Vivimos en una sociedad 'healthy'. O, al menos, eso parece. El bienestar está en todas partes. En el gimnasio, en la comida, en redes sociales... pero también en las conversaciones diarias.
Cómo dormir mejor, qué hacer para aprender a comer bien, saber gestionar el estrés. Son algunos de los temas que escuchamos día a día y que, aunque los hemos normalizado, la realidad es que esconden un problema general que nos afecta a la mayoría.
Y es que a día de hoy, solo priman las prisas, lo rápido e inmediato, y eso está pasando factura.
Mala alimentación, ansiedad, no descansar por las noches, no rendir en el trabajo y vivir con la sensación constante de ir tarde a todo.
Sin embargo, hay un aspecto fundamental que puede ayudar a mejorar todo esto y que, paradójicamente, suele pasar desapercibido por ser algo tan básico como es la respiración.
Así lo explica el experto en longevidad Iván Ibáñez, quien pone el foco en cómo el estrés diario está modificando la forma en la que funciona el cuerpo sin que apenas lo notemos.
"El estrés de vida que llevamos actualmente provoca que el diafragma esté bloqueado, la musculatura se encuentre demasiado hipertónica y que el sistema nervioso autónomo sea disfuncional", explica el especialista en medicina del deporte, metabolismo y longevidad de la Monarka Clinic.
En otras palabras, el cuerpo se mantiene en un estado de alerta constante, como si nunca terminara de desconectar del todo, y respirar deja de ser tan automático como parece.
Se vuelve menos eficiente, más superficial y con ello, más agotador, siendo un problema para nuestro organismo.
Es por ello que, desde hace unos años, ha empezado a ganar gran protagonismo la hipoxia intermitente, una técnica que consiste en exponer al organismo a periodos controlados de menor oxígeno para estimular su capacidad de adaptación.
Puede sonar extremo, pero el enfoque es completamente distinto. No se trata de forzar, sino de entrenar al cuerpo para responder mejor ante momentos de tensión.
"Lo que hace es mejorar todas las funcionalidades mitocondriales para sobrevivir en situaciones con poco oxígeno. Más allá del rendimiento físico, el interés está en la capacidad del cuerpo para volverse más resiliente frente a distintos tipos de agresión fisiológica", añade Ibáñez.
Detrás de esta idea está el principio de hormesis: pequeños estímulos de estrés controlado que activan mecanismos de protección en el organismo.
Y es que, según aclara el especialista, "si precondicionas al cuerpo a respirar a través de una máscara con una concentración baja de oxígeno, estás dando más resiliencia al cuerpo para que tenga más recursos para sobrevivir cuando tenga un infarto".
Pero no todo vale. Ibáñez asegura que no es una tendencia más de bienestar, que se pueda probar como si nada en casa. Requiere control y supervisión.
"Los mismos beneficios que nos aporta el ejercicio físico son los mismos que nos va a aportar un buen protocolo de hipoxia intermitente, aunque su aplicación debe ser siempre individualizada y supervisada", explica el experto.
Pues, "no se trata de hacer apnea durante tres minutos. Hay que controlar bien el proceso porque es ahí donde se activan los mecanismos protectores. Lo importante es saber qué necesita cada paciente y cómo responde su organismo en cualquier intervención orientada a la prevención", concluye Iván Ibáñez.
