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Las claves

Durante años, el silencio ha formado parte de nuestro día a día. Caminábamos sin auriculares, viajábamos sin pantallas y podíamos esperar perfectamente sin la necesidad continuada de revisar nuestro smartphone, ni tampoco necesitábamos atender notificaciones incluso durante las comidas.

De hecho, para muchas personas que hoy en día rondan edades de entre 55 y 75 años, estos espacios de calma y silencio no eran excepcionales como lo son hoy en día, sino que eran su normalidad.

Por ello, no es raro que la psicología haya empezado a analizar un fenómeno cada vez más evidente: las generaciones de mayor edad suelen tolerar, e incluso preferir, el silencio en comparación a los más jóvenes, los cuales se han desarrollado dentro de un entorno lleno de constantes estímulos.

Existe una clara diferencia generacional en este aspecto. Quienes crecieron antes de la hiperconectividad desarrollaron una relación más natural con la quietud; por contra, las nuevas generaciones han aprendido a llenar casi cualquier pausa con música, vídeos, redes sociales o mensajes instantáneos.

La cuestión, sin embargo, no es solo tecnológica, sino también emocional.

Una diferencia entre generaciones

Una de las explicaciones más interesantes la explicaría la teoría de la selectividad socioemocional, desarrollada por la psicóloga Laura Carstensen.

Según dicha teoría, a medida que envejecemos y percibimos el tiempo vital como más limitado, nuestras prioridades cambian: buscamos menos novedad, menos ruido y menos estímulos intensos, dando más valor a aquello que aporta serenidad, significado y bienestar mental y emocional.

El silencio ya no es interpretado como un "vacío", sino más bien como un refugio.

Esto no implica que las personas mayores sean más solitarias, ni tampoco que los jóvenes sean incapaces de disfrutar de la calma. La diferencia clave está en el aprendizaje emocional.

Con el paso de los años, muchas personas desarrollan una mayor capacidad para seleccionar ambientes, conversaciones y vínculos que les resultan emocionalmente nutritivos; de hecho, la evidencia sobre el envejecimiento emocional muestra que los adultos mayores tienden a regular mejor sus estados afectivos y a priorizar experiencias positivas o de baja activación, como la tranquilidad, la satisfacción o la paz interior.

Asimismo, esto encaja con estudios sobre lo que denominamos "soledad elegida". Uno de ellos, publicado en The Journal of Gerontology, siguió durante diez días a adultos de entre 50 y 85 años mediante evaluaciones repetidas en la vida diaria.

La soledad fue frecuente y, paradójicamente, el 86% de estos momentos ocurrieron por elección propia de los participantes. Además, cuando los adultos mayores buscaban estar solos, no experimentaban una caída del afecto positivo observada en los adultos de mediana edad; en otras palabras, para ellos la soledad voluntaria tenía un sentido más reparador que perjudicial.

Por su parte, en el extremo opuesto está la incomodidad moderna ante el vacío. Un trabajo publicado al respecto en la revista Science el pasado año 2014 mostró que muchas personas tenían dificultades para permanecer entre 6 y 15 minutos solas con sus pensamientos, sin móvil, lectura ni entretenimiento externo alguno.

De hecho, este estudio se hizo famoso porque algunos participantes prefirieron administrarse pequeñas descargas eléctricas antes que quedarse simplemente pensando. Si bien es cierto que no es posible generalizar, esta investigación sugiere que, cuando una mente está acostumbrada a un estímulo constante, la ausencia de estímulos puede llegar a resultar inquietante.

Llegamos a este punto, conviene recordar la diferencia entre silencio y aislamiento. El silencio saludable no implica abandono, desconexión social o tristeza; es una pausa elegida, que puede aparecer al leer, caminar, cocinar, cuidar plantas, mirar por la ventana o simplemente descansar sin tener la necesidad constante de producir, responder o consumir contenido.

En las personas mayores, esa pausa puede actuar como una forma de regulación emocional, ayudando a ordenar recuerdos, reducir tensión mental y recuperar la sensación de control.

Probablemente, la gran diferencia generacional no sea que las personas de mayor edad amen el silencio y las generaciones más jóvenes lo rechacen, sino que realmente estas generaciones tuvieron más oportunidades de entrenarse en calma, y no se vieron sometidas a estímulos constantes, tanto sonoros como visuales, como sucede hoy en día.

Aquellos que vivieron gran parte de su vida sin smartphones aprendieron que no toda pausa necesita ser rellenada. Sin embargo, las generaciones más jóvenes han crecido en un ecosistema diferente, diseñado para capturar su atención de forma constante.