"Quítame esas flores de ahí que huele a cementerio", espeta Rafa Amargo (44 años) en su camerino. No da pie con bola. Está cansado. Lleva cuadro días sin dormir porque se ha encargado personalmente de solventar todos los problemas surgidos antes del estreno de la obra Dionisio. En el teatro Apolo de Barcelona resuena su nombre por todas partes. Todo el mundo le requiere y atiende con amabilidad. Pero si se le cruzan los cables más vale apartarse. Lo que sale por esa boca es puro fuego. "Soy un tío muy responsable y mi cabeza va muy rápido", asegura en exclusiva a JALEOS a la una de la madrugada. Ha sido un estreno con muchos altibajos entre bambalinas. 

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¿Qué sabor le queda esta noche tras el estrés sufrido antes de subir el telón?

Ya me esperaba que no todo iba a salir bien porque estamos con el viento en contra. Pero la gente que me conoce sabe que soy como el patriarca de la familia y me ha tocado tirar del barco. Tengo mucho carácter, pero luego soy el más bueno del mundo. Yo me quito un riñón para dárselo a quien sea. Igual que cuando me divierto soy el más golfo del mundo, cuando trabajo nadie tiene cojones a ganarme. Lo doy todo.

¿Cómo frena la ansiedad?

Durante mucho tiempo he hecho meditación y diferentes terapias que te enseñan a saber frenar. Antes era mucho más impulsivo, con muchos cojones porque en la vida hay que tenerlos y siempre salgo a defender la verdad. Me considero un tío muy legal porque si me equivoco pido perdón y también sé decir gracias.

Rafael Amargo recibe a Jaleos entre bambalinas. L. F. Romo.

Con un padre y una madre que se dedican al baile, ¿sus hijos ya apuntan maneras? 

El pequeño, de 11 años, es el pichichi en el Rayo Vallecano en la categoría alevín. Es para comérselo. Imagínate, Dante Amargo. ¡Qué bien suena!. No se come una hoja de lechuga porque engorda y ha de ir al fútbol delgado. Tiene una tableta de chocolate guapísima. Y León me ha dicho que quiere montar una tienda de ropa deportiva. Ya se me han hecho mayores. Las últimas navidades las pasamos en México con Paz Vega, su marido Orson y sus hijos, y ella me dijo lo grande que está León. Es que me saca ya una cabeza con 14 años. Es un tío muy independiente, no quiere ir al colegio con el chófer y se va en metro solo. Me quiere organizar la vida y por eso entiendo ahora a mi padre. ¡Lo que ha sufrido el pobre! (sonríe). 

¿Tiene miedo a que hagan alguna trastada durante la edad del pavo?

No. Les he educado con mucho respeto y sin prejuicios a nada. León tiene amigos de 18 o 19 años con los que se lleva muy bien y por ahora no me está dando problemas. 

Siempre ha hablado abiertamente de su bisexualidad, ¿cómo se lo explicó a sus hijos?

Todo hay que hacerlo de forma natural. Ellos lo entendieron divinamente, pero de eso no hablan y yo tampoco. Si se ama libremente, ya sabes como soy, lo cuento con tranquilidad y normalidad. 

¿Les ha presentado alguna pareja masculina?

Sí, pero a lo mejor no se lo he dicho así exactamente. Les he comentado que era un amigo, pero ellos no son tontos. 

Hace mucho tiempo que no se sabe nada de Yolanda, la madre de tus hijos. 

Está dando clases de flamenco en una escuela por las tardes, de vez en cuando hace sus bolitos y pasa mucho tiempo con los niños. Está muy feliz porque se ha enamorado de un piloto y se encuentra muy bien. 

Es increíble que no tenga fe en sus parejas y que por eso les ponga los cuernos. ¿Por qué no les da una oportunidad? ¿O le pierde la entrepierna?

A lo mejor tendría que ser más sensato y no estar con nadie en el sentido de que no tengo tiempo para dedicarle a una pareja. 

Sí, pero lo de ir picoteando es diferente… 

(Se pone a cantar). Soy muy… es que me pierde la carne. ¿Ves? Soy el Dionisio, ja, ja.  Ahora llevo un tiempo muy tranquilito porque no necesito a nadie. A veces, cuando me enamoro y siento que quiero, no me hace falta tocar. Y otra cosa que me encanta es que estén durmiendo con otro y estén pensando en mí. Tengo un amigo que me encanta y tiene pareja, y cuando se acuesta con él no me importa porque sé que piensa en mí.

El bailarín habla sin tapujos de los aspectos de su sexualidad y sus gustos. L. F. Romo

¿Le gusta llevar las riendas?

Me gusta que me quieran de la misma manera que yo quiero. Pero alguna vez el amor es tan caprichoso que no es así y hay que conformarse. Lo que tampoco me gusta es que el ser humano se pierda lo que es sentir y querer. Yo he tenido relaciones muy bonitas que no han pasado por el sexo, he llorado, he montado unos números de celos alucinantes… 

¿Cuándo se sufre más, cuando dejas o cuando eres el dejado?

Se sufre cuando no se hacen las cosas bien. Cuando uno es más tramposillo que el otro. Y yo siempre soy el follonero. Soy un desastre maravilloso, suscito muchas ganas de que me quieran conocer, pero a las setenta y dos horas les entra miedo y se apartan. Se enamoran, piensan que no lo van a saber llevar adelante o creen que soy un pedante, se cansan y se van. 

¿Cuál es el vicio que más le pierde?

Los que más son los placenteros porque soy muy adicto al amor. A pesar de tener una personalidad arrolladora, me mimetizo con la otra persona, y me desvanezco. 

¿Es adicto a las redes sociales?

No. Tengo muy pocos seguidores, pero también es verdad que no los compro como otros. 

Cuéntenos qué es lo próximo en su agenda.

A finales de marzo empezaremos a grabar un programa de cultura y viajes en el que haré de presentador. También espero ir a Sudamérica como cada año para hacer algún espacio televisivo y, obviamente, estaremos de gira con la obra de teatro.

[Más información: Rafael Amargo: "Soy muy moro en las prácticas sexuales. Soy simple y antiguo"]