el lujo no está en la ostentación, sino en poder escuchar únicamente el mar.