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Las claves

Vivimos con prisas. El trabajo, las responsabilidades familiares, las preocupaciones económicas y la falta de tiempo han convertido el estrés en un compañero habitual para muchos adultos.

Sin embargo, lo que a menudo pasa desapercibido es que esa tensión no se queda únicamente en ellos y que los hijos también la sienten, la absorben y, en muchos casos, la sufren.

La psicóloga Laura Villanueva advierte de que los más pequeños son mucho más sensibles al estado emocional de sus progenitores de lo que solemos pensar. Una influencia que, según detalla la experta a EL ESPAÑOL, comienza incluso antes de que nazcan.

"Durante el embarazo y el parto, por ejemplo, y hasta los 3 años aproximadamente, (en toda la etapa perinatal) el bebé siente directamente las emociones que siente su madre", explica.

Durante los primeros años de vida, los pequeños construyen su manera de entender el mundo a través de las personas que los cuidan.

Aprenden observando, imitando y buscando seguridad en quienes tienen cerca. Por eso, cuando los padres viven en un estado constante de tensión, los niños pueden acabar reflejando ese malestar de diferentes formas.

Sin embargo, las señales no siempre son evidentes. A veces aparecen en forma de irritabilidad, cambios de humor o dificultades para concentrarse.

Otras veces se manifiestan mediante problemas para dormir, alteraciones en la alimentación o conductas que parecían ya superadas, como volver a hacerse pis en la cama.

Según la experta, también pueden surgir comportamientos como morderse las uñas, arrancarse el pelo o un marcado retraimiento social.

La edad es un factor clave. Y es que "cuanto más pequeño, más afecta. Porque tendrá menos capacidad de generar una narrativa desculpabilizadora y menos herramientas de gestión emocional", señala Villanueva.

No obstante, el verdadero riesgo aparece cuando el estrés deja de ser algo puntual y se instala de forma permanente en el hogar.

"El problema viene cuando el estrés se convierte en crónico y los progenitores viven en un estado de alerta constante", explica. En ese contexto, los niños pueden acabar interiorizando la misma sensación de inseguridad o, incluso, aprender a ignorar sus propias emociones para no convertirse en una preocupación más para sus padres.

Y aunque los adultos intenten disimularlo, los niños suelen percibir mucho más de lo que creemos. "Podemos ocultar nuestro estrés a nivel verbal, pero el cuerpito sabe que hay tensión... que algo pasa. Se puede llegar a normalizar, pero eso no significa que no afecte", aclara la especialista.

No obstante, la consecuencia más importante no siempre se ve en la infancia. Según detalla Villanueva, a veces aparece años después, en forma de dificultades para gestionar las emociones o construir vínculos sanos.

Y es que crecer en un entorno marcado por el estrés puede traducirse en "dificultades a la hora de autorregularse y de establecer relaciones seguras y saludables".

Por eso, los expertos recuerdan que, al final, cuidar del bienestar emocional de los hijos también implica prestar atención al nuestro.