La crisis sanitaria provocada por la pandemia de Covid-19 es terreno fértil para los 'pelotazos' de productos sanitarios atractivos para el consumidor y con tirón mediático, pero cuya eficacia no está respaldada por la evidencia científica. Un ejemplo son las mascarillas de rejilla, con orificios de 0,2 mm que dejan escapar partículas y gotículas. El caso más reciente, revelado por la plataforma de comunicación e información sanitaria SaludsinBulos, tiene que ver con el spray nasal Taffix, que promete "reducir el riesgo de infección por Covid-19 en un 78%" con una aplicación cada 5 horas.

Comercializado por la empresa biofarmacéutica israelí Nasus Pharma, el eco en medios que ha recibido el spray nasal -con un coste, sumando gastos de envío, de unos 60 euros por cuatro aplicadores de 20 ml- contrasta con el desinterés que genera en la comunidad un producto que, presuntamente, "destruye hasta el 99% del coronavirus" en laboratorio. El principal estudio en el que se basa el fabricante, llevado a cabo con miembros de comunidades ultraortodoxas israelíes el pasado septiembre, lleva en preprint y a la espera de revisión por pares para su publicación desde noviembre.

"En tres meses no ha generado apenas comentarios", señala a EL ESPAÑOL Alfredo Corell, inmunólogo, catedrático de la Universidad de Valladolid y responsable de la revisión para Salud sin Bulos. "Uno de ellos es de Dalia Meggido, que es una de las autoras del estudio". También es la confundadora y directora de Nasus Pharma, y la persona que relata "la extraordinaria historia detrás del desarrollo de Taffix" en "solo cuatro meses" en la campaña que ha logrado colocar el producto en las páginas de los principales medios, y agotarlo en la venta online. Eso, sin llegar a demostrar evidencia científica, como destacaba Ricardo Mariscal, impulsor y responsable de RR.II. de SaludsinBulos

Algo de extraordinario hay en todo ello: el principio activo de Taffix es la hipromelosa, un polímero que se utiliza como recubrimiento de medicamentos y para colirios contra el ojo seco y la conjuntivitis. Primera sorpresa: en los 400 ensayos clínicos que la investigan y están registrados actualmente en ClinicalTrials.gov, según ha comprobado Corell, ninguno estudia sus efectos a la Covid-19. Sin embargo, el pasado junio -cuatro meses, efectivamente, después de que la pandemia llegase a occidente- la investigadora Barbara Mann de la Universidad de Virginia aplicaba el producto en forma de gel a "10.000 partículas infecciosas del SARS-CoV-2 durante 10 minutos", logrando "una reducción del 99%".

Segunda sorpresa: "El nivel de seguridad debería ser bestial para trabajar con el coronavirus vivo", valora el investigador. No se puede saber: los datos del estudio no se publicaron más allá de la nota de prensa. La Dra. Mann ("científica con excelente currículum", precisa Corell) reaparece explicando los resultados de su ensayo en la omnipresente publicidad corporativa, y es una de las autoras que firma la prueba del producto con la comunidad ultraortodoxa. Ahí, en la declaración de conflictos de interés, se confirma lo evidente: que Nasus Pharma financia las investigaciones en la Universidad de Virginia sobre su propio producto.

La tercera sorpresa es la pobre metodología de este ensayo humano que presuntamente sostiene el edificio; ése es el verdadero motivo, opina Corell, por el que no ha sido aprobado aún en la revisión por pares y seguirá en preprint. En lugar de una rigurosa descripción del sexo, edad y datos médicos de los 243 participantes, y de las circunstancias controladas del ensayo -como cuántos contactos y espacios compartidos se contabilizaron durante el periodo de estudio-, se ofrecen generalidades sobre los ritos del Rosh Hashaná y el hermetismo de las comunidades judías ortodoxas. "Culturalmente es interesante, pero como metodología es de muy dudosa fiabilidad", valora el catedrático.

Con la mediación del rabino y sus gabbai, los custodios de la sinagoga, se hizo llegar  botellas de Taffix a cada familia con instrucciones de usarlo cada cinco horas antes de grandes encuentros de oración y al salir de casa, sin prescindir en ningún momento de la mascarilla. Cada participante era libre de elegir si usaba el producto o no; 14 días después del Rosh Hashaná, el 10% de los que no usaron Taffix contrajo el coronavirus (16 personas de 160) por un 2,4% de los que sí lo usaron, es decir, dos de 83. "A mayores, como decimos en Valladolid, nos dicen que esos dos casos fueron porque lo usaron mal", apunta el catedrático.

El resultado sería "espectacular" si se sostuviera, denuncia Corell. "El diseño es muy malo. No se sabe el uso exacto que se ha hecho del producto. No hay un registro del resto de medidas de protección que usó cada participante. No hay evidencia de cuántos m2 de espacio se compartieron o del lavado de manos". Un control real, explica, hubiera usado también un spray sin el componente activo, es decir, un placebo, para comparar los resultados en grupos con los mismos hábitos en los que unas personas reciben el tratamiento y otras no. "El estudio no fue aleatorio y tampoco ciego. Los participantes sabían lo que estaban haciendo".

Súmese que únicamente se aportan otras dos referencias científicas, un ensayo de la hipromelosa como barrera nasal para alérgenos y partículas contaminantes en ratones y otro de 2007 en el que encontraron que esta sustancia reducía un 17% la severidad de síntomas en personas que padecían catarro común. "Con estas evidencias, aseverar una eficacia de prevención del 99%, utilizar el mensaje de que reduce la infección en un 78% o sacar conclusiones definitivas me parece muy arriesgado", concluye Corell.

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