La pérdida de una mascota puede convertirse en una de las primeras experiencias de duelo para un niño. Cuando fallece un gato con el que ha compartido años de juegos y cuidados, surgen emociones complejas que no siempre resultan fáciles de comprender o expresar.
Según explica la psicóloga Mariana Capurro a ¡Hola!, uno de los aspectos más delicados es que muchos menores todavía no entienden plenamente qué significa la muerte. Esta dificultad puede llevarles a interpretar lo ocurrido de formas que aumentan su sufrimiento emocional durante el proceso.
Los especialistas señalan que, hasta aproximadamente los seis años, los niños suelen tener una comprensión limitada de la muerte. Entre los tres y los seis años es frecuente que la perciban como algo reversible y esperen que el animal regrese en algún momento.
Por este motivo, los psicólogos recomiendan evitar expresiones ambiguas como "se ha ido" o "está descansando". Aunque se utilizan con la intención de protegerles, estos mensajes pueden generar confusión, ansiedad o falsas expectativas sobre el regreso de la mascota.
Uno de los sentimientos más habituales tras la muerte de un gato es la culpa. Muchos niños llegan a preguntarse si podrían haber evitado el desenlace haciendo algo diferente, pasando más tiempo con el animal o comportándose de otra manera.
Pensamiento mágico
Esta reacción está relacionada con el llamado pensamiento egocéntrico propio de determinadas etapas del desarrollo. Los menores tienden a interpretar que los acontecimientos que ocurren a su alrededor guardan relación directa con ellos, aunque no exista ninguna conexión real.
A ello se suma el pensamiento mágico, muy presente durante la infancia. Algunos niños pueden creer que sus deseos, enfados o comportamientos influyeron de algún modo en la muerte del gato, intentando así dar sentido a una situación difícil de comprender.
Ante estas circunstancias, el papel de los adultos resulta fundamental. Los expertos aconsejan escuchar, validar las emociones y explicar con claridad que el fallecimiento no ha sido responsabilidad del menor, evitando minimizar o corregir lo que siente.
Frases como "no estés triste" o "no pasa nada" suelen tener el efecto contrario al deseado. En lugar de aliviar el dolor, pueden provocar que el niño deje de expresar sus emociones y termine bloqueando sentimientos que necesita elaborar.
Los psicólogos también advierten de que sustituir rápidamente a la mascota fallecida por otra nueva no siempre favorece el duelo. Antes de dar ese paso, es importante permitir que el menor procese la pérdida y encuentre un espacio para recordar.
Herramientas simbólicas como guardar fotografías, juguetes u objetos significativos pueden ayudar. Cuando el recuerdo deja de generar únicamente dolor y también despierta emociones positivas, el niño empieza a integrar la ausencia de una forma más saludable.
Acompañar este proceso con paciencia, honestidad y cercanía permite que el menor comprenda mejor lo ocurrido. Aunque el dolor no desaparece de inmediato, contar con adultos que validen sus emociones facilita una adaptación emocional más segura y equilibrada.
