Las claves
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Once años después del accidente nuclear, Fukushima vuelve a lanzar una advertencia que poco tiene que ver con la radiación. En los bosques que rodean la central, una nueva estirpe animal se ha abierto paso sin hacer ruido. Son híbridos de cerdo y jabalí que se reproducen a un ritmo inédito y avanzan por el territorio como un experimento biológico a cielo abierto.
El accidente de la central de Fukushima Daiichi en 2011 no solo dejó casas vacías y campos abandonados. La evacuación humana creó, casi sin pretenderlo, “un experimento natural excepcional”, en palabras de los investigadores. Sin reintroducciones de animales y con mínima actividad humana, la región se convirtió en un escenario único para observar qué ocurre cuando lo doméstico y lo salvaje se mezclan sin control.
El estudio, publicado en el Journal of Forest Research, analiza uno de los episodios de hibridación más extensos documentados entre animales domésticos y fauna silvestre. Su conclusión rompe con algunas ideas asumidas: lejos de perpetuar los genes del cerdo, la hibridación aceleró el recambio generacional y diluyó rápidamente su huella genética.
Tras el accidente, miles de cerdos escaparon de granjas abandonadas y se adentraron en bosques y terrenos agrícolas. Allí se cruzaron con jabalíes japoneses. Lo relevante, explica el equipo liderado por el profesor Shingo Kaneko, no fue tanto el cruce en sí como quiénes fueron las madres de esos primeros híbridos.
Cuáles fueron las consecuencias
“Este estudio demuestra que el rápido ciclo reproductivo del cerdo doméstico se hereda a través del linaje materno”, señala Kaneko. Esa transmisión permitió que los descendientes mantuvieran una capacidad de reproducción continua, muy distinta a la del jabalí, que normalmente se reproduce una sola vez al año.
Esa diferencia, aparentemente sutil, tuvo efectos profundos. Los híbridos nacidos de madres cerdo comenzaron a generar nuevas generaciones a gran velocidad, acortando los tiempos evolutivos y alterando el equilibrio poblacional en un entorno que había quedado sin presencia humana de forma repentina.
Para entender el fenómeno, los investigadores analizaron ADN mitocondrial, heredado exclusivamente de la madre, junto con marcadores nucleares de 191 jabalíes y 10 cerdos domésticos recogidos entre 2015 y 2018. Con modelos de genética poblacional, calcularon cuántas generaciones habían pasado desde el cruce inicial.
Los resultados sorprendieron al propio equipo. Muchos animales con linaje materno de cerdo ya estaban a más de cinco generaciones del cruce original. “Observamos una rotación generacional inusualmente rápida”, explica Kaneko, una velocidad que explica por qué los genes del cerdo se diluyen tan deprisa en el conjunto del genoma.
El coautor del estudio, Donovan Anderson, apunta que esta era la hipótesis de partida. “Pensamos que el rasgo distintivo del cerdo doméstico, su reproducción rápida y durante todo el año, podía ser la clave”. Los datos confirmaron que esa ventaja biológica se mantenía incluso en condiciones salvajes.
La rapidez, un problema
Los autores subrayan que Fukushima fue un caso extremo. “La ausencia repentina de actividad humana permitió una expansión muy rápida del jabalí”, señala Kaneko. A ese contexto se sumó la herencia materna de un ciclo reproductivo acelerado, que actuó como catalizador del proceso.
El riesgo, advierten, no es la aparición de animales extraños o deformes. Es la creación de poblaciones capaces de crecer a una velocidad que desborda cualquier estrategia de control, con impactos directos sobre la biodiversidad, la agricultura y la gestión sanitaria.
Los investigadores insisten en que sus conclusiones no se limitan a Japón. “Este mecanismo probablemente está ocurriendo en otras regiones del mundo donde los cerdos asilvestrados y los jabalíes se cruzan”, subraya Anderson. La hibridación, recuerdan, es una preocupación creciente a escala global.
En España, este fenómeno tiene nombre propio: el cerdolí. El cruce entre jabalíes y cerdos vietnamitas abandonados como mascotas ha generado híbridos cada vez más presentes en zonas rurales y periurbanas. El estudio de Fukushima aporta ahora una clave biológica para entender por qué estas poblaciones resultan tan difíciles de contener.
Aunque los genes del cerdo doméstico acaben diluyéndose con el tiempo, el impacto inicial puede ser suficiente para desestabilizar un ecosistema. “Incluso una pequeña introgresión genética puede complicar seriamente la gestión de las poblaciones”, advierten los autores.
