Quien convive con mascotas, especialmente gatos, lo tiene claro. No basta con ponerles comida, agua y una bandeja de arena limpia (en el caso de los gatos); hay que ser consciente de que la relación es mucho más profunda y compleja.
Los gatos son capaces de leer el ambiente, las rutinas, los gestos y, especialmente, la forma en la que sus dueños se relacionan con ellos.
Si bien es cierto que se suele describir a los gatos como animales muy independientes, la realidad es que su bienestar depende sobremanera del tipo de hogar donde viven y el estilo de cuidado que reciben.
De hecho, un estudio publicado en PLOS One ahonda sobre esta importante relación entre gatos y humanos.
Cómo afecta nuestra personalidad
Para el estudio, los investigadores se centraron en esta relación entre la personalidad de los propietarios de gatos y el bienestar de sus felinos.
Se incluyó a 3.331 dueños de gatos, los cuales respondieron a un cuestionario de personalidad, además de cuestionarios sobre salud, el manejo y el comportamiento de sus animales.
Para medir su personalidad en particular, los investigadores usaron el modelo de los "cinco grandes rasgos", es decir, neuroticismo, extroversión, apertura a la experiencia, responsabilidad y amabilidad.
Este último rasgo, la amabilidad, es especialmente interesante. En psicología, no implica realmente "ser simpático", sino que la amabilidad se relaciona con la cooperación, la calidez, la confianza y la tendencia a responder de forma menos hostil ante los demás.
En otras palabras, la amabilidad se aproximaría bastante a lo que describiríamos como una actitud empática hacia nuestra mascota: observarlo, respetar sus señales y no interpretar cada arañazo, bufido o huida como un desafío.
En este caso, según los resultados del estudio, los propietarios con puntuaciones de amabilidad más altas tendían a declarar con más frecuencia una mayor satisfacción con su gato; además, era más probable que informasen de que su felino poseía un peso normal.
Asimismo, el hallazgo más importante para la convivencia diaria no fue este, sino que los gatos de propietarios con mayores puntuaciones de amabilidad mostraban, a su vez, conductas menos agresivas y comportamientos menos evitativos, además de menor distanciamiento.
Por su parte, la puntuación del rasgo de responsabilidad también pareció jugar a favor de los gatos. Los dueños más responsables también describían a sus animales como más sociales, menos agresivos, menos evitativos y menos ansiosos o miedosos.
Respecto a la apertura a la experiencia, los resultados fueron similares, asociándose este rasgo de personalidad a gatos más gregarios, menos agresivos y menos distantes.
En conjunto, estos rasgos dibujan un patrón bastante coherente: los gatos se desenvuelven mejor cuando su propietario les ofrece una relación más estable, predecible y respetuosa.
Por contra, otros rasgos como el neuroticismo, un rasgo vinculado a la ansiedad, preocupación, irritabilidad y la inestabilidad emocional, se asociaron con gatos con mayores problemas de comportamiento, conductas agresivas o ansiosas, enfermedades en curso, signos físicos relacionados con el estrés (vómitos, diarrea, estreñimiento, infecciones de orina) y exceso de peso.
Cabe puntualizar que, a pesar de estos resultados, este estudio no permitiría afirmar que una personalidad concreta afecte directamente al gato, es decir, que lo vuelva más agresivo o más tranquilo.
Los propios autores del trabajo piden prudencia, dado que se trata de asociaciones obtenidas a partir de cuestionarios respondidos por los dueños.
Es posible que algunos propietarios que ya posean una personalidad propia ansiosa perciban o informen de más problemas externos en relación a su gato; asimismo, ciertos estilos de cuidado o incluso la sobreprotección también podrían llegar a influir realmente en el comportamiento del gato.
Lo más probable es que todos estos factores, en mayor o menor medida, tengan cierta influencia.
Aun así, la conclusión del estudio sería clara: un gato no necesita solo cariño, sino un cuidado bien expresado. Un gato no puede ser forzado a comportarse de cierta forma, sino que necesita jugar sin ser sobreestimulado y descansar sin interrupciones constantes.
Muchos de sus comportamientos, que pueden ser percibidos como "agresivos", en realidad suelen ser respuestas defensivas por miedo, frustración o simple pérdida de control.
