Baños de la Encina aparece desde lejos, coronado por una fortaleza rojiza que parece más grande que el propio pueblo. En este rincón de Jaén, el castillo de Burgalimar domina el cerro del Cueto y marca toda la escapada.
La imagen tiene una fuerza inmediata: murallas altas, almenas, torres cuadradas y una silueta compacta que recuerda la frontera medieval de al-Ándalus. No parece una ruina aislada, sino una fortaleza todavía capaz de ordenar el paisaje.
La fama del castillo se apoya en una tradición muy poderosa. Durante años se ha presentado como una fortaleza califal vinculada a Al-Hakam II y al año 968, a partir de una inscripción conservada en el Museo Arqueológico Nacional.
El dato que sostiene el titular está en sus murallas. El Ayuntamiento de Baños de la Encina describe un recinto con catorce torres de tendencia cuadrada, aunque en origen pudieron ser quince antes de la construcción cristiana de la torre del homenaje.
Esa estructura explica por qué Burgalimar suele aparecer entre las fortalezas andalusíes mejor conservadas de España. El recinto exterior está realizado en tapial de argamasa, mientras que la torre del Homenaje fue levantada después en mampostería irregular.
Ocupación desde época prehistórica
La técnica constructiva añade una lectura muy interesante. El tapial, hecho por capas dentro de cajones de madera, permitía levantar defensas grandes, rápidas y resistentes. En Burgalimar, esa solución todavía se lee en la textura rojiza de los muros.
La historia, sin embargo, tiene matices. Jaén Paraíso Interior recoge que investigaciones recientes cuestionan la atribución califal tradicional y sitúan la construcción del conjunto defensivo en un momento anterior a la batalla de las Navas de Tolosa.
Este lugar no vende solo una postal del siglo X, sino un emplazamiento donde arqueología, tradición, poder militar y debate histórico siguen conversando.
El interior del recinto guarda además capas anteriores al mundo medieval. Las intervenciones arqueológicas han documentado ocupación desde época prehistórica hasta romana, con restos de un poblado de la Edad del Bronce y una posible escalinata monumental.
Ese detalle cambia la forma de mirar el castillo. Antes de sus torres, de sus almenas y de su papel fronterizo, el cerro ya había sido ocupado por comunidades que entendieron su valor estratégico mucho antes de al-Ándalus.
La percha arqueológica más potente está a pocos kilómetros, en Peñalosa. Jaén Paraíso Interior define este yacimiento como el poblado de la Edad del Bronce mejor estudiado del sur peninsular y lo vincula a la Cultura del Argar.
Peñalosa se asienta sobre un espolón de pizarra junto al Rumblar, hoy parcialmente rodeado por el embalse. No es un añadido menor al viaje, sino una ventana a una sociedad compleja, organizada y especializada.
Su importancia se entiende por la minería y la metalurgia del cobre. Investigaciones sobre el registro arqueometalúrgico de Peñalosa lo sitúan en el debate sobre la producción minera y metalúrgica de las sociedades argáricas del sureste peninsular.
El propio Ayuntamiento ha destacado hallazgos vinculados a escorias, restos de hornos y crisoles, materiales que reflejan el peso de la actividad metalúrgica en estas comunidades del Alto Guadalquivir durante la Edad del Bronce.
