Durante años, el gato ha cargado con una fama injusta sobre sus espaldas: independiente, distante, interesado e incluso, para algunos, egoísta. Por su parte, el perro siempre ha sido visto como "el mejor amigo del hombre".
El gato ha acabado relegado a una imagen mucho más fría, como si tan solo tolerase la presencia humana a cambio de comida, cobijo y un sofá cómodo. Sin embargo, la ciencia lleva años desmontando este típico tópico.
Uno de los estudios más interesantes al respecto se publicó hace ya algunos años, en época "pre-COVID", llegando a una interesante conclusión: los felinos también se apegan profundamente a las personas con las que conviven, y no solo es cuestión de interés.
El estudio, publicado el pasado año 2019 en la revista Current Biology a cargo de los investigadores de la Universidad Estatal de Oregón, analizó el vínculo entre gatos y humanos usando un método inspirado en los estudios clásicos de apego infantil.
Más apego, menos estrés
La idea era simple, pero llamativa: observar cómo reacciona un gato cuando está en un entorno desconocido, se queda solo durante un breve periodo temporal y después vuelve a reunirse con su cuidador.
Este procedimiento se ha usado durante décadas para analizar el apego entre bebés y padres. Primero, el gato entraba en una habitación nueva junto a su dueño. Después, el dueño se marcha y el animal se queda solo. Finalmente, el dueño regresa.
La importancia no radica tan solo en si el gato maúlla, se esconde o se acerca, sino en cómo cambia su conducta cuando reaparece su figura de referencia y seguridad. Como resultado, alrededor de dos tercios de los gatos estudiados mostraron un patrón de apego seguro.
Al reencontrarse con su cuidador, los gatos reducían su nivel de estrés y recuperaban su motivación por explorar el entorno. Es decir, la presencia del dueño del gato funcionaba como "red de seguridad"; no necesitaban un apego total y mantenido, pero sí parecían usarlo como punto de calma para enfrentarse a una situación desconocida.
El resto de los gatos estudiados mantuvieron patrones de apego inseguro. Algunos gatos permanecían muy alterados, mientras que otros evitaban el contacto e incluso algunos alternaban aproximación y rechazo.
Saber esto es importante, dado que nos ayuda a interpretar muchas conductas felinas: un gato que se esconde, que evita el contacto o parece "pasar" de su dueño no significa que no lo necesite o que carezca de vínculo; puede ser un gato que experimenta inseguridad, estrés o bien una forma menos estable de relación.
Como dato llamativo, cabe destacar que los porcentajes observados en gatos se parecían mucho a los descritos en niños pequeños, y también en perros. Aproximadamente el 65% de los felinos estudiados mostró apego seguro, una proporción muy similar a la de los datos adultos.
De hecho, estas cifras cuestionarían la idea de que los gatos domésticos son animales socialmente pobres o indiferentes; más bien al contrario: cuando viven en dependencia de un humano, pueden desarrollar vínculos afectivos estables y medibles.
Además, los investigadores comprobaron que estos estilos de apego no cambiaban de forma significativa tras un programa de entrenamiento y socialización de seis semanas.
Esto, a su vez, sugeriría que, una vez establecido el vínculo, este tiende a mantenerse durante el tiempo. No significa que no podamos mejorar nuestra relación con un gato, pero sí que el apego no se construye solo con trucos, juegos o premios puntuales: se forma a través de la convivencia diaria, la previsibilidad, el respeto de sus tiempos y la sensación de seguridad que pueda transmitirse el dueño al gato.
Los vínculos con perros y gatos son diferentes, y no deben compararse. El vínculo existe, pero se expresa de forma diferente. Un gato seguro no tiene por qué ser "pegajoso"; puede ser autónomo e independiente, y esto no significa necesariamente que no sienta apego. De hecho, este comportamiento puede ser una confirmación de un buen vínculo.
