Muchas personas tienen la sensación de que los años se aceleran conforme envejecen. Lo que antes parecía un verano interminable ahora transcurre en un suspiro. Para el psiquiatra Javier García Campayo, esta percepción tiene una explicación relacionada con el funcionamiento del cerebro y la rutina diaria.
Según explica el especialista, durante la infancia y la juventud las experiencias novedosas son constantes. Cada situación supone un descubrimiento y el cerebro presta una atención especial a los detalles, registrando una gran cantidad de información y generando recuerdos más ricos.
Con el paso del tiempo, sin embargo, muchas actividades se vuelven previsibles. El mismo trabajo, las mismas conversaciones y hábitos similares reducen la sensación de novedad. Para García Campayo, cuando el cerebro se enfrenta repetidamente a estímulos conocidos deja de prestar tanta atención al entorno.
Esa menor atención tiene consecuencias sobre la forma en que percibimos el paso del tiempo. Al registrar menos detalles sensoriales y crear menos recuerdos diferenciados, los días parecen transcurrir más deprisa. No es que el reloj avance más rápido, sino que nuestra experiencia resulta menos intensa.
La ciencia respalda esta idea al mostrar que la atención plena favorece una mayor codificación de información en el cerebro. Cuando una persona está verdaderamente presente en lo que hace, percibe más estímulos, construye más recuerdos y tiene la sensación de que el tiempo transcurre de manera más pausada.
Vivir en el presente
Por ese motivo, García Campayo señala el mindfulness y la meditación como herramientas útiles para recuperar la conexión con el momento presente. Estas prácticas consisten en observar lo que ocurre aquí y ahora, sin intentar modificarlo ni juzgarlo constantemente.
El psiquiatra propone ejercicios sencillos, como detenerse durante un minuto para observar la respiración, escuchar los sonidos del entorno o percibir las sensaciones corporales. Cuando la mente se distrae, el objetivo no es vaciarla, sino devolver suavemente la atención al presente.
A esta explicación psicológica se suma otro fenómeno conocido como la Ley de Weber. Esta teoría describe cómo nuestra percepción de los cambios disminuye a medida que aumenta la magnitud de aquello que estamos evaluando, ya sea peso, tamaño o tiempo.
De esta manera, un año representa una proporción mucho mayor de la vida para un niño que para un adulto. Por eso, aunque la duración objetiva sea exactamente la misma, cada nuevo año parece aportar menos al conjunto de la experiencia vital.
La combinación entre rutina, menor atención consciente y percepción relativa del tiempo ayuda a entender por qué tantas personas sienten que los años vuelan. Como resume García Campayo, el problema no es que la vida pase más rápido, sino que muchas veces dejamos de observarla plenamente.
