Hasta hace poco tiempo, ver a un ciudadano particular vistiendo una mascarilla en la calle sólo podía significar dos cosas: que se trataba de una persona enferma, que evitaba así contagiar o ser contagiada de algunos patógenos perjudiciales, o que era un turista asiático. En las principales ciudades de este continente, es frecuente que los habitantes de los principales núcleos urbanos lleven máscara facial con tanta frecuencia como quien lleva una bufanda para protegerse del frío, sólo que lo hacen para defenderse de la contaminación; en España, aún sigue siendo una rareza, aunque podría no serlo por mucho tiempo. 

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Los estudios que demuestran que la polución causada principalmente por el humo de los coches es perjudicial para la salud son abundantes en la literatura científica: el último lleva firma española y acaba de ser publicado en International Journal of Cardiology. En el mismo se contabilizaron los infartos de miocardio registrados en Barcelona entre enero de 2010 y diciembre de 2011 y se analizó su incidencia según los niveles de polución. La conclusión: los peores días de contaminación había más ingresos por infarto, y los que llegaban al hospital con esta dolencia esas peores jornadas morían más. 

Frente a esta situación, las administraciones públicas han puesto en marcha distintas medidas, como limitar la velocidad en las vías de acceso a las ciudades y prohibir el aparcamiento en el centro, en el caso de Madrid. Sin embargo, nadie ha recomendado la medida teóricamente muy simple que es casi norma es Asia: la utilización de mascarillas frente a la contaminación. Los ayuntamientos no son los únicos que no lo han hecho, tampoco lo hace la OMS, que reconoce a la polución como uno de los mayores problemas de salud pública, los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) de EEUU ni la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), que definió en 2013 a la polución como un elemento carcinogénico, situándola en el grupo 1. Ninguno de estos organismos desaconseja llevar mascarillas, pero tampoco lo recomienda, ¿por qué?

Según explica a EL ESPAÑOL la neumóloga y coordinadora del área de medio ambiente de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR) Isabel Urrutia, la razón es que estos complementos no protegen del todo frente a la contaminación, "no bastan". Sin embargo, la experta tienen claro que mejor llevarlas que no hacerlo y que "algo protegen". 

La neumóloga alude a que existen pocos trabajos publicados sobre los beneficios de esta medida de protección -"sería muy complicados hacerlos"- y revisando el buscador Pubmed -la mayor base de datos de estudios- es cierto que no es asunto que abunde en la literatura científica. Sin embargo hay algunos, la mayoría realizados precisamente en ciudades asiáticas. En 2009, la revista Particle and Fibre Toxicology se hacía eco de un trabajo que demostraba que una medida tan simple como llevar una mascarilla mejoraba los efectos adversos de la polución sobre el incremento de tasa cardiaca y presión sanguínea, dos conocidas consecuencias de estos contaminantes. 

En 2012, un estudio publicado en Enviromental Health Perspectives y realizado en Beijing demostraba algo similar en pacientes con dolencias cardiacas. En esta ocasión, se especificaba que los participantes beneficiados llevaban una mascarilla "muy eficiente"; precisamente ese punto, la eficiencia, es el que cita Urrutia para justificar que no se recomiende el uso de mascarillas como estrategia de salud pública. "Suelen proteger de las partículas grandes pero no de las más dañinas, que son partículas en suspensión de diámetro inferior a 2,5 micras". Tampoco son eficaces frente al dióxido de nitrógeno y el monóxido de carbono, añade esta especialista. 

Por esta razón, y por la falta de evidencia científica contundente detrás del uso de mascarillas, la médica insiste en que no puede ser "la medida prioritaria". Pero, ¿convendría llevarlas? "Mejor con mascarilla que sin ella, pero sabiendo que no se evita del todo el peligro asociado a la contaminación", subraya. Y añade que, en el caso de usarla, no debe ser quirúrgica, ha de tener un filtro que al menos proteja de las partículas grandes. 

Distintos tipos de mascarillas

Desde el Departamento de Protección Personal de la empresa 3M, líder en el mercado en España de estos productos, reconocen que las mascarillas "no protegen frente a todos los agentes contaminantes que se encuentran en las emisiones de tráfico". Sin embargo, señalan que sí protegen frente a partículas, de todos los tamaños. 

Las mascarillas para protegerse de la polución han de estar catalogadas como Equipo de Protección Individual (EPI) y se certifican frente a la norma EN149, en la que no se habla de los tamaños específicos de partícula, algo que sí sucede en China, por ejemplo, donde se rigen por otra certificación. Antes de salir al mercado, cada mascarilla recibe una clasificación, FFP1, FFP2 y FFP3, en función de su eficacia de filtración. "Todas las mascarillas tienen unos principios de funcionamiento idénticos y protegen frente a los mismos tipos y tamaños de partículas", explica a este diario el ingeniero del Departamento de Seguridad Personal de 3M Javier Carlos de Isusi. La única diferencia entre una clase y otra es el porcentaje mínimo de filtración que ofrece, que oscila entre el 78% y el 98%, añade. 

Así, la lógica parecería indicar que lo mejor para protegerse de la contaminación proveniente de los coches sería usar una mascarilla FFP3, pero no es así. Son las FFP2 las que se usan comúnmente para ayudar a reducir la exposición de partículas líquidas sólidas y no volátiles, incluidas las de contaminación atmosférica. La razón: "A mayor nivel de protección más cuesta respirar a través de la mascarilla y mayor incomodidad puede suponer para el usuario", apunta de Isusi.

Al hablar de mascarillas, es importante destacar que no todo lo que se engloba bajo esa denominación es útil para protegerse de parte de la contaminación. Así, las utilizadas en quirófano no son aptas para este fin. "Tienen que tener filtros cuanto más sofisticados mejor", afirma Urrutia. 

La experta también resalta que esta medida puede ser especialmente útil para los ciclistas y deportistas al aire libre porque su frecuencia respiratoria aumenta y se ven más afectados por la contaminación. 

Como con cualquier otro producto, las mascarillas han de usarse siguiendo las instrucciones del fabricante. Así, existen mascarillas desechables perfectamente aptas para proteger de las partículas de menor tamaño pero que, como su propio nombre indica, no se pueden usar más de un día y hay que hacerlo además de forma continúa, no repartido en varias jornadas. 

Pero también existen productos de uso reutilizable-el filtro se ha de cambiar tras varias horas de exposición en días separados, pero la estructura se mantiene-. De hecho, el mercado de las máscaras antipolución es amplísimo, con distintas marcas, diseños, perímetros de protección y precios que alcanzan hasta 180 euros. 

En cualquier caso, los expertos siguen recordando que lo mejor para evitar los peligros de la contaminación es contribuir a reducirla y, a efectos prácticos, disminuir la exposición lo máximo posible.