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Las claves

La inteligencia ya no se mide solo por lo rápido que se responde, sino por la capacidad de escuchar sin interrumpir, de observar sin imponer y de aprender sin necesidad de tener siempre la razón.

Así lo explica la psicóloga sanitaria Inmaculada de la Hera a EL ESPAÑOL, quien asegura que la inteligencia emocional no tiene que ver con imponer, sino "con abrir la mente".

Y es que en una sociedad en la que lo único que prima son las prisas, la psicología pone el foco en una habilidad que parece que se está perdiendo y cada vez es más valiosa.

Las personas más inteligentes no son las que más hablan, sino las que mejor escuchan.

"Vivimos en una cultura que premia las opiniones contundentes, las respuestas rápidas y la seguridad absoluta. Sin embargo, la ciencia psicológica lleva años señalando que las personas emocionalmente más maduras no son necesariamente las que defienden sus ideas con más fuerza, sino aquellas capaces de revisarlas cuando la realidad les muestra algo nuevo", explica la experta.

Y es que "cambiar de opinión no implica debilidad, reconocer un error no significa perder valor y escuchar a los demás no nos hace menos inteligentes. Sino todo lo contrario", aclara la psicóloga.

Escuchar no es quedarse en segundo plano, es tener la capacidad de no reaccionar automáticamente, de observar, de entender y, si hace falta, de rectificar. Algo que, en la vida real, no siempre es fácil.

Porque, seamos sinceros, a muchos nos cuesta admitir que podemos estar equivocados. Pero ahí es donde entra en juego la inteligencia, ya que también es flexibilidad.

"Quizá una de las formas más sofisticadas de inteligencia emocional sea precisamente la capacidad de decir: 'No lo había visto de esa manera. Tal vez estaba equivocado'", aclara De la Hera, "porque cuando la autoestima no depende de ganar cada discusión, aparece algo mucho más valioso: la libertad de aprender".

Y aquí está el giro que cambia la perspectiva. Pues según aclara la experta, no se trata de "perder", sino de ganar comprensión.

En el día a día —en pareja, con amigas, en el trabajo o incluso en una discusión familiar—, las personas que escuchan de verdad suelen conectar mejor, discutir menos y construir relaciones más sanas.

No porque siempre tengan la razón, sino porque saben que entender al otro no resta, suma. Por lo que solucionan antes el problema.

Y es que quizá la verdadera elegancia intelectual, según concluye la especialista, no esté en hablar más alto, sino en saber cuándo bajar el tono y escuchar de verdad.