La historia de este vino empieza mucho antes de que nadie pensara en modas, guías o redes sociales. No nació de una ocurrencia de marketing, sino del tiempo y del olvido, de unas barricas que ya estaban allí cuando, en 1941, la familia Gutiérrez compró una bodega en un antiguo monasterio dominico de Serrada.
Desde entonces, este vino ha seguido respirando en silencio. Ahora, Bodegas De Alberto lo presenta como De Alberto VORR, un generoso de Rueda sin añada, con una solera de al menos 85 años y una carta de presentación fulminante: 100 puntos en el último Rueda Report de Tim Atkin.
La historia arranca en la penumbra de una bodega subterránea, donde las paredes de piedra han visto pasar generaciones de viticultores y botellas. Cuando Alberto Gutiérrez y sus tres hijos adquirieron la antigua bodega del Monasterio de San Pablo, las barricas ya guardaban un vino dorado cuya edad exacta nadie podía fijar.
Sala de barricas bodega De Alberto
Aquellas botas se convirtieron en el germen de los hoy célebres dorados de la casa, pero también dejaron, casi sin saberlo, un legado en suspenso. Un vino que se seguiría refrescando año tras año, pero cuya esencia inicial permanecería siempre ahí, como una memoria líquida.
De Alberto VORR nace precisamente de ese hilo ininterrumpido de tiempo. Es un vino sin añada porque su calendario no se mide en cosechas, sino en décadas. Su alma se forja en un sistema de solera que nunca se vacía del todo, donde cada saca deja siempre una parte del vino original y cada nueva aportación respeta lo que ya estaba.
Es un organismo vivo en el que conviven varias épocas, un archivo sensorial de lo que ha sido Rueda mucho antes de que la denominación se convirtiera en sinónimo de blanco fresco y fácil de beber.
Pero antes de llegar a las barricas, el recorrido de este vino pasa por un ritual casi olvidado. El Verdejo procede de viñas viejas, y en lugar de seguir el camino habitual hacia depósitos de acero y fermentaciones controladas, se detiene en damajuanas de vidrio que se exponen al sol.
Allí, al aire libre, el vino atraviesa veranos y estaciones, acumulando lentamente color, concentración y carácter. Es una elaboración lenta, deliberadamente anacrónica, que podría parecer caprichosa en tiempos de inmediatez, pero que aquí se reivindica como un acto de fe en la paciencia.
Damajuanas al sol bodega De Alberto
Tras ese tránsito bajo la luz, el vino regresa a la penumbra de las barricas que lo han visto envejecer durante décadas. En el caso de la solera que da origen a De Alberto VORR, la bodega asegura que nadie ha intervenido desde, al menos, 1999.
Más de un cuarto de siglo en los que el vino ha seguido su propia evolución, con pequeñas extracciones anuales en el pasado y luego un largo periodo de quietud, como si el tiempo se hubiera detenido. De esa única bota salen ahora 945 botellas, cada una con la vocación de ser algo más que un vino: una cápsula del tiempo embotellada.
Un vino dorado que sabe a memoria
En copa, De Alberto VORR se presenta como un dorado envolvente, de aromas que viajan entre la vainilla, los frutos secos y las pasas, con esa sensación de calma y profundidad que solo dan los años bien llevados.
No pretende competir con los blancos jóvenes de la zona ni jugar en la misma liga que los verdejos del lineal de supermercado. Su territorio es otro, el de los vinos generosos y oxidativos, el de los estilos que Rueda guarda en su memoria histórica y que hoy, poco a poco, empiezan a reivindicarse como parte de su verdadera identidad.
Porque detrás de este lanzamiento hay también una declaración de intenciones. Bodegas De Alberto lleva años construyendo un relato alrededor de los vinos dorados y generosos de Castilla y León, en una región donde la conversación suele girar en torno al blanco joven, a las nuevas etiquetas de verdejo o a la pelea por la relación calidad-precio.
Este vino llega para recordar que Rueda no empezó en Instagram ni en los rankings de ventas, sino en casas de labranza, monasterios y bodegas subterráneas donde el vino se hacía para durar.
De Alberto VORR
El precio, 125 euros por botella, lo coloca en una liga limitada y aspiracional, sobre todo pensando en un estilo de vino que aún necesita pedagogía en el mercado español.
Pero el espaldarazo internacional ha sido inmediato. De Alberto VORR irrumpe con la mítica barrera de los 100 puntos de Tim Atkin, acompañada por la prescripción de Beth Willard. No es habitual que un vino que acaba de salir al mercado lo haga ya con ese tipo de aval, y menos cuando se trata de un generoso de Rueda.
Ese contraste, entre la larga espera en silencio y la entrada fulgurante en el circuito de los grandes vinos, es parte de su magnetismo. Mientras muchas bodegas se esfuerzan por crear iconos desde cero, con arquitecturas espectaculares y campañas milimetradas, aquí el relato se construye hacia atrás: se tira del hilo de una solera antigua, de una bodega dominica del siglo XVII y de un estilo que casi se daba por residual.
El resultado es un vino que, paradójicamente, llega en el momento perfecto, cuando el consumidor más inquieto empieza a mirar más allá de los blancos de consumo rápido y busca historias, profundidad y autenticidad.
De Alberto VORR no es, ni quiere ser, un vino de todos los días. Es un gesto, casi un manifiesto embotellado, que reivindica el valor del tiempo en una zona que ha vivido su propio boom de modernidad. Y también una invitación a replantearse qué puede ser Rueda cuando se la mira desde abajo, desde sus galerías centenarias, en vez de solo desde las estadísticas de producción.
Abrir una de esas 945 botellas es, de algún modo, descolgar el teléfono y escuchar lo que el pasado todavía tiene que contar.
