Ana Milán (52 años) está de enhorabuena. La actriz ha visitado el plató de El Hormiguero este jueves, 11 de febrero, para presentar su nueva novela, Bailando lo quitao, un libro en el que se habla de amor y carácter, y del lugar desde el que parte su verdadera personalidad.
La presentadora de La vida y tal vuelve a demostrar que no es una mujer de discursos complacientes. En una entrevista concedida a La Vanguardia, la actriz reflexiona con franqueza sobre su educación, sus creencias y su posicionamiento ideológico.
Milán ha dejado claro que su mirada crítica no responde al resentimiento, sino a una profunda necesidad de coherencia personal. Sus palabras, directas y sin rodeos, retratan a una mujer que no renuncia a los matices en un contexto social cada vez más polarizado.
Ana Milán, 52 años
En esta conversación con el medio catalán, la actriz de Física o química recuerda su infancia marcada por una educación religiosa: "Yo estudié con las monjas desde muy pequeña", explica, subrayando que su experiencia no fue uniforme ni idealizada.
Como en cualquier ámbito, apunta, convivió con personas "maravillosas" y con otras "despreciables", rechazando así una visión maniquea de la institución. En este sentido, aclara que su discurso no busca el ajuste de cuentas ni la revancha personal. "No es una novela biográfica", puntualiza, consciente de que su postura puede interpretarse como una crítica frontal a la Iglesia.
Sin embargo, la actriz insiste en que su cuestionamiento nace de una observación más amplia. A su juicio, en el seno de la Iglesia católica persisten dinámicas que siguen sin ser revisadas por una parte de los fieles, una falta de autocrítica que, considera, resulta incompatible con los tiempos actuales.
Ana Milán.
Desde esa posición, Milán reivindica el derecho a disentir sin renunciar a la fe, un equilibrio que no siempre resulta fácil de sostener en el espacio público.
En el terreno político, Ana Milán se define con una etiqueta poco habitual: "Yo soy republicana y de centro, un centro que no existe en este país". Una declaración que resume su incomodidad con los extremos y su defensa de un pensamiento propio, alejado de consignas cerradas.
A ello se suma una afirmación que sintetiza su compleja relación con la religión: se declara creyente, pero "muy peleada con la Iglesia católica". Una tensión que, lejos de resolverse, forma parte de su identidad y de su forma de estar en el mundo.
