Marruecos está cambiando su forma de producir alimentos en plena crisis climática. Tras años de sequía, acuíferos presionados y embalses bajo estrés, el país ha convertido el riego localizado en una pieza central de su estrategia agrícola.
El dato es contundente: a finales de 2023, Marruecos había equipado 824.000 hectáreas con riego localizado, aproximadamente la mitad de toda su superficie regada, y se ha fijado llegar al millón de hectáreas en 2030.
La cifra fue defendida por el ministro de Agricultura, Mohamed Sadiki, dentro de una estrategia más amplia. El mensaje de fondo es claro: en un país cada vez más seco, producir alimentos ya no puede separarse de ahorrar agua.
El giro se apoya en dos grandes marcos nacionales: el programa de abastecimiento de agua potable y riego 2020-2027 y la estrategia Generación Verde 2020-2030. Juntos movilizan inversiones millonarias para presas, desalación, interconexiones y modernización agrícola.
Aunque España también tiene un regadío muy tecnificado: el Ministerio de Agricultura señaló que el 80,57% de sus 3,71 millones de hectáreas de regadío ya usaba sistemas localizados, automotrices o de aspersión.
De cara a sequías futuras
La lección marroquí va por otro lado. Rabat está tratando el goteo como una política de supervivencia hídrica, conectada con sequías prolongadas, desaladoras, restricciones a cultivos exigentes y una agricultura obligada a producir más con menos margen climático.
El riego localizado cambia la lógica de la parcela. En lugar de inundar el terreno, lleva el agua cerca de la raíz, en dosis controladas, con menos pérdidas por evaporación superficial y una gestión más precisa de fertilizantes y nutrientes.
El Banco Mundial enmarca este avance dentro del Programa Nacional de Ahorro de Agua en Riego. Su objetivo es modernizar unas 550.000 hectáreas, incluidas 220.000 dentro de grandes perímetros de irrigación, para mejorar la eficiencia agrícola.
La urgencia se entiende mejor con el clima reciente. Marruecos declaró en enero de 2026 el final de una sequía de siete años, pero ese periodo dejó cosechas de trigo dañadas, pérdidas ganaderas, empleo rural golpeado y reservas bajo presión.
Las lluvias alivian, pero no resuelven el problema estructural. El país sigue expuesto a años secos, episodios torrenciales y acuíferos que tardan mucho más en recuperarse que los embalses. Por eso cada metro cúbico cuenta más.
La ciencia respalda parte de esta apuesta. Un estudio en Fez-Meknes observó que pasar del riego superficial al goteo reducía el agua aplicada entre un 36% y un 61%, según cultivo, y aumentaba rendimientos y productividad hídrica.
Pero el ahorro no es automático a escala de cuenca. Si la eficiencia permite ampliar superficie, intensificar cultivos o plantar variedades más sedientas, el consumo total puede mantenerse. Es el efecto rebote que preocupa a los expertos.
Por eso el goteo necesita reglas, medición y apoyo técnico. Marruecos no resolverá su escasez solo con tuberías, pero sus 824.000 hectáreas muestran una dirección clara: el futuro agrícola se decidirá también gota a gota.
