Lisboa

El pasado miércoles Portugal registró su primera muerte por sarampión en más de dos décadas.

La victima es una joven de 17 años que contrajo la enfermedad a principios de mes, cuando acudió al Hospital de Cascáis para tratar un asunto médico rutinario. Mientras aguardaba su turno en una sala de espera, un bebé de 13 meses fue ingresado. Era portador de una vertiente especialmente agresiva de la enfermedad, que se transmite por vía aérea, y la joven fue contagiada por el mero hecho de compartir la misma sala de espera con el pequeño. Al poco tuvo fiebre y comenzó a vomitar; al confirmarse el diagnóstico de sarampión, fue ingresada en una unidad de aislamiento especial en Lisboa. Durante el fin de semana entró en coma, y pocos días más tarde falleció.

Después de su muerte, los médicos confirmaban lo que ya se sospechaba: por expresa decisión de sus padres, ni la joven, ni sus dos hermanas estaban vacunadas. Según la familia de la víctima, que admite creer en la homeopatía, la joven había tenido una reacción adversa a otra vacuna cuando era pequeña y por eso habían decidido no administrar el resto de las vacunaciones habituales. La pequeña de la familia, una adolescente de 13 años, ya ha sido ingresada al confirmarse que ha contraído la enfermedad que acabó con la vida de su hermana.

Hospital General de Cascais. CENOR

Por la tarde el Director General de Salud, el doctor Francisco George, declaraba la existencia de una "pequeña pero potente" epidemia de sarampión en Portugal. En los primeros cuatro meses de 2017 se han detectado más casos de la enfermedad que en los últimos diez años: ya hay 21 casos confirmados, con 15 personas adicionales bajo observación. A la vez que pedía que todos los portugueses revisaran sus cartillas de para confirmar que estaban protegidos de la enfermedad, el médico lanzaba duras críticas contra el movimiento antivacunas, que señalaba como responsable del brote que actualmente afecta al país.

"Es absolutamente incomprensible que los padres no vacunen a sus hijos", declaraba George ante la prensa. "No hay justificación alguna para no dar esa protección a los niños; no tienen el derecho de poner la vidas de los jóvenes en riesgo mortal".

José Lopes dos Santos, presidente del Colegio de Pediatría de la Orden de Médicos portugueses, se mostraba aún más enfurecido por la situación.

"Los padres que, por motivos absurdos o por falta de información, decidan no vacunar a sus hijos tienen que ser responsabilizados por sus muertes. Este es un caso claro de negligencia, y el Estado o el Ministerio Público tiene que investigar a los podres y procesarles por haber cometido un acto criminal".

La frustración de las autoridades médicas es de esperar, pues Portugal es uno de los países con las tasas más altas de vacunación del mundo: el 98% de la población está protegida de las principales enfermedades contagiosas. Pese a ello, la salud de los pocos que no han sido vacunados se encuentra en peligro por culpa de un puñado de escépticos que han puesto en jaque a un sistema ejemplar.

Una historia de epidemias recurrentes

Durante la primera mitad del siglo pasado Portugal vivió azotado por distintas epidemias de enfermedades contagiosas. La pobreza endémica del país, la escasa higiene y el contacto con los puertos lejanos del imperio de ultramar facilitaba la expansión rápida de todo tipo de infecciones. En los años 30 el país vecino tenía el dudoso honor de tener la segunda tasa de mortalidad más alta del continente, y los ciudadanos lusos fallecían por epidemias de cólera, tuberculosis, fiebre amarilla, tifus, malaria, tétano, lupus e incluso la peste bubónica, que obligó al establecimiento de un cordón sanitario alrededor de Oporto y provocó la muerte de 300 personas en 1900.

Los avances médicos y grandes obras para mejorar la higiene en las ciudades permitió rebajar el número de fallecidos, pero, a mediados de siglo, enfermedades como el sarampión, la tos convulsa y la difteria seguían cobrándose miles de vidas cada año. Eran pocas las familias portuguesas sin alguna víctima mortal de estas epidemias, y en todas las aldeas del país se encontraban supervivientes inválidos por culpa de la polio, o con el cuerpo cubierto de cicatrices provocadas por la varicela.

Durante los años 50, 3.923 portugueses murieron del tétanos, mientras que 19.100 fallecieron en una devastadora epidemia de difteria.

Durante los largos años del represivo Estado Novo, el dictador António de Oliveira Salazar (1889-1970) había hecho un culto de la "dignidad de la pobreza". A lo largo de cuatro décadas, el soberbio jefe del Gobierno intentó reforzar la idea que los portugueses eran humildes, dóciles y contentos con sus vidas simples y rurales, sin grandes aspiraciones económicas (o democráticas). La salud pública durante la dictadura era casi tan austera como el propio Salazar: no existía un sistema nacional, y el Estado apenas prestaba asistencia básica a los más pobres a través de una red hospitalaria limitada.

Pero incluso desde su perspectiva contradictoria de miseria utópica, con el paso de los años Salazar no podía negar que las elevadísimas tasas de mortalidad del país eran inaceptables. Durante la década de los años 50 murieron 3.923 portugueses infectados con el tétanos, mientras que 19.100 murieron en un devastador brote de difteria. A principios de los años 60 el régimen encargó una ambiciosa serie de estudios para establecer soluciones a la situación sanitaria vergonzosa que se vivía en el país.

Los médicos que participaron en el análisis nacional concluyeron que aunque Portugal contaba con vacunas adecuadas para plantar cara a las enfermedades contagiosas, éstas no alcanzaban a la mayoría de los lusos. Hasta muy recientemente la atención médica había sido privada, un coste inasequible para el ciudadano normal. En algunas aldeas ni siquiera había médico. La vacuna anti-variólica era obligatoria para todos los niños que se matriculaban en la escuela primaria, pero había tantos portugueses que no iban a la escuela (un cuarto de la población era analfabeta en 1970) que la medida tenía poco efecto. Sin campañas de vacunación adecuadas, el país estaba condenado a sufrir epidemias indefinidamente.

La campaña del dictador y la herencia del refugiado

Las conclusiones del estudio gubernamental llevaron a la creación del Programa Nacional de Vacunación (PNV) en 1965 con el objetivo de vacunar a la totalidad de la población. Sin embargo, en el momento de su fundación el PNV tenía un problema fundamental: no había fondos económicos para sufragar su misión. Portugal, un país pobre desde hace siglos, se encontraba sumido en su guerra colonial en África. No había dinero para vacunar al país entero. Afortunadamente, el régimen de Salazar pudo contar con la ayuda de una fuente inesperada: la herencia multimillonaria de un refugiado ilustrado.

Pasaporte de Calouste Gulbenkian.

El armenio Calouste Gulbenkian había hecho su fortuna en el sector del petróleo a principios de siglo; su participación en la potente Turkish Petroleum Company le ganó el mote de Mr. Five Percent ("Señor 5%"), pues recibía ese porcentaje de las ganancias de todo el petróleo extraído en Iraq. Fabulosamente rico, pasaba el tiempo entre palacetes en Londres y París, amasando una espectacular colección de arte.

Tras la ocupación de París por parte de los Nazis durante la Segunda Guerra Mundial, Gulbenkian decidió exiliarse en Nueva York, y se dirigió a Lisboa –ultimo puerto libre de la Europa continental– realizar su traslado. Sin embargo, el multimillonario armenio se enamoró de la ciudad, y finalmente pasó el resto de su vida en un céntrico hotel de lujo lisboeta.

Tras la creación del Programa Nacional de Vacunación la tasa de mortalidad infantil en Portugal cayó de 77,5 por cada 1.000 habitantes en 1960 a 55,5 en 1970, un récord para un país Europeo.

A su muerte en 1955, Gulbenkian dejó su fortuna de $840 millones y su colección de arte a la Fundación que lleva su nombre, que tiene como misión financiar iniciativas artísticas, académicas, benéficas y científicas en Portugal. Cuando el Gobierno portugués necesitó dinero para vacunar al pueblo portugués, la Fundación Gulbenkian asumió los gastos, ofreciendo 15 millones de los antiguos escudos para cubrir el coste de la iniciativa.

En noviembre de 1965 el PNV lanza sus primeras campañas. La libre elección era un concepto desconocido en la dictadura salazarista y por ese motivo las vacunaciones fueron obligatorias. Equipos médicos viajaron a las aldeas más distantes mientras otros administraron las vacunas por las callejuelas de las grandes ciudades. Se comenzó con la vacuna del polio y la viruela en noviembre del mismo año, y el año siguiente se lanzó la campaña de la tos convulsa, la difteria, el tétano y la varicela.

Antonio de Oliveira Salazar.

El éxito fue absoluto. El número de nuevos casos de polio cayó en picado. La tos convulsa y la difteria desaparecieron. La tasa de mortalidad infantil cayó de 77,5 por cada 1.000 habitantes en 1960 a 55,5 en 1970, un récord para un país Europeo. En 1973 se introdujo la vacuna del sarampión. Y en 1977 la anti-variólica dejó de formar parte del programa: la enfermedad se había erradicado por completo en Portugal.

Sencillo y gratuito

Con la excepción de la vacuna del tétanos y la difteria, las vacunaciones llevadas a cabo por la PNV dejaron de ser obligatorias después de la Revolución de los Claveles de 1974. Pese ello, al ser gratuitas y administradas de manera automática en los centros de salud lusos, la enorme mayoría de los portugueses siguen vacunándose.

"Hasta ahora nunca hemos tenido un movimiento antivacunas significante", explica a EL ESPAÑOL Diogo Medina, médico de salud pública del Sistema Nacional luso. "No es un asunto polémico en Portugal. La gente se vacuna de manera automática; no dudan que sea efectivo y necesario".

La media de vacunación de las enfermedades cubiertas por el Programa Nacional oscila entre 98 y 99% de la población portuguesa.

En las últimas décadas el país vecino sólo ha sufrido una epidemia de sarampión, a finales de los años 80, cuando hubo un brote que afectó a 12.000 personas, de las que 30 murieron. El PNV respondió introduciendo una segunda dosis de la vacuna en 1990 y nuevas medidas de prevención, y desde entonces los únicos casos que han sido registrados en el país han tenido su origen en el extranjero y han sido tratados rápidamente.

Medina considera que el éxito del programa portugués se debe al hecho de que la vacunación sea fácil de realizar y completamente gratuita.

"Sabemos que en otras partes de Europa, como en Francia, cada rato hay brotes entre personas que no se pueden pagar las vacunas. Aquí es un proceso sencillo, y aunque no es obligatorio, en casi todos los colegios te piden la cartilla para poder matricularte".

Antivacunas y 'vacilantes'

En los últimos años las campañas de la PNV se han ampliado para incluir enfermedades como la hepatitis b, el meningococo y el virus de papiloma humano. La media de vacunación de las enfermedades cubiertas por el programa oscila entre 98 y 99% de la población lusa. Pese al claro éxito de iniciativas como el PNV, la existencia de pequeños focos escépticos pone en riesgo a la salud de todos.

"Portugal tiene pocas personas que sean directamente antivacunas", explica Medina. "Son personas que dudan de la medicina convencional y tienden a pertenecer a las clases más altas de la sociedad. La gente pobre tiene demasiadas preocupaciones como para cuestionar el valor de la vacunación".

Municipios privilegiados como Sintra y Cascáis registran tasas de vacunación notablemente inferiores a la media nacional.

El perfil del colectivo señalado por el médico se ve reflejado en el episodio de la muerte de la joven de 17 años, que era de Sintra, la célebre villa aristocrática a las afueras de Lisboa. Según las estadísticas de la Dirección General de Salud, Sintra tiene una tasa de vacunación de sarampión inferior a la nacional, y apenas 89% de su población ha recibido la segunda dosis de la vacuna. El bebé de 13 meses que infectó a la joven era de Cascáis, destino costero preferido de la nobleza europea, donde la tasa es aún más baja: apenas 83% de sus residentes están protegidos de la enfermedad contagiosa.

Aunque el colectivo antivacunas es extremadamente reducido en Portugal, Medina señala que hay un porcentaje relevante de vacilantes: aquellas personas que no se oponen a la vacunación de manera absoluta, pero que siguen sin estar vacunadas. Algunos vacilantes tienen dudas sobre la efectividad o efectos secundarios de las vacunas y terminan por no tomarlas, otros simplemente se olvidan de tomar todas las dosis necesarias de una determinada vacuna.

Sea cual sea la motivación, la falta de protección les hace especialmente vulnerables cuando hay brotes de infecciones contagiosas en Portugal. En el caso del Hospital de Cascáis, dos miembros del equipo médico terminaron por ser infectados: no eran antivacunas, pero no habían tomado la segunda dosis de la vacuna del sarampión.

El peligro del escepticismo

Gary Finnegan, periodista especializado en temas de salud y editor de Vaccines Today explica que se considera que el sarampión está erradicado en un país cuando el 95% de su población ha recibido las dos dosis de la vacuna. Pese a ello, pequeños "agujeros" de cobertura en países modélicos como Portugal –donde la tasa de vacunación del sarampión es del 95% para la primera dosis y del 98% para la segunda– pueden permitir brotes mortales de la epidemia.

"Unos pocos activistas antivacunas pueden tener un impacto enorme. Con el uso de los medios sociales pueden amplificar su mensaje y crear la ilusión que existen dudas legítimas sobre la vacunación, algo que es rotundamente falso. Todas las autoridades médicas del mundo han estudiado las vacunas y han concluido que son seguras y efectivas".

Finnegan añade que los antivacunas representan un obstáculo especial para las autoridades nacionales, "pues han convertido el escepticismo en una ideología. Es muy difícil intentar dialogar con personas que simplemente no creen en la ciencia y no se fían de las autoridades médicas. Es irónico que muchos de ellos sean defensores del medio ambiente y creen el consenso científico sobre el cambio climático, pero se nieguen a aceptar la ciencia que demuestra el concepto de la inmunización".

Una petición que ya cuenta con miles de firmas pide que la vacunación vuelva a ser obligatoria en Portugal.

La muerte de la joven de 17 años ha causado gran consternación entre el público luso, que exige protecciones contra los antivacunas. El mismo miércoles la principal asociación de escuelas privadas envió un circular a sus miembros alertando que tenían derecho a vetar el acceso de alumnos sin las vacunas del PNV. En las escuelas públicas algunos padres han pedido que se elaboren listas de los alumnos que no están vacunados. Y durante la última semana ha circulado una petición para hacer que las vacunaciones vuelvan a ser obligatorias en Portugal. Ya cuenta con miles de firmas.

Un catedrático de Derecho portugués consultado por este diario señala que no hay nada en la constitución lusa que impida semejante medida, pero aunque la idea será debatida en la Asamblea de la República la semana que viene, los representantes de los principales partidos políticos se muestran reacios a reinstaurar la obligatoriedad.

Finnegan dice que pasar legislación en este respecto es complicada, tanto a nivel nacional como en el ámbito europeo.

"Aunque los expertos comunitarios están claramente a favor de las vacunaciones, es un tema nacional. Hay algunos países que obligan a vacunarse de la polio para ir a la escuela pública, pero no es algo uniforme en los 28", apunta. "Esta lucha se gana con información. La mayoría de la gente que no vacuna a sus hijos sólo quiere protegerles; no lo hacen por motivos ideológicos. Han leído rumores en Facebook y tienen dudas, y eso es normal. La clave aquí es darles acceso a buena información, y animarles a consulten médicos y personas con formación científica. No tengo duda que todos les animarán a vacunar a sus seres queridos".

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