Las claves
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"Hemos normalizado el hecho de vivir con ansiedad constante". Esa fue la conclusión a la que llegó la psicóloga Laia Sabaté (Barcelona, 33 años) cuando se dio cuenta de que casi todos sus pacientes tenían un denominador común: el sobrepensamiento.
Este fenómeno, comúnmente conocido como overthinking (en inglés), es el hábito de rumiar o pensar en exceso y de manera continua sobre nuestras preocupaciones, errores del pasado o situaciones que puedan ocurrir en un futuro. Un hábito basado en el miedo que puede llegar a paralizarnos e impedirnos tomar decisiones.
La psicóloga veía un patrón "generacional" entre los jóvenes milenial y Z. "Hay muchísima gente que pone en duda sus relaciones todo el rato, que no tiene claro qué es importante para ellos". En definitiva, que tienen muchísimo miedo.
Su curiosidad por desentrañar ese patrón, y por ayudar a quienes rumian en exceso, le llevó a escribir su tercer libro, Cómo dejar de dar vueltas a todo (Brugera, 2026). En él, desgrana las claves del sobrepensamiento y destaca la compasión con uno mismo como una de las mayores claves para hacerle frente.
Defines el overthinking como un mecanismo de defensa. ¿De qué nos protege?
Sobre todo, de lo que sentimos. Ante la presencia de emociones negativas, como incomodidad, tristeza, vergüenza o rabia, sobrepensar y preguntarnos una y otra vez por qué nos ocurre nos ayuda a evadirnos, a no conectar realmente con lo que sentimos.
Parece que lo haces, porque al darle vueltas da la sensación de que le prestamos mucha atención, pero realmente es una forma de evitar esa situación más emocional, lo que nos duele realmente.
Cuentas en el libro que tú misma sufres este problema. ¿Se puede ser feliz cuando se analiza todo al minuto o controlar el overthinking es esencial para la felicidad?
Yo creo que es esencial, sobre todo porque lo que nos genera es ansiedad y es muy problemática. La puedes sostener durante muchísimo tiempo porque, cuando aparece, el cuerpo activa el modo supervivencia. No obstante, acaban llegando las consecuencias.
Por eso es importante dedicar algún momento en el día a ver qué nos preocupa, desde dónde hemos hecho las cosas, si hemos sido fieles a nuestras necesidades, etc. Una revisión compasiva y tranquila, sin darnos caña. Creo que todos queremos ser felices y lo importante es estar calmados.
Vivimos en la era de los vídeos de psicología. Ahora todo el mundo habla de emociones, de empatía y de salud mental. ¿Cómo afecta esto al sobrepensamiento?
Al final lo que genera es un exceso de información, a veces contradictoria, y que hace que nos desconectemos mucho de cómo funcionamos cada uno, porque es imposible encontrar información que sea solo para ti.
Es, una vez más, estar buscando todo el rato por qué me pasa, por qué algo es así y querer entender y controlar todo, cuando no es cuestión de eso. Precisamente, el overthinking necesita un poco que lo dejemos en paz y que nos dejemos sentir.
Hoy en día el ritmo de vida es, en general, bastante frenético. ¿Los jóvenes somos una generación de sobrepensadores como consecuencia?
Sin ninguna duda. Yo noto mucho la diferencia entre generaciones en ese sentido. Creo que, quizá, antes la gente tenía un perfil mucho más resolutivo y les funcionaba porque no tenían tanta estimulación. Se podían permitir decir: "Esto es así y ya está, no pasa nada, es lo que me ha tocado".
Ahora no, porque tenemos una lucha constante con el deseo de estar mejor. Sabemos que es importante la salud mental y demás, pero también nos hemos puesto muy exigentes con nosotros mismos, en parte por la sensación de inestabilidad constante que tenemos.
En el libro dices que las inquietudes son generacionales. ¿Crees que la generación X o los boomers sobrepensaban menos de lo que lo hacen los milenials o la generación Z?
Creo que, a nivel contextual, tenían más claro que la vida tenía sufrimiento y alegrías a la vez. Había más aceptación del sufrimiento que ahora. Ahora nos obligamos a estar bien y parece que si sufrimos es culpa de nuestra actitud. Los jóvenes hemos perdido un poco esa concepción que tenían nuestros padres.
Hay varios psicólogos que hablan mucho de la sobreprotección en la infancia de nuestros grupos de edad. Creo que nuestros padres nos han criado de una forma en la que han intentado evitarnos el sufrimiento y la frustración y eso nos ha hecho estar sobreprotegidos.
No quiero culpabilizarles, ni mucho menos, todos los estilos de educación tienen una cara B y para nosotros ha sido esta. Nos hemos vuelto un poco fóbicos a pasarlo mal. Tenemos que validar que tenemos derecho a enfadarnos y a estar tristes, aunque no nos haya pasado nada gravísimo.
También hablas de que hemos aprendido a ir por la vida en modo preocupado en lugar de en modo calma. ¿Las generaciones a partir de los milenials no sabemos tomarnos las cosas con calma?
Hemos aprendido a vivir tanto con la inmediatez y las facilidades que nos da, que ha afectado a nuestra gestión emocional. Cuando estamos tristes queremos que se nos pase al momento y que si entendemos qué nos pasa, eso se acabará.
Ahí está el problema, las emociones y la salud mental son cosas que necesitan tiempo y espacio para digerirlas, pero no lo tenemos. Esa rapidez nos genera ansiedad y cuando tienes ansiedad sobrepiensas muchísimo más.
En el libro mencionas la meritocracia y la cultura del esfuerzo quitándoles un peso que le das al contexto social y familiar. ¿Para las nuevas generaciones estas dos condiciones han dejado de funcionar?
En parte, sí. Puedes hacer muchos méritos, pero hay mucha gente haciéndolos también. Ahora eso ya no garantiza nada y una cosa es esforzarse, que me parece que está bien, pero otra es exigirse. Son conceptos muy diferentes y por muchos méritos que hagas, a veces no te van a seleccionar para ese trabajo o ese ascenso.
Desde pequeños nos enseñan esa sensación de control, de hacer lo que toca para conseguir lo que queremos, pero la vida también tiene cambios que se escapan de nosotros.
Es importante entender el contexto del que venimos y como está el mundo en cada momento para saber cómo funcionamos. No podemos analizar nuestra vida como si todos partiéramos del mismo punto, porque no es cierto.
En la era del FOMO, de no querer perdernos nada, de acudir a todos y cada uno de los planes. ¿Qué pasa con el sobrepensamiento?
Precisamente, trabajar esto es ir un poco a contracorriente realmente de donde te lleva la vida. Ahora parece que, cuantos más planes a nivel social hagamos, más nos cuidamos. Todo lo contrario, porque igual lo que necesitamos es parar y descansar.
Con tanta oferta y tantos planes, hay tanto donde elegir que nuestro cerebro acaba colapsando, porque necesita que las cosas sean un poco más predecibles para digerirlas. Estamos desrregulados ante una gran cantidad de estímulos.
Por eso es como ir a contracorriente, porque somos nosotros quienes tenemos que hacer el esfuerzo de parar si estamos cansados y plantearnos por qué no queremos hacerlo, qué nos asusta de perdernos un plan.
