La ciencia del sueño ha centrado tradicionalmente su atención en la cantidad de horas dormidas, pero nuevas voces expertas insisten en cambiar el foco hacia la calidad del descanso y sus múltiples determinantes fisiológicos y emocionales actuales.
La especialista en sueño Elisa Sacal advierte en una entrevista que el debate sobre cuánto dormir podría estar sobredimensionado, ya que la mayoría de las personas encuentra su equilibrio entre siete y nueve horas, considerado el rango óptimo general.
Sin embargo, Sacal subraya que dormir dentro de ese margen no garantiza un descanso reparador, ya que la clave reside en cómo se transitan esas horas, especialmente en la profundidad del sueño alcanzada cada noche.
En este sentido, la experta recalca que factores como la regulación hormonal, el estado emocional y los pensamientos previos al descanso influyen decisivamente en la calidad del sueño, convirtiendo el acto de dormir en un proceso complejo.
Cómo influye el entorno
"El ambiente determina en gran medida cómo va a ser la calidad de ese sueño", explica Sacal, quien insiste en que el entorno físico y mental condiciona tanto la conciliación como la continuidad del descanso nocturno.
La experta plantea que el sueño debe entenderse como un reflejo del estado general del organismo, actuando como un sensor que revela desequilibrios en la salud emocional, hormonal y en los hábitos cotidianos.
Desde esta perspectiva integral, Sacal advierte de los riesgos de analizar el descanso de forma aislada, sin tener en cuenta la interacción entre cuerpo y mente, lo que puede perpetuar problemas relacionados con el bienestar general.
Uno de los elementos clave en esta ecuación es el papel de las hormonas, ya que algunas regulan el sueño mientras otras controlan el estado de alerta o el estrés, influyendo directamente en la calidad del descanso.
Así, un entorno marcado por el estrés o la activación constante puede alterar los ciclos naturales del sueño, dificultando la desconexión necesaria para alcanzar fases profundas y verdaderamente reparadoras durante la noche.
Sacal identifica además un problema creciente en las sociedades actuales: la difusa frontera entre la vida laboral y personal, que impide una adecuada transición hacia el descanso y afecta negativamente al sueño.
"La falta de línea divisoria entre trabajar y descansar está cobrando factura", señala la experta, quien alerta de que esta dinámica favorece un estado de alerta prolongado incompatible con un descanso de calidad.
Este fenómeno se ve intensificado por el uso constante de dispositivos digitales y la hiperconectividad, factores que mantienen elevados los niveles de estimulación cognitiva incluso en momentos previos al sueño nocturno.
Sacal defiende que mejorar el descanso requiere una mirada holística que contemple hábitos, entorno y salud emocional, situando la calidad del sueño como un indicador clave del equilibrio vital contemporáneo.
