Olvidar dónde has dejado las llaves, perder el hilo de una conversación o necesitar releer varias veces un mensaje son situaciones más comunes de lo que parecen.
Aunque muchas personas creen que se trata simplemente de una personalidad distraída, los expertos apuntan a que la realidad es que detrás de esos despistes se esconde algo tan simple como dormir poco o mal.
Y es que no descansar puede afectar de forma directa a la capacidad de atención y concentración de una persona en el día día, limitándole a hacer con cierta agilidad la mayoría de sus tareas cotidianas.
El cerebro necesita dormir para funcionar correctamente. Mientras descansamos, procesa información, organiza recuerdos y elimina parte del ruido mental acumulado durante el día.
Sin embargo, cuando ese descanso no es suficiente, las consecuencias empiezan a aparecer casi sin que nos demos cuenta.
Cuesta más mantener la atención, aumentan los olvidos y las tareas que antes parecían una tontería requieren que hagas, sin necesidad, un esfuerzo extra.
Lo curioso es que muchas personas se acostumbran a vivir cansadas. Creen que sentirse agotadas al despertar, necesitar varias tazas de café para arrancar o tener dificultades para concentrarse forma parte de la rutina.
Sin embargo, los especialistas de Integra Médica advierten de que estos síntomas pueden ser una señal clara de que el cuerpo no está recuperándose como debería durante la noche.
A este problema se suma la hiperconexión. El cerebro recibe cada día miles de estímulos entre mensajes, redes sociales, correos electrónicos y notificaciones.
Esta sobrecarga constante hace que mantener la atención durante largos periodos sea cada vez más complicado. Y, si además dormimos poco, la combinación puede convertirse en el escenario perfecto para los despistes.
No obstante, la buena noticia es que mejorar la concentración no requiere grandes cambios.
Pues, tal y como concluyen los expertos, es tan fácil como dormir entre siete y nueve horas, reducir el uso del móvil antes de acostarse, realizar pausas durante la jornada y centrarse en una sola tarea sin pensar en qué tengo que hacer después.
Unos cambios insignificantes para la mayoría, pero que ayudan al cuerpo a saber que a partir de una hora del día, toca parar y obligarse a descansar.
