Love is in the air. Para las parejas que se quieren, el amor está en el aire todo el año (o al menos debería), pero eso no evita que San Valentín sea un gran día para los enamorados, independientemente de las razones más o menos consumistas que hayan llevado tradicionalmente a su celebración.

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Vale la pena dedicarle un día del año a un sentimiento tan maravilloso como el amor, ¿pero sabían ustedes cuánta ciencia se esconde detrás de él? Sin duda se trata de un cóctel de química, física y otras muchas disciplinas científicas con un resultado increíble y, sobre todo, muchas curiosidades, como las que vamos a ver hoy en este artículo de EL ESPAÑOL.

Sí que causa mariposas en el estómago

Todos hemos escuchado hablar alguna vez sobre esa sensación de tener un montón de mariposas revoloteando en el estómago cuando vemos a esa persona especial que tanto nos gusta. Sin embargo, no todos estamos seguros de haberla sentido o si, por el contrario, no es más que una descripción poética del amor.

Vale, no tenemos ningún tipo de insecto moviéndose en ninguna parte de nuestro organismo (y si lo tuviéramos deberíamos hacérnoslo mirar), pero sí que es cierto que el amor produce una sensación de hormigueo que se podría comparar al revoloteo de las mariposas.

Esto se debe a la estrecha relación que hay entre nuestro cerebro y nuestro sistema digestivo; ya que, por un lado, los microbios beneficiosos que viven en el segundo pueden actuar sobre el primero y, por otro, existen canales de unión como el nervio vago, que asocia al cerebro con otras partes del organismo como el corazón, la faringe, el páncreas y, por supuesto, el estómago.

Por todo esto, cuando se produce una situación de nervios, como la de ver a esa persona que tanto nos gusta, nuestro sistema nervioso actúa "preparándonos para la huida" con síntomas como el aumento de la presión cardíaca y la frecuencia respiratoria o ese curioso hormigueo estomacal. Vale, en una cita amorosa por lo general lo último que se nos ocurre es salir corriendo, ¿pero qué le vamos a hacer? Nuestro cerebro gestiona todas las escenas estresantes del mismo modo.

No es sólo cosa de humanos

A veces podemos pensar que el amor es un sentimiento únicamente humano y que los animales simplemente se relacionan para reproducirse.

Pero eso no es para nada cierto, pues existen otras especies monógamas que guardan fidelidad a sus parejas, a veces con un amor aparentemente más grande que el que pueden llegar a regalar muchos seres humanos.

Curiosamente, hasta que las pruebas de ADN comenzaron a extenderse, se pensaba que aproximadamente un 90% de las especies eran monógamas, pero recientes estudios de huella genética han comprobado que la cifra se reduce a aproximadamente un 5%, ya que muchos animales pueden formar parejas durante un tiempo, pero seguir copulando con otros ejemplares mientras tanto.

Entre las especies que sí que demostraron genéticamente ser fieles a sus parejas se encuentran el mono cara de búho, el buitre negro, el ratón californiano o el perrito de las praderas. Y ojo; porque según este tipo de estudios el cisne, símbolo del amor, no es tan fiel como parece.

No puede ser sustituido por el chocolate

Es posible que muchos de ustedes tengan planeado pasar la noche de San Valentín en compañía de una tarrina de helado de chocolate o de cualquier otro alimento con ingentes cantidades de cacao.

Si lo hacen por el maravilloso sabor de tan suculento manjar sin duda se trata de un plan perfecto, pero si buscan con ello sustituir al amor o incluso al sexo puede que anden un poco errados, pues esta creencia tiene más de mito que de realidad.

Sí que existe ciencia detrás de tal afirmación, pues el chocolate posee cierta cantidad de feniletilamina, una sustancia que también se produce naturalmente en el cerebro bajo situaciones íntimamente relacionadas con el amor como, por ejemplo, un cruce de miradas o el roce de la mano de la otra persona.

Además, es un precursor de la dopamina, conocida tradicionalmente como el "neurotransmisor de la felicidad", por lo que podría ser una magnífica terapia para tratar de forma dulce las rupturas amorosas.

Sin embargo, está científicamente demostrado que la feniletilamina exógena, que entra a nuestro organismo desde el exterior, es rápidamente degradada por una enzima llamada monoaminooxidasa, por lo que comer chocolate no tiene ningún tipo de relación con el amor.

Eso sí, pasar San Valentín sin pareja no tiene absolutamente nada de malo, sin duda querernos a nosotros mismos es lo más importante que debemos celebrar este día. Y si lo hacemos con una buena ración de algo tan rico y con tantas propiedades beneficiosas como el chocolate negro, mejor que mejor.

Puede producir modificaciones en el cerebro

Según un estudio publicado en Frontiers of Human Neuroscience por científicos de la Universidad de Ciencias y Tecnología de Hanui, el amor puede producir ciertos cambios en el cerebro de quién lo siente.

El estudio se llevó a cabo con ayuda de un grupo de cien voluntarios, que se dividieron en tres grupos según si tenían pareja, si se encontraban solteros o si acababan de terminar una relación.

Así, sometiendo a todos a una resonancia magnética funcional, que pudo analizar la actividad de las diferentes regiones de su cerebro, comprobaron que aquellos que aseguraban estar enamorados presentaban mayor actividad en las áreas cerebrales asociadas a la motivación, la recompensa y las habilidades sociales, pero que eran efectos totalmente reversibles, ya que se manifestaban cada vez menos a medida que pasaba el tiempo desde la ruptura de una relación.

Parece ser que es cierto que el amor nos cambia, nos hace felices y genera en nosotros una respuesta similar a la adicción. Todo eso es maravilloso, pero ojo con lo último, pues estos cambios no deben impedirnos pensar por nosotros mismos.

Sus efectos pueden compararse a los de una borrachera

Y siguiendo en la línea de lo anterior, otro estudio publicado en 2015 en Neuroscience and Biobehavorial Reviews pone de manifiesto la curiosa relación existente entre el amor y la borrachera.

Como puede que ya sepan, la oxitocina es una sustancia conocida como "hormona del amor", pues se libera cuando nos encontramos bajo ese profundo sentimiento, siendo la responsable de muchas de sus consecuencias.

Por eso, fue el objetivo de un equipo de investigadores de la Universidad de Birmingham, que comprobaron los efectos que producía esta hormona cuando se administraba de forma exógena, por vía nasal.

Así, comprobaron que, efectivamente, los resultados eran similares a los de la ingesta excesiva de alcohol, siendo algunos bastante positivos, como el aumento de confianza en uno mismo, y otros muy negativos, como la agresividad o la envidia hacia los demás.

Además, también se suprimen los circuitos corticales límbicos, o lo que es lo mismo, se eliminan sentimientos como la inhibición social, el miedo o el estrés.

Todo esto puede explicar la euforia que sentimos en las primeras fases del enamoramiento y cómo podemos llegar a obsesionarnos con todo lo que rodea a nuestras relaciones.

Y saberlo es una gran ventaja, pues también explica el origen de las relaciones tóxicas, que pueden ser más perjudiciales que la peor de las borracheras si no se frenan a tiempo.