Has tomado un desayuno rico en cereales y frutas, seguida de una comida con pocas calorías. Has hecho ejercicio, cenado una ensalada y te vas a la cama con una enorme sensación de satisfacción. Pero, a mitad de la noche, te despiertas con el estómago rugiendo. Tus pies te llevan hasta la nevera y, para cuando quieres darte cuenta, has engullido hasta la saciedad. Mientras meditas tristemente sobre tus buenos propósitos arruinados, te preguntas: ¿qué ha podido pasar?

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Eso es precisamente lo que se han propuesto describir investigadores de la Universidad de Pennsilvania en un trabajo que publican en Cell Reports. Nuestro cerebro contiene un 'sistema de alerta', explican, que azuza el hambre y se calma ante estímulos apetitosos como el olor o la imagen de la comida. Sin embargo, ese sistema no termina de estar en paz, revelan, a menos que esté recibiendo señales desde el estómago de que el cuerpo está digiriendo calorías. Y ese es el nivel sobre el que se puede intervenir.

"Cuando estas neuronas están activas, básicamente están diciéndote: 'Será mejor que consigas comida, te mueres de hambre'" - explica el doctor J. Nicholas Betley, director del estudio. "Son un sistema de alarma sensible, y lo que demuestra de forma concluyente este estudio es que los nutrientes son su principal efecto regulador". Estas neuronas están denominadas AgRP, al tratarse de las que expresan la proteína r-agouti, y se encuentran en el hipótalamo.

Se trata de la región que determina las reacciones más elementales de preservación tanto de la especie como del propio organismo, y la alimentación está en lo alto de su lista de prioridades. El equipo de Betley había observado picos de actividad en las neuronas AgRP de animales hambrientos en laboratorio. Estaban relacionadas también con el malestar que provoca el hambre: si eran estimuladas artificialmente con luz, "los animales corrían a esconderse a la otra punta", explica el investigador. Pero por otro lado, el estímulo visual y olfativo de la comida reducían su actividad, antes incluso de haber comido.

¿Cómo explicar esta aparente contradicción? Los investigadores nos invitan a imaginarnos esperando nuestra comida en un restaurante. El hambre nos mortifica de ver pasar los suculentos manjares destinados a otros comensales. De repente, posan frente a nosotros nuestro plato: nos invadirá de inmediato una placentera sensación de alivio al ver, oler y anticipar la comida. "Oh, perdón" - dice entonces el camarero mientras lo retira veloz. "Esto es para otra mesa". La gama de sentimientos que harán presa en nosotros, de la irritabilidad a la desesperación con el riesgo añadido para la integridad del trabajador, son cortesía de las neuronas AgRP.

¿Cómo apagar las AgRP?

El siguiente paso consistió en determinar las diferencias entre ingerir la comida con respecto a simplemente verla y olerla a la hora de 'apagar' la actividad de estas neuronas. El equipo trabajó con ratones transgénicos, modificados para revelar mediante fluorescencia estimulada por el calcio la actividad neuronal en esa zona concreta. Como habían observado, los niveles de AgRP caían cuando se les presentaba su pienso habitual y permanecían bajos durante la digestión.

Tocaba engañarles: se les ofreció un gel hipocalórico con sabor y olor a fresa, algo que los pequeños inquilinos del laboratorio no identificaron con comida. Y en ese caso, las AgRP tampoco reaccionaron, presentando una actividad alta. Descendieron cuando los ratones se animaron a probar la novedad, pero por poco tiempo: unos 200 segundos, debido a la falta de calorías. En sucesivas pruebas el breve efecto terminó por desaparecer, ya que los animales habían asimilado ese sabor a la falta de calorías.

¿Y qué sucedió cuando se incorporaron calorías al gel con gusto a fresa? Las AgRP no reaccionaron preventivamente, pero se calmaron cuando el organismo detectó que estaba recibiendo aportes calóricos. La desactivación anticipatoria ante el olor regresó en las siguientes tomas; pero si el gel volvía a carecer de calorías, el efecto calmante volvía a durar unos breves 200 segundos, lo que tardaba el cuerpo del ratón en descubrir que había sido nuevamente engañado. 

'Hackear' el sistema del hambre

Las siguientes pruebas a base de infusiones directas en los estómagos de los roedores de azúcares, grasas y proteínas demostraron que eran los nutrientes los que tenían la capacidad de calmar las AgRP. A más calorías, más intenso el efecto. Los investigadores pensaron entonces en interferir la comunicación entre estómago y cerebro suministrando dosis de tres hormonas secretadas durante la digestión: la colecistoquinina, el péptido tirosina tirosina y la amilina. Por separado, los tres péptidos lograban reducir la actividad neuronal, pero en combinación demostraron tener un efecto sinérgico mucho más potente.

Y aquí reside el factor prometedor: estas tres hormonas ya están siendo usadas en tratamientos contra la obesidad. Sin embargo, no es tan sencillo como inyectarse un 'chute' para matar el hambre: en las dosis necesarias para tener efecto, causan náuseas al paciente. En los ratones del ensayo, en cambio, no se produjo ese malestar. Betley aventura a que puede tratarse de los efectos beneficiosos de la combinación, en la que cada péptido presenta una menor concentración.

Mientras avanzan los ensayos, el experto recomienda usar este descubrimiento para planear nuestras estrategias dietéticas en consonancia. Estos hallazgos confirman que las dietas que tratan de prescindir de nutrientes esenciales, de calorías y de grasas están condenadas al fracaso. Aunque la estrategia de "comer menos pero más a menudo" no garantiza el éxito, sí que nos puede ayudar a evitar los atracones nocturno o entre horas provocados por la actividad de las AgRP. La saciedad que aporta un tentempié con alguno de los productos ricos en grasas saludables que incluye la dieta mediterránea los mantendrá a raya.