Lisboa

Philip Tetlock (Toronto 1954) no cree en oráculos o adivinos. El Tarot no le inspira y nunca ha acudido a una meiga. Sin embargo, este respetado profesor de la Escuela de Negocios Wharton de la Universidad de Pensilvania asegura que es posible pronosticar el futuro, y que entre la población general viven gran número de súperpronosticadores, personas con un asombroso talento para anticipar lo que podría tener lugar en el futuro en los ámbitos de la geopolítica y la economía.

La importancia de los pronósticos en el contexto político siempre ha sido clave, pues para los Gobiernos es esencial poder anticipar lo que podría acontecer para estar preparados ante los nuevos retos. De los videntes y astrólogos de antaño se ha pasado a los consejos de sabios y analistas de inteligencia, las voces que orientan el rumbo fijado por los mandatarios.

En 1988 Tetlock decidió poner a prueba los dones pronosticadores de esos expertos. El investigador contactó con 200 de los analistas más eminentes del mundo, grandes sabios de la geopolítica y la economía y, a lo largo de los siguientes 15 años, el investigador les pidió hacer pronósticos puntuales sobre asuntos concretos y las situaciones que podrían desarrollarse en el futuro próximo.

Cuando concluyó el experimento –cuyos resultados son la base de su exitoso Expert Political Judgement (2005)–, el profesor demostró que, por muy expertos que fueran, las predicciones de estas autoridades carecían de valor alguno. En el mejor de los casos sólo acertaban el 50% del tiempo, por lo que sus pronósticos tenían la misma media de éxito que la de un mono lanzando dardos a una diana.

Las agencias de inteligencia de Estados Unidos –cuyos analistas no habían conseguido prever acontecimientos tan decisivos como la caída del Muro de Berlín o los ataques del 11-S– tomaron nota de los estudios de Tetlock, y en 2011 la Actividad de Proyectos de Investigación Avanzados de Inteligencia (IARPA según sus siglas en inglés), agencia de investigación bajo la responsabilidad del director de Inteligencia Nacional de EEUU,  pidió que el profesor les ayudara a mejorar sus métodos para pronosticar el futuro.

El resultado fue el Good Judgment Project –o Proyecto del Buen Juicio–, experimento que comenzó en 2011 y que continúa en una versión más amplia hoy en día. La idea era simple: reclutar participantes, probar sus capacidades pronosticadoras y analizar por qué algunos eran mejores que otros. A través de torneos de pronosticación, se seleccionaron los mejores entre los participantes y, tras varios ciclos de pruebas, estos se enfrentaron contra los analistas de la CIA.

"Nos quedamos asombrados con los resultados", recuerda Tetlock. "Por un lado, se repitieron los resultados de la investigación anterior: pese a ser expertos en los temas geopolíticos que estábamos tratando, los analistas sólo acertaron el 50% del tiempo. Lo asombroso es que los pronósticos de nuestros súperpronosticadores se cumplieron el 75-80% del tiempo, colocando sus resultados muy por encima del 50% del puro azar y a medio camino del 100% que sólo logra un dios todopoderoso".

Desde Lisboa, donde Tetlock viajó para presentar los resultados de su estudio y su libro, Superforecasting: The Art and Science of Prediction (2015), el profesor habla con EL ESPAÑOL sobre la ciencia de la predicción y las asombrosas capacidades de los súperpronosticadores, personas que son normales pero que, no obstante, consiguen ver un poco más hacia el futuro que tú y que yo.

Asignar probabilidades del 1 al 100

Usted es doctor en psicología de la Universidad de Yale. ¿Cómo llegó a interesarse por el mundo del análisis internacional y los pronósticos geopolíticos?

Siempre me habían interesado las relaciones internacionales y la forma en la que la gente toma decisiones. Me interesé por el mundo de los pronósticos en la década de los 80, cuando comenzaron a celebrarse los primeros torneos de este estilo. Quería ver cómo se llegaba a conclusiones sobre lo que podría pasar en el futuro, y luego ver el margen de éxito de esas predicciones. La época Reagan era otro mundo, uno que cambió con la aparición de Mijaíl Gorbachov. Nadie anticipó que sería elegido secretario general de la URSS, ni lo que vendría después.

¿Cómo funcionó el Proyecto de Buen Juicio, y su proyecto sucesor, Good Judgment Open?

Se hacen apuestas sobre las probabilidades de que vaya a tener lugar un acontecimiento, asignando un número entre 0 –imposible– y 100 –inevitable–. Preguntamos sobre geopolítica como podríamos preguntar sobre deportes: es igual que si preguntara si el Real Madrid va a llegar a la Champions, por ejemplo. La diferencia es que están fijando las probabilidades sobre si Merkel seguirá liderando Alemania en dos años, o si Estados Unidos mandará tropas regulares a Siria. Todo se hace por Internet: mandábamos las preguntas a todos a la misma hora, y ellos tienen que responder con sus pronósticos todos los días antes de las nueve de la mañana.

Es importante incidir en que los investigadores presentan a los participantes con preguntas pre-formuladas –nuestros pronosticadores no operan como televidentes, adivinando de la nada–. Les preguntamos cosas concretas y ellos valoran la probabilidad que eso pueda acontecer. ¿Caerá el Gobierno de Renzi en Italia antes de finales de año? ¿Bajará el paro en España al 10% antes de 2018? Ante cada posible escenario futuro, los predictores adjudican un número entre 0 –imposible– al 100 –inevitable–.

¿Eso no les limita la capacidad de pronosticar el futuro?

En efecto, es una parte del proceso que todavía tenemos que refinar, pues muchas veces no hemos aprovechado su capacidad predictiva al hacerles preguntas muy específicas.

¿Cuántas personas participaron en el experimento original?

Al final más de 20.000 personas. Entre ellos identificamos unos 250 súperpronosticadores.

¿Cómo son los súperpronosticadores?

¿Cuáles son las características de un súperpronosticador?

Los súperpronosticadores tienen mentes mucho más abiertas que los analistas, por ejemplo. No tienden grandes teorías que insisten en defender, no les importa interactuar con conceptos nuevos. Tienden a ser personas escépticas que no tienen problema con cuestionar sus puntos de vista socráticamente. Tampoco tienen problema con adoptar ideas desarrolladas por personas con filosofías contrarias a las suyas si juzgan que esas personas tienen razón en ese asunto en concreto.

¿Cómo identificaron a los súperpronosticadores en este proyecto?

El proyecto daba puntos según tus predicciones: cuanto más alta la probabilidad que asignabas a un posible acontecimiento, más puntos ganabas. Esto podría crear la tentación para siempre hacer predicciones extremas, pero perdías muchísimos puntos si la predicción era errónea. Los súperpronosticadores destacaban por mostrarse afirmativos de manera justificada; no se lanzaban sin tener motivos para ser tan decisivos. Son gente que probablemente sería muy buena jugando al póker, pues sabían calibrar muy bien. Al final la geopolítica es muy parecida al póker, con la diferencia de que en las relaciones internacionales hay mucho más ruido.

¿Había algún factor común entre ellos a nivel de educación u origen social? ¿Son mayoritariamente de alguna franja de edad, raza, género…?

Son de todos los orígenes y razas imaginables, sin pertenecer a una clase económica particular. Son personas extremadamente inteligentes, pero no todos tienen estudios superiores. Más que nada, destacan por la manera en la que piensan, pues todos demuestran enorme curiosidad por el mundo que les rodea. Los que participaron en nuestro proyecto tendían a ser hombres de hasta 30 años o mayores de 50 años, pero concluimos que eso era porque las personas de entre 30 y 50 años tenían menos tiempo para participar en este tipo de estudios, y que las mujeres faltaban por los mismos motivos, falta de tiempo al intentar equilibrar la familia y las obligaciones profesionales.

El experimento tuvo lugar por Internet. ¿Los participantes llegaron a conocerse en persona alguna vez?

Sí. Una vez al año celebramos una cumbre de súperpronosticadores. Ahí es donde se veía la enorme diversidad. Una de nuestros mejores predictores es una farmacéutica de Maryland, pero también era muy bueno un pintor de Nueva York, que a la vez que participaba en el proyecto estaba escribiendo una biografía sobre el urbanista Robert Moses. Teníamos a gente desempleada, a jubilados, también a trabajadores de IBM y algún que otro bróker de Wall Street. Colectivamente el único factor común era que cuando hablabas con ellos individualmente te dabas cuenta de que estabas ante una persona muy inteligente, con enorme curiosidad.

¿Cuáles fueron algunos de sus pronósticos más sorprendentes?

Cuando todo dios hablaba de la salida de Grecia de la Eurozona y los mercados financieros pensaban que había una probabilidad del 50% de que se produciría el 'grexit', los súperpronosticadores asignaron una probabilidad baja, del 20%, al asunto. Anticiparon la caída del Gobierno de Mohammed Morsi a través de un golpe de Estado en Egipto y la invasión rusa de Ucrania. En ese caso fallaron los investigadores al sólo preguntar sobre Ucrania y no sobre Crimea; estoy convencido de que habrían pronosticado la anexión de la península por parte de Rusia.

¿Predijeron las victorias del 'brexit' y Trump en Estados Unidos?

Parcialmente. El 'brexit' no formó parte del estudio, y con el caso de las elecciones, ellos asignaron una probabilidad del 70% a la victoria de Hillary Clinton. Coincidieron con los mejores estadistas en este sentido. Por tanto, fijaron la victoria de Clinton como algo más probable, pero para nada descartaron la victoria de Trump que, como hemos visto, ha sido por puntos mínimos en el Colegio Electoral ya que Clinton ganó el voto popular.

Un equipo de súperpronosticadores en cada país

¿Qué pronostica para los súperpronosticadores de cara al futuro?

No me sorprendería que en cuestión de una década la mayoría de las agencias de inteligencia globales recluten grupos similares para hacer sus predicciones. El presidente Obama se interesó mucho por esta iniciativa porque es un hombre al que le gustan los deportes y entiende del mundo de las probabilidades. Tendremos que ver lo que opina el próximo presidente, pero Donald Trump se graduó en la escuela de negocios en la que soy profesor y el mundo de los negocios tiene su lado de apuestas, por lo que tal vez aprecie esta ciencia.

En todo caso, un motivo por el cual esta investigación se ha hecho pública –pese a haber sido financiada por IARPA– es que el Gobierno reconoce que sería bueno que otros países adopten este sistema también. Todos nos beneficiamos de un mundo más informado, más capaz de planificar. Cada país debe tener uno, incluso España. A nadie le conviene el líder que depende puramente de sus instintos, o de los consejos de algún amigo. Como mínimo, los súperpronosticadores sirven para analizar el margen de éxito de las predicciones de los expertos.

¿Por qué fallan tanto los expertos?

Los expertos tienen confianza en lo que afirman. Es normal, han pasado la vida especializándose en algo, se lo creen, y al final terminan asumiendo esas ideas tan a fondo que sus mentes no les dejan ver el gran contexto de una situación o aceptar los factores que no coinciden con esas teorías preestablecidas.

Me confesó un alto cargo del Gobierno americano que los únicos que anticiparon la caída del Muro de Berlín eran unos agentes novatos, que naturalmente fueron ignorados por los altos cargos de la CIA especializados en los asuntos al otro lado de Telón de Acero.

Ahora es fácil mirar atrás y explicar por qué cayó la URSS, pero los únicos que lo vieron venir eran los que lo vieron con ojos completamente nuevos y dijeron, "oye, esto es insostenible". La experiencia de los expertos les contamina porque muchas organizaciones te obligan a moldear tu manera de pensar a la de la empresa o agencia. Los súperpronosticadores son librepensadores.

¿El auge de los pronosticadores civiles implica el final de los analistas profesionales?

Para nada. Los analistas nos valen para investigar asuntos y darnos información, y para quienes trabajamos con pronósticos ellos son de enorme utilidad pues nos pueden ayudar a formular las preguntas que planteamos a los súperpronosticadores. Pero tal vez los analistas se deben limitar a analizar el presente, y no a hacer adivinanzas sobre el futuro.

¿Cómo valora a los medios en un año en el que todos han fallado en sus predicciones?

Por un lado, es posible que los medios sufran de lo que sufren los académicos. En mi universidad, la victoria de Trump fue una sorpresa. Vivimos en una burbuja y yo, como profesor durante los últimos 37 años, conozco a sólo una persona que apoyó a Trump en estas elecciones. Los periodistas viven en un mundo homogéneo y tal vez necesitan ampliar el ámbito de sus investigaciones.

Pero otro gran problema son los tertulianos. Los medios frecuentemente les obligan a tomar posiciones extremas. A ninguna cadena de televisión le gusta el analista que llega y dice, "esto es lo que hay, y podrían pasar muchas cosas". Quieren a gente que diga "lo que va a pasar". Por eso tenemos tertulianos que son valorados por su capacidad de persuasión y no por su capacidad de augurar el futuro. Los medios han fallado y no castigan a quienes pronostican erróneamente; siguen invitando a los mismos tertulianos, da igual que metan la pata.

¿2016 ha sido un año especialmente impredecible?

No especialmente. Pocos anticiparon la elección de Gorbachov en 1985 y mucho menos el proceso de perestroika y glasnost. Lo mismo pasó con el Muro de Berlín en el 89, la caída definitiva de las URSS en el 91. La aparición de Vladimir Putin sobre la escena en el 99 fue una sorpresa, como también el 11-S, o la crisis económica que comenzó en el 2008.

A posteriori es muy fácil explicarlo todo, incluso parece obvio. Los tertulianos lo están haciendo en este momento, explicando el 'brexit o lo de Trump como si la insatisfacción de los blancos de clase obrera fuera la cosa más evidente del mundo, como si todos debiéramos haberlo visto venir hace tiempo. La memoria es corta y el mundo nos sorprende constantemente. Cualquier ayuda que tengamos para estar algo menos sorprendidos, y un poco más preparados, siempre es bienvenida.