P. G. Santos
Publicada
Las claves

España atraviesa ya la segunda ola de calor del año. Una de las profesiones más afectadas por las altas temperaturas que se registran es la de los albañiles, quienes tienen que soportar el calor mientras realizan su trabajo, con el riesgo que ello conlleva para su salud.

Trabajar bajo el sol no solo aumenta las probabilidades de sufrir deshidratación o un golpe de calor, sino que también incrementa las opciones de sufrir en un futuro cáncer de piel o de tener un envejecimiento prematuro.

La situación que se vive en nuestro país desde que tuviéramos la primera ola de calor, a finales de junio, ha llevado a que algunos albañiles hayan tomado la drástica decisión de detener su trabajo.

Es el caso de José Antonio, quien ha contado a medios locales que han dejado de ir a la obra porque ya han pasado de 36 ºC: "Así no se puede trabajar, tenemos que parar", ha comentado sobre un escenario que es insostenible.

Una llamada de atención

No fue una decisión impulsiva ni un arrebato, sino la culminación de días de malestar físico, dolores de cabeza y una sensación de agotamiento adelantado que le hizo temer el siguiente peldaño, más que cualquier posible retraso en el calendario de la obra.

Su gesto llega en un contexto nuevo: desde mayo está en vigor la prohibición de que los albañiles trabajen al aire libre en horas de calor extremo cuando hay avisos naranja o rojo, una norma que obliga a adaptar horarios y tareas para reducir riesgos laborales.

El Real Decreto-ley 4/2023, publicado en el BOE, obliga a tomar medidas específicas cuando las condiciones meteorológicas se vuelven adversas y, si no hay otra forma de garantizar la protección, incluso a suspender determinadas tareas durante las horas centrales.

José Antonio siente que la letra de la ley ha llegado tarde para muchos compañeros, pero le ofrece ahora un respaldo legal a lo que antes era solo intuición: que seguir levantando tabiques bajo un sol abrasador no es una muestra de profesionalidad, sino de temeridad.

En su caso, la paralización de la obra no fue un pulso individual contra la empresa, sino una llamada de atención colectiva sobre unas condiciones que, con las olas de calor cada vez más frecuentes, convierten las obras en posibles escenarios de emergencias médicas.

Los sindicatos llevan años alertando de este riesgo y recuerdan que, entre mayo y septiembre de 2025, 25 personas murieron en España por golpes de calor vinculados a factores laborales, sociales o sanitarios, una estadística que el sector de la construcción conoce bien.

El relato de José Antonio se suma a testimonios de otros obreros que describen mareos, náuseas y una fatiga que no desaparece ni a la sombra, síntomas de estrés térmico que rara vez figuran en los partes de obra pero que condicionan cada jornada de trabajo estival.

Él reivindica soluciones sencillas pero efectivas: adelantar la jornada a primeras horas, aumentar las pausas, asegurar zonas de sombra y agua fresca, y asumir que parar a tiempo no es un privilegio, sino una medida básica de prevención y respeto a la propia vida.