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Las claves

El Castillo de Santa Bárbara, que corona el monte Benacantil a 166 metros de altitud, dispone de una privilegiada situación geográfica que no solamente ofrece una panorámica completa del mar, sino que convirtió al recinto en un punto de vigilancia militar clave a lo largo de los siglos.

La historia del complejo arranca a finales del siglo IX, durante la época de dominación musulmana en la península ibérica. Aunque el aspecto actual del castillo responde principalmente a las grandes reformas arquitectónicas y defensivas ordenadas por el rey Felipe II en el siglo XVI, sus cimientos originales pertenecen al período califal.

No obstante, el nombre de Santa Bárbara se debe a que las tropas cristianas del infante Alfonso de Castilla tomaron la fortaleza en el siglo XIII, día de dicha festividad.

Arquitectónicamente, la fortaleza se configura como un castillo roquero de planta irregular estructurado de forma escalonada en tres grandes recintos situados en diferentes alturas. En la cumbre del monte se alza la zona más antigua y elevada, conocida como La Torreta, que alberga los restos de la alcazaba islámica original y la Casa del Gobernador.

Lo más interesante es la composición de la base exterior, compuesta por el recinto inferior, un baluarte levantado en el siglo XVIII que protegía las laderas del monte y que hoy sirve como zona de acceso principal al monumento.

Un castillo sobre valor prehistórico

Pero más allá de sus increíbles detalles medievales, el castillo se asienta sobre una estructura geológica de enorme valor prehistórico. El monte Benacantil ha sido un punto de ocupación humana continua mucho antes de la edificación del castillo.

En sus laderas se han documentado e investigado importantes yacimientos arqueológicos que demuestran la presencia de asentamientos de la Edad del Bronce, restos de la cultura ibérica y vestigios de la épica romana, confirmando la relevancia estratégica de la roca desde la antigüedad.

Entre los hallazgos más significativos destacan fragmentos de cerámicas argáricas, útiles metálicos rudimentarios y restos de silos destinados al almacenamiento de grano que constatan un comercio activo en la región mucho antes de la romanización.

Estos hallazgos custodiados en su mayoría por instituciones como el Museo Arqueológico de Alicante, convierten al subsuelo de la fortaleza en una pieza clave para reconstruir la transición cultural y el poblamiento de toda la península.

Actualmente, el castillo combina sus visitas guiadas al público con una variada oferta de actividades estivales, consolidándose así como una parada indispensable para entender el pasado y el presente de la Costa Blanca.