Cuando alguien llega a casa estresado, acariciar a su gato suele parecer una buena manera de bajar el ritmo. Sin embargo, un estudio reciente observó que, tras un suceso desagradable, quienes más interactuaban con el animal mostraban un aumento mayor de las emociones negativas.
Aunque los investigadores detectaron una asociación clara, no pudieron determinar si la interacción empeoraba el ánimo o si quienes se sentían peor buscaban más a su gato. Además, el estudio reunió en una sola medida conductas distintas, desde acariciarlo o jugar hasta hablarle o simplemente permanecer cerca.
Fuera de esos momentos de tensión, el resultado fue diferente. En la vida cotidiana, interactuar más con perros o gatos coincidía con más emociones positivas y menos emociones negativas.
La conclusión resulta más matizada que el titular. La compañía animal se relacionó con un mejor ánimo momentáneo, pero aumentar la interacción no amortiguó el impacto emocional de una experiencia estresante.
No responde como esperamos
El trabajo, liderado por la Universidad Abierta de los Países Bajos y publicado en Frontiers in Psychology, fue dirigido por Sanne Peeters y Mayke Janssens. El equipo siguió durante cinco días a 188 propietarios de perros y gatos de Países Bajos y Bélgica.
Los participantes tenían entre 19 y 79 años. Una aplicación les enviaba hasta diez avisos diarios para preguntarles cómo se sentían, qué estaban haciendo y si su mascota estaba presente.
Cuando el animal se encontraba cerca, debían indicar en una escala cuánto estaban interactuando con él. Esa única pregunta explica por qué el estudio no puede hablar específicamente de caricias.
El estado de ánimo se midió con términos como alegre, satisfecho, ansioso, irritado, triste o culpable. Las respuestas ofrecían una fotografía breve de cómo se sentía cada persona en ese instante.
Los investigadores diferenciaron dos situaciones. Una era haber vivido recientemente un acontecimiento desagradable; la otra, estar realizando una actividad difícil, exigente o poco deseada. El resultado relacionado con los gatos apareció únicamente en la primera.
En el análisis específico de los gatos participaron 58 personas, que aportaron 718 observaciones válidas. Cuando el estrés por un acontecimiento reciente aumentaba, una interacción mayor coincidía con una subida más acusada del malestar.
Los propios autores escriben que las interacciones con gatos "amplificaron, en lugar de atenuar" la relación entre el estrés y las emociones negativas. No apareció un resultado semejante entre quienes interactuaban con perros.
El efecto, aun siendo estadísticamente significativo, fue pequeño. Los investigadores señalan que podría tratarse de una asociación sutil y piden repetir el análisis con grupos felinos más numerosos.
La muestra también tenía otros límites. La mayoría de los participantes eran mujeres, la respuesta a los avisos fue irregular y no se estudiaron diferencias de temperamento, raza o tipo concreto de interacción.
Las casas donde estaban presentes a la vez un perro y un gato quedaron fuera de algunas comparaciones. Por eso, los resultados tampoco representan bien todos los hogares con varias mascotas.
Los autores plantean varias explicaciones posibles. Cuando una persona ya está afectada, la interacción con el gato puede adquirir una carga emocional mayor y hacer más presente el problema que acaba de vivir.
También puede ocurrir que el tipo de apoyo no encaje con lo que la persona necesita en ese momento. Un gato ofrece con frecuencia una compañía tranquila y poco exigente, pero quizá el propietario espera una respuesta más activa.
Ninguna de esas hipótesis fue comprobada directamente. La explicación más sencilla sigue abierta: quien se encuentra peor puede buscar más contacto con el animal, sin que este sea responsable del aumento del malestar.
El estudio tampoco comparó momentos con el gato presente frente a otros en los que estaba ausente. Por tanto, la mera compañía del animal todavía podría tener un efecto distinto al de aumentar el contacto físico.
La recomendación veterinaria se centra en respetar al gato. El Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid recuerda que son los propios felinos quienes eligen cuándo desean mantener contacto social.
Los gatos pueden tener una tolerancia limitada a las caricias. Orejas hacia atrás, movimientos rápidos de la cola o un acicalamiento repentino indican que el animal empieza a sentirse incómodo.
En esos casos conviene parar y dejarle espacio. Si muestra miedo, rigidez o una postura defensiva, no debe forzarse la interacción ni intentar retenerlo para obtener consuelo.
Después de una situación estresante puede resultar más cómodo sentarse cerca y esperar. Si el gato se aproxima, se le puede acariciar sin impedir que se aleje en cuanto deje de querer contacto.
Un cambio repentino también merece atención. Si un gato que aceptaba las caricias comienza a rechazarlas, se esconde o reacciona con dolor, conviene consultar con un veterinario.
