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Las claves

Marruecos ha pasado en pocas semanas de celebrar el alivio de sus embalses a reconstruir pueblos, carreteras y campos anegados. Tras años de sequía, las lluvias extremas han dejado una lección incómoda: demasiada agua también destruye.

El Gobierno anunció un plan de 3.000 millones de dírhams, unos 330 millones de dólares, para reparar infraestructuras y apoyar a residentes, agricultores, ganaderos y pequeños negocios afectados por las inundaciones en las llanuras del noroeste del país.

La medida llega después de semanas de lluvias torrenciales y desembalses controlados desde presas que habían superado sus límites. Reuters señaló que las inundaciones desplazaron a unas 188.000 personas y afectaron a unas 110.000 hectáreas agrícolas.

El caso más simbólico fue Ksar El Kebir, una de las zonas más golpeadas por el desbordamiento del Loukkos. Allí, el agua anegó barrios, campos y accesos, obligando a organizar evacuaciones masivas antes del regreso progresivo.

La presa de Oued Makhazine resume la paradoja. Tras alcanzar más del 160% de su capacidad, tuvo que liberar agua de forma controlada, una operación que contribuyó a la crecida del río y a la inundación de áreas cercanas.

Irán a infraestructuras clave

La operación de emergencia fue enorme. A comienzos de febrero, las autoridades ya habían evacuado a más de 108.000 personas por el riesgo asociado a lluvias persistentes, ríos crecidos y posibles descargas adicionales desde presas llenas.

El plan de reconstrucción no se limita a indemnizaciones. De los 3.000 millones de dírhams, 1.700 millones irán a infraestructuras clave, como carreteras y redes hidroagrícolas; el resto cubrirá viviendas, realojos, negocios y explotaciones agrarias.

Ahí está el cambio de estrategia. Marruecos ya no puede diseñar su política hídrica pensando solo en sequías largas, desaladoras y embalses vacíos. El nuevo clima obliga también a preparar presas, drenajes, cauces y ciudades.

La paradoja es evidente. Las lluvias pusieron fin a una sequía de siete años y elevaron los embalses nacionales hasta cerca del 70%, frente al 27% del año anterior, pero llegaron acompañadas de evacuaciones y daños millonarios.

La percha científica refuerza esa lectura. Copernicus señaló que febrero de 2026 dejó condiciones excepcionalmente húmedas en Europa occidental, el sur de Europa y el norte de África, con inundaciones y deslizamientos en Francia, España, Portugal y Marruecos.

World Weather Attribution situó estos temporales dentro de una amenaza creciente para el Mediterráneo occidental. Desde el 16 de enero, nueve borrascas con nombre golpearon España, Portugal y Marruecos, con especial riesgo en viviendas e infraestructuras vulnerables.

El informe advierte de un problema que va más allá de la lluvia. Cuando viviendas, carreteras o cultivos ocupan zonas expuestas, una tormenta intensa deja de ser solo un episodio meteorológico y se convierte en crisis territorial.

La lección para España es directa. No basta con pedir más agua cuando falta ni con celebrar que llueva después de una sequía. También hay que saber qué hacer cuando los embalses se llenan demasiado rápido.

Marruecos invierte 330 millones porque ha entendido que el agua ya no llega con la regularidad de antes. Puede faltar durante años y caer después de golpe. En ese escenario, reconstruir no basta: hay que rediseñar.