Ana Boyer (30 años) y Fernando Verdasco (35) siempre han demostrado que la profesión del tenista no iba a ser un impedimento para estar juntos, aunque eso conllevara estar continuamente viajando. Durante los años que ha durado su relación han convertido el avión en su medio de transporte habitual, y ahora que han sido padres han demostrado que no tienen pensado cambiar su forma de vida. 

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Ya cuando se anunció que la hija de Isabel Preysler (68) estaba embarazada, fueron muchos los medios que barajaron que la pareja tomaría otro estilo de vida, pero nada más lejos de la realidad. El pequeño Miguel, que nació el pasado 27 de marzo, ha visitado once ciudades, de diferentes puntos del Globo, en los escasos cinco meses de vida que tiene.

Sus primeras semanas estuvo en Madrid, donde Ana Boyer dio a luz y donde vive la familia de sus padres. Tanto por recomendación médica como por el propio ambiente familiar que suele seguir a un nacimiento, el tenista y la joven estuvieron varios días en la capital española. 

Sin embargo, ya el 19 de abril los recién estrenados padres decidieron hacer las maletas y desempolvar los pasaportes para viajar hasta Mónaco para que Verdasco pudiera participar en el Rolex Monte-Carlo Masters, donde no tuvo mucha suerte ya que cayó en la primera ronda contra Herbert.

Eso no evitó que su mujer aprovechara la oportunidad para fotografiarse en uno de los balcones que dan a las pistas de tenis, con el mar de fondo y el comentario: "Primer viaje. Montecarlo". 

Tras el fracaso en el principado monegasco regresaron a Madrid, donde el deportista tenía un nuevo compromiso profesional con la Mutua Open Madrid. Un regreso a casa en el que tanto la orgullosa abuela Preysler como la familia Verdasco pudieron ser testigos del crecimiento del pequeño Miguel. Aunque por poco tiempo. 

El 25 de mayo Ana Boyer compartía una fotografía en una de las anchas avenidas parisinas con el bebé en un porteador. No habían pasado ni dos meses del nacimiento de Miguel y el pequeño ya había conocido dos de las ciudades más glamurosas de Europa. 

Cuando los compromisos profesionales de Fernando Verdasco les dieron un respiro, la familia llegó a la conclusión de que iba siendo hora de viajar a Doha, donde tienen su residencia habitual desde hace años. Una ciudad donde la vida transcurre entre el calor sofocante y los altos rascacielos levantados a golpe de petrodólares.

Durante al menos dos semanas la pareja pudo descansar en la lujosa casa que posee en uno de sus imponentes edificios, se relajaron en las piscinas privadas de los inmuebles y, sobre todo, publicaron muchas fotografías de ensueño donde dejaban claro que sus redes sociales son un buen ejemplo de qué significa el término 'dolce vita'. 

Hasta que en la tercera semana volvieron a subir a un avión para viajar primero a Holanda y posteriormente a Londres. A finales de mes tendría lugar Wimbledon, uno de los torneos de tenis más importantes dentro del sector. "¡¡Mañana comienza mi 17º Wimbledon en una fila!! ¡Gracias a todos los que ayudaron y me apoyaron todo este camino! Vamos a por más", escribió en su momento el deportista. 

Mientras él trataba de hacerse con el título, Ana Boyer y el pequeño Miguel demostraban ser sus mejores fans en las gradas. El hijo del tenista fue todo un espectáculo, hasta el punto de que varios compañeros de Verdasco se tomaron fotografías con él. 

Fernando Verdasco con algunos de sus compañeros y su hijo Miguel en brazos durante el torneo de Wimbledon.

Tras este torneo al final llegaron las tan ansiadas vacaciones, que se diferenciaban de sus anteriores viajes porque no viajaban por compromisos profesionales, sino por puro placer de la pareja. Su primera parada fue la localidad montañesa Gstadd en Suiza, desde donde viajaron a Pontevedra para acudir a la boda de una amiga de Ana Boyer. 

En agosto, con un bebé de solo cuatro meses de edad, los padres decidieron aventurarse y realizar la gran hazaña de un viaje transoceánico con un bebé. Largas horas de viaje encerrados en un avión comercial que por mucha primera clase que se contrate siempre se hace un suplicio. Más cuando viajan con un pequeño de cuatro meses que conlleva unos cuidados adicionales. 

La pareja se embarcaba en esta aventura para visitar Estados Unidos, donde han estado en los casinos de Cincinatti, en las exclusivas playa de los Hampton (destino vacacional por excelencia de los estadounidenses de alta clase) y, estos últimos días, refugiados en los rascacielos de Nueva York.

Queda por ver cuál será el próximo destino de la pareja, cuya agenda se rige por los compromisos profesionales del tenista. Lo único que está claro es que el pequeño Miguel está teniendo un recorrido que bien podría recogerse en la obra La vuelta al mundo en 80 días. 

[Más información: El curioso método con el que Ana Boyer está pagando su cochazo familiar]