Hasta 2022 y con posibilidades de causar nuevos contagios hasta 2024. Este es uno de los escenarios que se describe en una proyección sobre el futuro del coronavirus publicada en Science y llevado a cabo por investigadores de la Escuela Chan de Salud Pública de la Universidad de Harvard sobre el nuevo coronavirus, que responde a la pregunta que todos nos estamos haciendo desde finales de enero.

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Primero fue la estrategia de contención, luego la de contención reforzada y, después, se asumió que el virus no se iba a poder ir sin poner todo de nuestra parte, en una estrategia acertadamente bautizada como el martillo por el ingeniero español de Silicon Valley Tomás Pueyo.

Ahí llego el estado de alerta sanitaria que sigue en vigor más de un mes después de la declaración y sobre el que todo apunta que se alargará. La clave: prohibir cualquier evento multitudinario, encerrarnos en casa y, si se sale, seguir a rajatabla un concepto del que nadie había oído hablar -y menos en España- jamás: el distanciamiento social

Los españoles estamos siendo obedientes, pero siempre con la vista puesta en un horizonte más o menos lejano: el día en que el coronavirus Sars CoV-2 deje de estar entre nosotros y acabe la tétrica cita de las 11.30 que, a diario, recuerda cuántas víctimas mortales y afectados ha dejado en nuestro país. 

Sin embargo, desde el principio de la epidemia se habló de que el virus podía volver. Es lo que se llama la estacionalidad y es exactamente lo que ocurrió con la gripe A que, aunque ahora parezca mentira, también provocó el pánico en 2009, cuando una situación como la actual sólo se concebía como el argumento de una (mala) película de ciencia ficción. Pero en el caso de la gripe A, esta vuelta se vio acompañada de una pérdida de capacidad infecciosa: cada año volvía (y vuelve) pero hace menos daño.

Lo que se han preguntado los investigadores de la prestigiosa universidad estadounidense es precisamente si esa va a ser una característica del Sars CoV-2. Esto, junto con el estudio de otros parámetros -como la inmunidad y la inmunidad cruzada- les ha permitido dibujar distintos escenarios de evolución; siendo uno de ellos el más pesimista, que sitúa el fin de la misma dentro de casi dos años. Dos años en los que no habría concentraciones multitudinarias y en los que el contacto personal distaría de ser el que es.

Por supuesto, hablamos sólo de una proyección, pero tanto los autores como la revista que acoge la publicación dan visos de que los distintos escenarios puedan convertirse en realidad.

Para llegar a ellos, los investigadores estudiaron cómo se habían comportado en EEUU dos tipos de coronavirus, y no los más conocidos -el Sars CoV-1 y el MERS- sino otros mucho más frecuentes y leves, habituales causantes del ahora olvidado catarro común: el HCoV-OC43 y el HCoV-HKU1

Así, los investigadores han establecido distintos escenarios para el nuevo coronavirus. En lo que se refiere a la estacionalidad asumen que el Sars CoV-2 puede seguir produciendo brotes en cualquier momento del año con menos picos en primavera y verano mientras que en otoño e invierno estos brotes sean más agudos. 

Cuando entra en juego la inmunidad también hay distintas posibilidades. Si ésta no es permanente, el virus entrará en circulación de forma sostenida durante los próximos cinco años. Si dura poco, los brotes podrían producirse en un formato anual; si dura más, en una epidemia que se replicaría cada dos años. 

De hecho, apuntan, si la inmunidad se comporta de la misma forma que en el caso de sus dos primos pequeños, habrá brotes recurrentes en los próximos años pero la gravedad de estos dependerá también de cómo se relacione este coronavirus con el resto de los existentes. 

Pero todo esto puede cambiar según vayan avanzado las cosas, incluyendo la posible aparición de tratamientos eficaces o de una vacuna. El mantenimiento de medidas de distanciamiento social puede hacer que se evite el colapso sanitario que se ha observado en esta primera ola, pero aún no se sabe si esto se va a conseguir. "Va a funcionar por ensayo y error", explica a este diario Jacobo Mendioroz, especialista de medicina preventiva y epidemiología de atención primaria del Instituto Catalán de Salud. Este experto apunta a que, en cualquier caso, el mundo tendría que estar preparado  para la posibilidad de que el virus vuelva con los distintos grados de virulencia y recurrencia descritos en el estudio. 

Lo que está claro, señala, es que tampoco se puede mantener un confinamiento infinito, porque "sería desastroso para la economía". Así, este epidemiólogo considera que "en algún momento" habrá que intentar el desconfinamiento, siempre y cuando tengamos algunas garantías, como que los hospitales y las UCIs funcionen a pleno rendimiento, lo que implica que se haya recuperado gran parte del personal sanitario y que tengamos una gran capacidad de poder hacer tests masivos. "Habrá que ver qué pasa y, si no funciona, volver atrás", concluye. 

Los autores estadounidenses tiene claro que, para tener alguna posibilidad de que este desconfinamiento funcione, es crucial la extensión de la prueba del coronavirus al máximo número de personas posibles. Pero incluso si eso se logra, hay que estar abiertos a la posibilidad de que la enfermedad vuelva, para lo que es imprescindible estar preparados desde el punto de vista de los recursos. 

Lo que está claro es que si  dicha capacidad no se mejora -problablemente a niveles superiores a los que teníamos antes de la pandemia- habrá que insistir en la generalización de los test -y hacer test no significa hacerlos una vez, sino repetirlos periódicamente para analizar la duración de la inmunidad- y las medidas de distanciamiento social -aunque sea en formato intermitente- no se podrían concluir hasta 2022. 

Los estadounidenses no se atreven a tomar una postura clara sobre lo que pasará, pero sí dejan claro que si las medidas de distanciamiento social no se mantienen por un tiempo suficiente, el impacto sobre los sistemas sanitarios puede ser "catastrófico". En definitiva, aunque cada país tendrá que adaptar sus propias condiciones a este modelo, el mensaje es cristalino: hay que conocer la inmunidad al coronavirus y no podremos bajar la guardia en los próximos años ante la posibilidad de nuevos brotes.