Japón ha convertido a los gatos en algo más que una mascota. En un país marcado por el envejecimiento, la vida urbana y el gusto por los pequeños rituales cotidianos, los felinos han terminado alimentando una industria con nombre propio: la “economía gatuna”.
El fenómeno ya no se limita a cafeterías temáticas, figuras de la suerte o vídeos virales. Un informe citado por The Guardian estima que los gatos generarán en 2026 casi tres billones de yenes para la economía japonesa, unos 18.800 millones de dólares.
La cifra ayuda a entender la escala del asunto. Comida premium, accesorios, libros, turismo, souvenirs, cafés felinos, fotografías, sellos personalizados y productos de papelería forman parte de un ecosistema comercial que ha crecido alrededor de una devoción muy japonesa.
Uno de los mejores ejemplos está en Yanaka Ginza, un barrio retro del noreste de Tokio que se vende como la “ciudad de los gatos”. Allí, los visitantes llegan atraídos por una estética donde casi todo mira hacia el mismo animal.
El barrio ofrece dulces con forma de gato, señales con siluetas felinas, imanes, vajilla, postales, palillos y recuerdos inspirados en el gato negro de la suerte. Lo curioso es que los gatos reales se ven cada vez menos.
8,8 millones de gatos en Japón
La explicación no es solo turística. En Japón, los gatos fueron introducidos durante el periodo Nara y acabaron vinculados a templos budistas, donde protegían escrituras y objetos sagrados de los roedores. Esa utilidad práctica derivó en prestigio simbólico.
De ahí nace parte de su aura cultural. El maneki-neko, el gato con la pata levantada que preside comercios y restaurantes, resume esa mezcla de superstición, fortuna y ternura domesticada que Japón ha convertido en lenguaje visual cotidiano.
La literatura también ha reforzado el fenómeno. Desde Soy un gato, de Natsume Sōseki, hasta las novelas de Haruki Murakami, Hiro Arikawa o Takashi Hiraide, el felino se ha convertido en una figura narrativa reconocible.
La base social es igual de reveladora. Según la encuesta de la Japan Pet Food Association, los hogares japoneses tenían en 2025 unos 8,8 millones de gatos, frente a 6,8 millones de perros.
El gasto completa la ecuación. La misma información recoge que un hogar japonés con gato invierte de media casi 1,8 millones de yenes a lo largo de la vida del animal, entre alimentación, cuidados, productos y servicios.
La comparación más llamativa la hace Katsuhiro Miyamoto, profesor emérito de la Universidad de Kansai. Sus estimaciones sitúan el impacto económico de los gatos cerca del generado por la Exposición Universal de Osaka 2025.
El fenómeno llega incluso a las élites del país. La familia imperial japonesa tiene gatos, y la primera ministra Sanae Takaichi ha expresado públicamente su preferencia por ellos frente a los perros, según recoge el mismo medio.
La paradoja es que esta industria depende de un país que envejece y pierde población. Como ocurre en Aoshima, la famosa “isla de los gatos”, los felinos solo prosperan mientras haya humanos suficientes para cuidarlos y sostener el negocio.
